Cocinar para un bebé: ¡y yo con estos pelos!

Para mí no hay mayor acto de amor que el de cocinar para otros. O el de que te cocinen. En un caso el amor lo das tú; en el otro lo recibes.
¿Por qué? Porque cocinar es un coñazo, y hay que comer todos los días.
Es así.
Aviso: post ultra mega largo.

Jamás me ha importado un bledo la cocina. Cuando vivía con mis padres, la comida era algo que aparecía en la mesa dos veces al día, la ingería y punto. Si no me gustaba lo decía. Si me gustaba no, daba por hecho que era algo que, puesto que surgía de no sabía muy bien dónde, debía de estar buena y no debía agradecérselo a nadie (¡qué equivocada estaba!).

Mi hermana pequeña estudió nutrición y dietética y empezó a hablarnos de las propiedades de los alimentos y de las dietas equilibradas. Nada. Desconectaba al instante.

Cuando en Twitter aparecían post de recetas las ignoraba por completo, ¡qué pereza tan solo el abrir cualquiera de esos post, Dios mío!

En casa de mis padres siempre se ha comido una dieta variada y equilibrada y cuando he vivido con ellos me he mantenido en un peso ideal.
Al independizarme con 28 años con una amiga, recuerdo comer cosas a la plancha y pasta. Y seguía manteniendo mi delgadez sin apenas esfuerzo.
(Más tarde mi amiga se ha hecho foodie, o healthy, o como se escriba, y ahora pesa diez kilos menos que yo, solo come verdura y utiliza ingredientes como la algarroba o el sirope de ágabe: nuestros caminos se han separado).

Fue al cumplir los 30 cuando ¡oh destino! lo que engordaba en el verano ya no lo adelgazaba en el invierno. Y ahí he ido acumulando unos kilos de más que son los que me sobran. Pero ni con esas me seguía interesando el tema de la alimentación.

Cuando me emparejé descubrí que Marido tampoco sabía cocinar y también le importaba un bledo la cocina. Nos hemos apañado con legumbres, cosas a la plancha y ensaladas. Cuando salimos a cenar solemos comer comida tradicional, más por mí que por él, al que le gusta la comida exótica como la asiática o la mexicana. A mí no.
Vivimos en el barrio más de moda de la ciudad y está lleno de restaurantes que harían las delicias de cualquiera más gourmet que yo. Pues no, yo siempre con mi platito de jamón y queso de tapita y mis platos de cuchara que son los que me gustan.

Descubro con estupor que mis amigas las delgadas, las healthies, son grandes apasionadas de la cocina y prueban miles de restaurantes nuevos de la ciudad. Pero lo hacen como debe de hacerse, eligiendo bien el menú que quieren degustar y saboreando la comida. Después en casa no comen apenas y van al gimnasio 4 veces por semana para mantener el tipo.

Marido y yo comemos para tapar el agujero que tenemos en la barriga a ciertas horas del día. Al menos yo. Para mí comer, más que un acto de degustación, es un acto de eliminar el hambre y pasar a otras cosas más urgentes. Si además puedo disfrutar durante esos diez minutos que empleo en hacerlo, mejor, pero si no tampoco pasa nada.

Sigo sin saber por qué me sobran tantos kilos (5) si no compro bollería ni como apenas pan ni embutidos. Eso sí, cuando en el trabajo traen algún desayuno los comerciales farmacéuticos pruebo las ensaimadas y las cocas y las empanadas, y mis compañeras las oftalmólogas delgadísimas apenas sí se llevan algo a la boca.

Pues eso: para estar delgada no hay que abrir la boca.

Y de repente tengo un bebé.

Pues sí, ni haberme independizado, ni haber empezado a engordar ni casarme ha hecho que me importe un bledo la comida, cocinar ni ir al mercado (las calorías ya las miro un poco más).

Ha sido el hecho de ser madre y NO SABER QUÉ CARAJO COCINARLE AL BEBE lo que ha hecho que me ponga las pilas. Tarde, pero estoy en ello.

Siempre me ha acomplejado mucho el tema de no saber cocinar. Cuando nos hemos juntado en fiestas y había que llevar un plato yo lo compraba en el horno.

Mis amigas las healthies son las más perfeccionistas cocinando.

Mi hermana la nutricionista también se maneja bien con los alimentos y sabe cómo mezclarlo para obtener buenos platos.

