«Yo nunca…»

Os propongo un juego. Se llama «Yo nunca…». Imagino que muchos de vosotros lo conoceréis, pues se suele jugar en un ambiente distendido, entre amigos y con bebida (alcohólica, se entiende).
Empieza diciendo alguien: «Yo nunca he hecho tal o cual cosa», y si alguien del grupo sí la ha realizado, tiene que beber.
Es un juego propicio para conocerse mejor, contar intimidades y en definitiva, reírse un rato.

En este post, las reglas son algo diferentes. Voy a contar las cosas que realmente nunca he hecho en este embarazo que, para bien o para mal, está llegando a su fin (si alguien quiere tomarse un chupito con cada ítem mientras lee esta entrada ya es cosa suya).

Yo nunca he utilizado la almohada «salchicha» de embarazo

Si en un embarazo te quieres gastar el dinero, existen millones de productos que invitan a ello. El embarazo, como todo, puede ser un negocio voyante.
Lo primero que me dijeron la mayoría de amigas-madre cuando me quedé embarazada fue: «Cómprate la almohada «salchicha» para dormir, a mí me vino fenomenal, la usé desde el primer trimestre».

Como veis, la almohada es multiusos.
En mi caso, no le veo utilidad. De verdad que no.
Desde que la barriga comenzara a ser prominente, sobre la semana 20, me ha bastado con dormir abrazada a un cojín de tamaño pequeño que tenía sobre la cama y que me regaló una amiga con una bonita frase sobre la amistad escrita en su funda (funda que, por cierto, debería lavar alguna vez).
Es verdad que con el embarazo parece que aumente el tamaño del tronco en sentido horizontal, por lo que dormir de costado sin almohada hace que entre ambos brazos haya una distancia considerable, las tetas queden demasiado sueltas y la barriga en medio moleste.
Conforme el tamaño de la barriga ha ido creciendo he recurrido a un cojín de tamaño grande que también tenía sobre mi cama. Me tumbo de lado y lo abrazo. Y en la última semana, pongo el pequeño entre las piernas. Cada vez que me doy la vuelta me tengo que llevar detrás los dos cojines, pero no me importa si mi sueño es fragmentado desde hace meses y ya me he acostumbrado.

Yo nunca he comprado/montado cosas del bebé con Marido

Marido está emocionado con el embarazo. O eso creo. El es muy sobrio en la expresión de sus emociones.
Durante las cinco FIV por las que HE pasado (lo siento, no me sale recurrir al plural) tuvimos peleas debido precisamente a eso, a su sobriedad.

Yo soy emocional y visceral hasta límites insoportables. Lo que viene siendo «intensita», vaya. Si a eso se le suma un diagnóstico de fallo ovárico oculto y el paso a OVO, apaga y vámonos: terapia psicológica y medicación psiquiátrica.
Pero él se suele mantener imperturbable. Aunque está contento por su próxima paternidad.
El tema de las compras, sin embargo, me lo deja a mí. Es verdad que yo estoy de baja laboral y tengo mucho tiempo libre: con los manchados estuve de baja desde noviembre hasta enero. Y al incorporarme y volver a manchar cogí la baja definitiva el 23 de febrero y hasta ahora.

Cuando trajeron la cómoda-cambiador que YO había elegido, comparando precios y tipos por diferentes tiendas de Valencia, él se la pasó mirando el Twitter mientras yo abría y cerraba los cajones, embriagada con el olor a madera nueva que tanto me gusta.

Y ayer que trajeron el carro, la que lo montó fue «la menda» ante su mirada imperturbable.

Me siento orgullosa de mí misma, aunque hoy tenga agujetas en los dedos (y no es broma).

El carro llegó tal que así:

En ese momento Marido aún no había llegado a casa. Era casi la hora de comer, pero no me pude resistir y abrí la caja del chasis. Casi muero de ansiedad al ver ese batiburrillo de plástico de bolitas y corcho blanco envolviendo piezas que no sabía cómo ordenar.

Abrí el libro de instrucciones e intenté descifrarlo, lanzándome a mí misma palabras de consuelo:

Una vez conseguí desplegar el chasis que venía en una única pieza, poner las fundas del manillar y el embellecedor de las ruedas, la cosa parecía ir cobrando forma:

El asiento de lona me costó bastante de colocar, pues había que ajustarlo con botones y gomas elásticas que no sabía dónde se enganchaban. Hice un pequeño agujero en la tela del arnés con las tijeras al retirar uno de los plásticos.
Y aquí sí, aquí llegó Marido con hambre voraz, con la casa empantanada y su Mujer-Ballena sentada en el suelo con la tripa endurecida por el esfuerzo, maldiciendo a la casa Bugaboo.

