Terrores nocturnos

Llovió en Valencia. Y desde que llovió mis bronquios se han quedado «atascados» en un estado de constricción brutal que me impide llevar una vida normal.

Exactamente empecé a sentirme mal el martes día 6 de febrero. Primero comenzó como un cansancio extenuante para después convertirse en una losa que se depositó sobre el tórax y me impedía respirar. Me automediqué con Symbicort pero ya conozco mis ataques de asma, y no siento absosultamente ningún alivio con los inhaladores.

También sé que cuando voy al médico y me ausculta éste constata la ausencia de sibilancias o pitidos, lo que implica que subjetivamente estoy bien. Y yo les pregunto: «¿Y por qué me asfixio?».

Los primeros días tengo una tos seca. A continuación llega la rinitis alérgica, los estornudos y el lagrimeo. Y por último aparece una tos más profunda en la que ya comienzo a expulsar mucosidad y sí se pueden escuchar las sibilancias y los pitidos. Unas tres semanas dura todo el proceso, y la medicación no sé si acelera o no la curación, pero yo no lo noto.

Acabé en urgencias la tarde del miércoles con nebulizadores que me aliviaron momentáneamente.

Incomprendidos
Los asmáticos/alérgicos somos unos incomprendidos. Novio no me mira con la lástima que a mí me gustaría. La disnea o sensación subjetiva de asfixia es muy difícil de llevar. Yo la conozco bien, lamentablemente, y trato de hacerme sesiones de autorelajación como me hacía mi madre cuando era pequeña, pero puede ser aterradora para alguien que la experimente por primera vez.

Desembarazada
Los ataques de tos que hacen contorsionarme en espeluznantes movimientos me daban miedo al principio por si podían perjudicar al feto.

También me lo daba las inhalaciones diarias de Symbicort y Ventolín a las que me someto. Pero es mejor una mamá que pueda respirar bien e inunde a su feto de todo el oxígeno posible que los efectos secundarios de cualquier medicación.

Como aún no tengo mucha barriga y estoy tan malita pensaba que me había «desembarazado» de mi bebé.

Pero ayer me hice una ecografía. Semana 17+3. Y feto sigue vivo.

¡Y yo sin psicoanalista!
Me creía muy valiente por haber dejado a mi psicoanalista tras dos años de terapia bi-semanal.

Algún día escribiré sobre los motivos que me llevaron a ello.

Existen largos tratados que hablan sobre el fin del psicoanálisis, y mi terapeuta querría haber hecho un final de terapia de manual, esto es, interminable. Debido a mi naturaleza impulsiva, decidí ponerle fin por teléfono y de manera abrupta, aprovechando que estaba de baja debido a los sangrados vaginales. Hasta ahora no la he echado de menos.

Pues bien. La noche del miércoles 14 al 15 de febrero tuve una pesadilla relacionada con mi bebé.

¡Y yo sin psicoanalista!

Debido a la bronconstricción, dormir del tirón se ha convertido en tarea imposible. Duermo totalmente incorporada pero aun así la tos me despierta cuando mis ojos se cierran. Entonces aprovecho para ir al baño (el embarazo es un gran diurético) y me desvelo por completo. Cuando caigo dormida de nuevo me despierta la tos y vuelta a empezar.

Soñé que Berta la psiquiatra me hacía una ecografía para determinar el sexo del bebé. Tardaba bastante en realizarla, y mientras ella miraba la pantalla del ecógrafo yo podía ir viendo las diferentes partes del bebé. Pero no encontrábamos el sexo. Realmente en el sueño no sucedía nada aterrador. Pero cuando mi amiga exclamó: «No te puedo decir el sexo porque no lo sé» me desperté de golpe.

Me sorprendió comprobar que estaba respirando con total normalidad y el aire entraba suavemente por mis bronquios. Por primera vez en días la pesada losa se había desprendido de mi tórax. Pero entonces ¿por qué el terror? Estaba empapada en sudor. Temblaba de pies a cabeza. Me levanté para ir al baño, paseé por la casa. Miré las luces de neón de los comercios del barrio que iluminaban parcialmente el comedor. Miré la hora en mi teléfono móvil. Las 2.29. No podía creerlo. Todavía quedaban largas horas para que amaneciera. Y además, el cielo estaba totalmente encapotado. No solo la oscuridad de la noche sino un estado de pre-tormenta me hicieron sentir una asfixia como nunca antes la había sentido. De nuevo empecé a toser. No sabía a quién recurrir. Seguía aterrada. Me metí en la cama. Cuando cerraba los ojos acudían a mi mente imágenes tenebrosas de enfermedad y muerte que incrementaban más aún la sensación de claustrofobia. Caí en la cuenta de que a mi alrededor hay mucha gente diagnosticada de cáncer. El cáncer ha pasado a formar parte de sus vidas como una enfermedad crónica y yo ya he pasado a verlo como una diabetes o una artritis: mi jefe y su cáncer de pulmón, mi amiga Alba y su cáncer de mama, el mejor a migo de Novio y su linfoma, el marido de mi amiga Eulalia y su tumor cerebral.

En mi delirio nocturno empecé a desear alejarme de todos ellos. En mi delirio me sentí asfixiada por estar embarazada. ¿No quería al bebé? Me invadió una sensación horrible de ahogo al pensar que un ser humano se estaba gestando dentro de mí. Me dije si tal vez no me había precipitado en la empresa de la maternidad. En mis terrores nocturnos deseé que me lo extirparan. Y nuevas ideas de cáncer y muerte acudían a mi mente. Y me despertaba de nuevo aterrada y empapada en sudor. Y la sensación de asfixia volvía de nuevo y culminaba en espantosos ataques de tos.

Desperté a Novio y me cogió la mano. Le dije que había tenido una pesadilla. Pero se trataba más bien de un estatus de pesadilla, puesto que el terror no se desvanecía con la vigilia. Y lo curioso es que no recordaba el sueño en concreto que me había hecho sentir aterrorizada.

Fue extraño, muy extraño. En mi subconsciente tal vez se trate del miedo a que al bebé pueda pasarle algo malo, o tal vez he sido consciente por vez primera de la responsabilidad que implica haber ido al IVI, haberme sometido a una FIV por ovodonación y haberme quedado embarazada a la primera.

¡Glub!

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