Pre-juicios de pre-madre

El embarazo me llena la cabeza de prejuicios, aunque probablemente ya estuvieran ahí y las hormonas no hagan más que sacarlos a relucir.

En las lecturas de mis habituales madrugones de embarazada, me encuentro con varias noticias que me hacen reflexionar.

Noticia 1: Adiós papá, adiós mamá

Esta noticia me ha puesto los pelos de punta. A cuatro meses de convertirme en madre y por tanto, en «persona imprescindible para alguien», me he vuelto muy consciente de los comentarios condescendientes que se hacen a los padres cuando éstos comienzan a ser mayores. Y esa condescendencia me entristece.

A mí la vejez siempre me ha irritado. Debido a mi naturaleza nerviosa e impaciente, la ralentización que se da en la vejez en todas las esferas (deambulación, articulación de la palabra, audición) me exaspera. Debo controlarme cuando visito pacientes en la consulta y los ancianos, que suponen más del 60% de mi asistencia diaria habitual, me hacen repetirles las cosas veinte veces, y yo debo reducir la velocidad de mi verbo y vocalizar y alzar la voz. Tres cosas que se me dan realmente mal. A veces, cuando la falta de tiempo me impide bajar mi ritmo, me dirijo directamente a los familiares, quienes muchas veces parecen indiferentes a lo que les pueda suceder a su padre o a su madre. Sé que es una falta de respeto hacerlo si el paciente es el anciano, y me marcho a casa agotada por la culpabilidad.

Cuando los ancianos son los padres
La primera vez que caí en la cuenta de que mi padre se había hecho mayor fue cuando, hace un par de años, fuimos a dar una vuelta en bicicleta juntos. Mi padre siempre ha sido un hombre alto, fuerte y atlético. Tiene en su haber varias maratones. Siempre lo he visto subido al tejado del chalet arreglando tejas, o subido a la rama más alta de un pino para podarlo. Pues bien, aquel día yo no cesaba de girar mi cabeza hacia detrás en un desnaturalizado acto pro-niña del exorcista para buscarlo en la lejanía, pues en mi pedalear no demasiado rápido, lo perdía rápidamente de vista. Creí que tal vez él deseaba «dar un paseo», con la lentitud que eso conlleva. (Sí, lo habéis adivinado: yo odio pasear por la lentitud que eso conlleva). Pero me di cuenta de que mi padre había ralentizado la movilidad de sus articulaciones. Fue un día triste.

«Encima de cornudo, apaleado»
Esta frase siempre la ha dicho mi padre, amo de casa durante la crianza de sus cinco hijos, cuando estaba hasta los mismísimos de que además, nos quejáramos de que la comida no era de nuestro agrado.
Mi padre ha sido operado en dos ocasiones de cáncer de pulmón: la primera vez en julio de 2017 y la segunda en enero de 2018.

Dejando aparte todo lo vivido aquellos 8 días en el hospital durante su primera cirugía (en su segunda cirugía yo ya estaba embarazada y, aunque asistí a la operación gracias a mi condición de médico, no me quedé a cuidarle debido a la epidemia de gripe que tuvo lugar en enero), incluida la noche de mi 36º cumpleaños que pasé cuidando de él mientras leía a Anna Freud y trataba de minimizar el hecho de que, por primera vez era mi padre el que requería de mis cuidados, cuando siempre había sido al revés:

Recuerdo, una vez le dieron el alta y salimos de una de las revisiones con el cirujano que le operó, que caminábamos desde el hospital hasta el restaurante en el que teníamos mesa reservada a las 14.30 para celebrar la vida (su vida) mi madre, mi padre y yo. Recuerdo la ralentización de mi padre por la acera, con la función pulmonar mermada por la extirpación de dos tumores en el lóbulo derecho. Y recuerdo mi irritación y haber dicho en voz alta: «¡No puedo creer que camines tan despacio; me voy adelantando!».
Se hizo un silencio sepulcral, el silencio recriminatorio de mi madre, y recuerdo las punzadas de culpabilidad de sentí tras haber dicho aquello, y la cara de mi padre esforzándose por avanzar más deprisa. Y mi juventud pavoneándose delante de ellos debido la incapacidad que poseo de pasear si mi impaciencia para llegar a los sitios es enorme. Entonces di media vuelta y me uní a su ritmo, a su ritmo de anciano operado de cáncer de pulmón.