¡Hasta mi hermano sabe hacer la paella de maravilla!

Aún recuerdo mi primera (y única) tarta Sacher que hice siguiendo la receta de una enfermera delgadísima que cocinaba repostería fenomenal. Me salió tan mal que hasta el molde que metí en el horno, al estar torcido, hizo que la tarta fuera más gruesa en un extremo que en el otro.

Después vino a casa y me enseñó paso a paso cómo lo hacía ella. Para empezar, había que tener el material adecuado. Por ejemplo, yo traté de hacer las claras a punto de nieve a mano y no hubo manera; ella se trajo unas varillas eléctricas con las que acabó en diez minutos. Después vi su molde para desmoldar de puta madre y una serie de cosas que yo no sabía siquiera que existían.

El otro día hubo un cumpleaños de mis amigas las delgadas y había que llevar un plato. Mentí y llevé la buenísima tortilla de patatas que hace mi padre. Dije que la había hecho yo. Con 38 años me da vergüenza no saber cocinar una tortilla de patatas en condiciones.

La tortilla de patatas.

Este plato merece un post aparte. A ver. ¿Cuál es el secreto de la tortilla de patatas? A mi padre le salen de restaurante, con la patata y el huevo perfectamente integrados cuando la cortas, redonditas y gorditas.
Marido y yo hemos tratado de integrar los ingredientes chafando la patata, friéndola menos para que quede más blandita y mezclándola así con el huevo en un bol. Pero es pasarla a la sartén y ahí se desintegra toda nuestra labor. Nunca nos ha salido como la de mi padre.

Ahora comprendo a mi padre

Por su horario, toda la vida mi padre es el que ha cocinado a mediodía. Por la noche lo hacía mi madre. Y toda la vida recuerdo la pregunta de rigor: ¿qué hago mañana para cocinar? Pfff, y yo qué sé, papá, lo que se te ocurra.

¡Dios mío! Ahora me veo en las mismas. Elegir qué cocinar para comer y cenar cada día es el ejercicio de imaginación más complejo al que me he enfrentado nunca.

Este verano lo he pasado en su casa de campo y es increíble la cantidad de recetas que saben elaborar, la variedad tan grande de comidas que comí durante dos meses, la facilidad con la que sacaban los ingredientes del congelador cada mañana porque ya sabían lo que iban a hacer por la noche (mi congelador está vacío).

Pero esperad que me voy aturullando. Iré por pasos:

1) Nace bebé:
Y resulta que es un bebé gigante con sus 4.800 gramos de peso. Vamos, que ya está criado. Que además es sano. Que solo voy a las revisiones pediátricas que pauta la seguridad social. Que solo lo pesan cuando toca, ni siquiera cuando le ponen la vacuna porque ahí no toca, pero además da igual porque está en el percentil 98.

Cuando empezó a andar bajó de percentil. ¿Ha pasado algo? ¿Diarreas, ha estado enfermo? Preguntó la pediatra. No, que ahora se mueve más. Bien, ha bajado de percentil. Ahora pesa 13 kilos y tiene 14 meses.

Resulta que cuando nace bebé se engancha super bien a la teta, así que no tengo que pensar en biberones, en cereales o en suplementos de ningún tipo. Sigue engordando adecuadamente y ya.

2) Cuando hay que introducir la alimentación complementaria decido meter los ingredientes que leo que puede ir comiendo (ternera, pollo, pavo, calabacín, calabaza, patata…) en la olla a presión, hervir y triturar. Y resulta que le gusta. Perfecto.

(Recuerdo la cara de asco de mi cuñada cuando vio uno de mis potitos descongelados con el aspecto grumoso que tiene la patata cuando la descongelas, y me explicó cómo hacer que desapareciera ese aspecto grumoso… Y yo sí sí, oídos sordos: si bebé se come el potito así ¿para qué hacerlo más fino?).

Por cierto, mi cuñada es la que me regaló la Thermomix que ha estado ahí sin usar durante seis meses y que ahora he empezado a utilizar y sí, la textura de los potitos que hace es mucho mejor que la que me sale a mí. Pero no me quita el sueño.

3) Va a la guardería:
Y aquí viene el dilema. ¡Ya hay que ir introduciéndole las cosas sólidas!
Menos mal que se queda a comer y tengo una comida menos que hacerle.