Su respuesta ante mis dudas era: «Pásate por el Corte Inglés y miras cómo está montado el carro». Respuesta ante la cual yo me iba poniendo más furiosa, pues podría haber mostrado una pizca de interés por el carrito, que se supone tanta ilusión hace. Mientras, él iba despejando la mesa y poniendo el mantel y los platos y vasos.

Yo apenas comí de la emoción y del desafío que suponía para mí todo aquello.
Ahora tocaba montar la capota, para lo cual había que introducir dos varillas de plástico por dos canales de tela.
Me costó la vida hacerlo. Hasta maldecí a Mónica y Chandler y sus risas enlatadas. Y después a Leonard y Sheldom y sus bromas absurdas.
Ellos no tenían problemas de verdad. Yo sí.
Mientras, Marido dormía la siesta en el sofá al modo «vampiro», que digo yo.

A las tres me marché corriendo a la matrona, que tuvo a bien darme una cita a una hora estupenda.
(Resumen de la matrona: he engordado dos kilos desde la última visita, tensión arterial bien, algo de anemia, cintura abdominal 108 cm, y ya no me palpa el fondo del útero, es decir, el fondo del útero está bajo mis costillas. Es decir, si aún me quedan 5 semanas para llegar a la semana 40, ¿el útero llegará hasta el cerebelo?).

Llegué a casa a las tres y media. Seguí con la capota. Dio tiempo a que Marido se despertara, se fuera a trabajar, y a las cinco y media, unas dos horas después, di mi trabajo por concluido (me encanta el rayo de sol que ilumina el carro porque así me sentí yo: iluminada).

Yo nunca he tenido «habitación del bebé»

Nuestra casa solo tiene dos habitaciones, la de matrimonio y el despacho.
Marido es menos ordenado que yo. Yo trato de mantener la casa despejada. Lo bueno es que ambos somos poco «trasteros» y no poseemos esa nostalgia de quienes tienen el Síndrome de Diógenes, por lo que si hay que tirar algo a la basura, se tira, sin contemplaciones.
Trato de mantener el despacho ordenado aunque ya los libros comienzan a apilarse en el suelo por falta de baldas en las estanterías. Y la caja de cartón del Mac de sobremesa estorba sobremanera y acumula polvo desde tiempos inmemoriales.
Además la pelota de pilates (grande, inmensa) ocupa el espacio entre la mesa y la ventana. He de decir que sí la he usado mirando vídeos en Youtube:

(Con este ejercicio casi muero, pues todo lo que sea reforzar los abdominales me mata):

Y a todo eso hay que sumar la mini-cuna que me han dejado, que permanece plegada en su funda y apoyada sobre la estantería, el colchón anti-muerte súbita que me ha dejado mi hermana que se encuentra en su caja de cartón, y una caja llena de ropa de bebé de 0 a 6 meses que me ha dejado mi prima, pues su hijo también nació en los meses de calor y me viene de perlas.
Total, que el despacho tiene este aspecto:

A mí me entra ansiedad al verlo. ¿Dónde colocaremos a OVObebé? Al principio dormirá con nosotros, pero ¿y luego? ¿Cuando sea adolescente y quiera hacerse sus pajillas?
Me encantaría tener un cuarto de OVObebé de este estilo (pero va a ser que no):

Seremos una de esas familias en las que no hay secretos de alcoba… para ninguno de los tres (tendré que ahorrar para pagarle la terapia al crío).

Yo nunca he mirado moverse la barriga con Marido al borde del llanto de la emoción

Sentí un poco de envidia cuando un amigo me contó que cuando su mujer estaba embarazaba, ambos se pasaban horas hasta poder filmar una película decente de los movimientos de la tripa.
«Igualito que nosotros», pensé.
Pues eso, por muchas referencias que haga a las ondulaciones de la tripota (mira cómo se mueve; es flipante; eso debe de ser su pie; ahora su cabecita; ¡parece un Alien!) Marido se muestra poco emocionado. Imagino que hasta que no vea al bebé de carne y hueso no será consciente. ¿Por qué a mí sí me emocionan los movimientos de la tripota?
Y eso que a él le flipan los fenómenos paraanormales y tuvo a bien pedir para su cumpleaños un feto de extraterrestre.

Yo nunca he tenido una vida sexual… de embarazada

Algunas amigas me comentaban lo salidas que estaban de embarazadas, lo mucho que hacían el amor con sus parejas, y lo bien que vienen las prostaglandinas del semen para provocar el parto en las últimas semanas de embarazo. Me veo acudiendo a la farmacia de guardia más cercana cuando esté de 41+6 buscando una crema con prostaglandinas de esas para aplicármela en el cuello del útero. Y es que salvo «piquitos de hermanos» nuestra vida sexual ha… desaparecido.

¡Espero recuperarla algún día, cuando OVObebé tenga 18 y dejemos el colecho!

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