Mamá también se hace mayor
Estas fallas, tras haber hecho la mudanza temporal a casa de mis padres, debido a que casa de Novio está ubicada en el barrio más fallero de la ciudad de Valencia, decidí bajar con mi madre a la mascletà de barrio que tenía lugar a las 14 horas del día 19 de marzo. Pues bien: mi impresión fue mayúscula cuando mi madre empuñó uno de esos bastones que se emplean para caminar por la montaña debido a que tenía «dolor de cadera». Si algo he heredado de mi madre es la velocidad en la marcha (no así en el verbo o en la manera de comer, experta ella en ser la más lenta del mundo). Los 500 metros que separan la casa de mis padres de la plaza donde tendría lugar la mascletà se me hicieron eternos debido al dolor de su cadera, al bastón ignominioso y a mi perplejidad.

Miedo a la materno-ancianidad
Soy impaciente y detesto la ancianidad. Pero la noticia de los ancianos abandonados a su suerte en los hospitales por sus hijos e hijas, mientras éstos abusan del dinero de su pensión, como si un adulto de 80 años no pudiera hacerse cargo de administrar su economía, ¡por Dios! me ha dejado muy triste.

Aunque conteste mal a mis padres y me irrite su incipiente vejez, nunca les he tratado con condescendencia en el ámbito intelectual porque sé que son más sabios que yo en la mayoría de cosas. Mis padres son las dos personas a las que más admiro. Es así. Y la idea de abandonarlos a su suerte en un hospital y fundirme su pensión creo que entraría dentro de los rasgos psicopáticos del individuo que reza el DSM-5

¿Y mi hijo, fruto de otros genes? ¿Me abandonará a mi suerte? Será un nativo digital y a mí lo digital me la repanfinfla. Aún no ha nacido y ya estamos en desigualdad de condiciones. Ese bebé gordito al que amamantaré y que dependerá de mí los primeros años para sobrevivir, ¿me tratará con desprecio alguna vez? ¿Es necesario ese desprecio para que los pequeños abandonen el nido? ¿Pondrá cara de póker cuando los médicos se dirijan a él en lugar de a mí porque yo ya no oiga ni entienda nada?

Noticia 2: El Parto es Nuestro

Antes de convertirme en pre-madre pensaba que todo cuanto rodea al embarazo estaba dictaminado por la ciencia: las revisiones en la Seguridad Social, tres, una por trimestre si no es un embarazo de riesgo; el triple screening; y el parto.
Como médico, soy buena amante de los protocolos. Los protocolos te protegen de la mala praxis (si no recuerdas algo, aplicas el protocolo). Los protocolos facilitan la asistencia médica.
¡Son maravillosos, los protocolos!

Anti-protocolarias
Pero, cuando hace unos años, en mi círculo cercano la gente empezó a quedarse embarazada, me di cuenta de que pocas eran las mamás que asumían los protocolos de la Seguridad Social: Hermana Mayor enseguida se hizo con un seguro privado y su embarazo fue llevado a dos tiempos por el ginecólogo privado y el público, pese a lo desquiciante que pueda parecer.
Y después me sorprendió comprobar que la mayoría de mamás actuaban así, y que reclamaban hospitales privados para parir debido a que «así tenían una habitación individual», como si ese fuera un criterio científico de peso .
Incluso mis amigas de izquierdas y conductas aparentemente progresistas se hicieron con un ginecólogo privado que las atendiera en lo más hondo, e incluso con sus números de teléfono para consultarles los detalles más nimios de sus embarazos; a la mayoría de madres que conozco les resultan insuficientes las tres consultas de rigor de la Seguridad Social.

Después me sorprendió comprobar cómo muchas madres recurrían a los test prenatales no invasivos (y de elevado coste) para el análisis de ADN fetal pese a que el triple screening había salido de «bajo riesgo de cromosomopatías». ¡Vaya! ¿También desaparecerá el triple screening de la Seguridad Social si, pese a que el riesgo sea de 1:10.000, las madres desconfían y recurren a otra prueba que, además de carísima, ni siquiera es diagnóstica, sino estimativa?

¿Decidir yo el parto?
Y más todavía me impactó la mitificación que existe en torno al parto. Yo creía que había indicaciones claras y protocolizadas de lo que suponía ponerse de parto, a dónde acudir y cómo proceder. Y después descubro que hay madres que desean un parto sin epidural; que hay madres que reniegan de la episiotomía; que hay madres que desean ante todo un parto vaginal y por nada del mundo quieren un cesárea, y que hay otras que desean parir en casa debido a lo impersonal de un hospital.