Por cierto, os dejo aquí el menú de las primeras semanas del mes de octubre a ver qué os parece, es una guardería muy alternativa y los padres han luchado mucho para que sea un menú muy sano, yo veo poca carne ahí, pero bueno (a los de la edad de mi hijo todas las meriendas las sustituyen por triturado de frutas):

¡Papá, mamá, os necesito!

Y ahora es cuando tiro de padres para preguntarles cómo hacen ellos tal o cual plato, el pollo en salsa o las lentejas. Mi madre se queja de que la llamo poco y solo para preguntarle por los menús. Pero es que ahora entiendo cuando mi madre me pedía que mirara cómo hacía ella las cosas en la cocina y ahora me arrepiento de pasar olímpicamente de ella.

Mi bebé no tendrá «la tortilla de patatas de mamá» o «el asado de Navidad de papá». ¿O sí?

¡A lo mejor aún estoy a tiempo de aprender!

Clases de cocina.

Pues sí. Eso he hecho. Pero además, clases particulares. Tengo una buena amiga que es chef, pero chef de verdad, que además ha cocinado en algunos de los restaurantes mejores de la ciudad, y aprovechando que ahora está moviendo la novela que ha escrito y ya no trabaja en hostelería, viene a casa los miércoles por la mañana y me enseñas cosas básicas.

Por ejemplo, que antes de preparar un plato hay que tener los ingredientes preparaditos como hace Arguiñano en diferentes recipientes, lo que se llama la mise en place.

Me enseña a cortar la cebolla en juliana.

Me enseña a hacer un caldo de verduras básico con todo lo que sobra de las verduras para echarlo al arroz y no tirar de tetrabrick.

Y también me está enseñando a usar la Thermomix.

Ahora me está enseñando a ir al mercado, pues vivo enfrente de uno y siempre voy a Mercadona. Y es que no sé el precio del kilo de las cosas, ni cómo comprarlas, ni qué cantidades pedir.

Hoy he ido al mercado para pedir 300 kilos de rape para Bebé (jamás había pedido nada semejante) y he indicado que me lo preparen y cómo debían preparármelo. Y me han dado la cabeza y las pieles para preparar un caldo.

También le he comprado pescadilla, y ternera de babilla, que no sabía qué diablos era, para hacérsela al bebé. He congelado todo el pescado, he comprado croquetas, las he congelado en paquetes de a dos, he comprado hamburguesas de pollo, las he congelado.

He comprado fruta y verdura de temporada, pero he seguido sin fijarme en los precios. Yo iba leyendo sus WhatsApp directamente delante del tendero.

Pero no he preguntado si el pescado era de playa o de piscifactoría. Que ya me enseñará ella a hacerlo. 22 euros en pescado que me he gastado en un rape, una pescadilla y una lubina (que he hecho hoy al horno siguiendo una receta de mi padre). No sé si es mucho o poco dinero.

(Eso sí, he estado 2 horas en el mercado, porque se forman unas colas tremendas, las abuelas cuentan su vida a las tenderas de qué manera, y yo resoplando pensando en que esta mañana libre tampoco estudio).

Y voy introduciendo cosas nuevas al bebé.

También pregunto mucho a otras madres qué tipos de comida cocinan a sus hijos.

De momento a Bebé no le gusta:
El aguacate, el tomate natural, las croquetas, el mero, el pan (se lo mete en la boca y después se lo saca y lo tira), ni las galletas o texturas harinosas.

Lo que más le sigue gustando son los triturados de verduras y carne y las legumbres.

Yo tengo mi arsenal de pescado y carne en el congelador para hacerle alguna receta nueva, por ejemplo, la sopa de pescado desmigado que me ha aconsejado mi amiga la chef para ir probando cosas nuevas. Y por si acaso sacaré un potito casero para tener el plan B.

Y bueno, espero que llegue el día en que sepa hacer una compra grande previendo lo que voy a cocinar durante la semana, saber pedir un cuarto de kilo de esto o de lo otro, saber comparar precios y saber cuáles son los mejores puestos del mercado, y dejar Mercadona para conservas, pasta y cosas asi.

Y de paso ir haciendo un menú también para Marido y para mí en condiciones.

Y ya puestos a pedir perder los 5 kilos que me sobran.

(Por cierto mi amiga la chef también está delgadísima).

PD. Me siguen dando pereza los post de recetas de Twitter…

¡Hasta la próxima!

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