Tal vez existe mucho «trastorno narcisista de la personalidad» no diagnosticado, razón por la cual creemos que precisamos de un trato especial por el hecho de ser nosotros. Yo, a un médico o enfermero únicamente le pido que sea educado, estudie y haga su trabajo desde la ética. Pero nunca le pediría un trato personalizado o íntimo.

¿Decidir yo el parto? Pues nunca se me había ocurrido. Mi idea de parto es la de llegar a las puertas de urgencias del hospital que me corresponde por área, ser atendida por la matrona y el ginecólogo de guardia, pedir la epidural para evitar el dolor de las contracciones, dejarme cortar por lo sano el periné si así lo estima el médico, y acceder a una cesárea si hay indicaciones precisas para ello. Jamás se me hubiera ocurrido renunciar a alguna de esas cosas.

«¡Tú pide la epidural!»
Ayer una amiga me contó su parto con pelos y señales, y, tras decirme varias veces aquello que ya me han dicho otras muchas madres «Tú pide la epidural, no seas tonta» (¡vaya!, es que nunca se me había ocurrido no hacerlo, como tampoco voy al dentista y le digo que me extraiga la muela careada sin anestesia) aprecié alguna mirada de soslayo, como si se avergonzara de algo.
Al final profirió su amarga confesión: «Pese a los masajes perineales que me estuve haciendo durante el último trimestre, me practicaron la episiotomía porque el bebé no salía; la matrona era reacia, pero fue el ginecólogo quien la indicó».
¡Se avergonzaba de ello! ¿Qué problema había si tras dos horas de contracciones no había forma de expulsar a la criatura?

Otra amiga que ya había salido de cuentas hacía dos semanas, deseaba ponerse de parto de manera espontánea y parir por vía vaginal, pese a que sus dos mellizos los había tenido por cesárea. Yo creía que estaba claro que el tercero también nacería por cesárea. Recuerdo sorprendida su decepción cuando le indicaron que habían de realizar el parto nuevamente mediante cesárea debido al estrés del feto.

A lo mejor al no haber pasado por todas esas experiencias me cuesta empatizar con esas madres, pero debido a mi naturaleza sumisa, sé que aceptaré lo que me digan los médicos sin rechistar, y siempre pensando en el bienestar de mi bebé.

Noticia 3: La Liga de la Leche

Comentaba en otro post la dualidad amor-odio que mantengo con mis tetas. Desde mi embarazo las tetas no han hecho más que crecer y presentar una fea forma de pera, y ser ultrasensibles al tacto, hasta dolorosas.
Pues bien: me identifico con esas personas que tienen prejuicios con el amamantamiento pasados los 6 meses de vida del bebé.
Una buena amiga de Novio no tenía reparo en que su bebé le metiera la mano bajo el sujetador en cualquier ocasión que se preciara. Hasta tengo una foto que les hice a ambos para plasmar la imagen en una boda, durante el banquete.
A mí me parecía obsceno.
Otorgar al bebé de pulsiones sexuales como reza el psicoanálisis me parece más obsceno aún. Pero esa imagen del bebé campando a sus anchas por el escote materno, ante la impasibilidad y hasta visible placer de su madre me molestaba.
No me molesta que las madres se saquen el pecho en público para amamantar a sus hijos. Ayer mismo, mi amiga me comentaba que al principio le resultaba incómodo a ella misma hacerlo, pero visto que su bebé demanda comida cada pocos minutos, debía proceder así y ya se había acostumbrado.

El problema que a mí se me plantea es: ¿y no se puede amamantar al bebé cada equis horas, dejarle saciado, y tener controlado el siguiente momento «teta»? ¿El momento «teta» siempre debe pillarnos en un parque, en un restaurante o en una tienda?

Donde dije digo, digo Diego
Tal vez cuando de a luz me arrepienta de todas estas palabras, como mi postura anti co-lecho y anti lactancia a demanda. En definitiva, mi postura de no convertir la maternidad (MI maternidad) en una situación anti-feminista y esclava.

Pero la idea de tener que satisfacer las demandas del bebé en cualquier lugar y circunstancia sin posibilidad de fraguar en él la frustración me parece asentar todas las bases para convertirlo en un neurótico, como yo.

Aunque todo eso… ya lo veremos.

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