Preciosas asesinas

Siempre he tenido una relación amor-odio con mis tetas.
[Para empezar, quiero reivindicar el término «teta» y no el de seno, mama o pecho].
Mis tetas tienen una morfología cónica de adolescente, con la base mucho más ancha que el vértice. Conforme he ido cumpliendo años y ganando kilos, las tetas se han rellenado pero su forma ha seguido siendo la misma. Son turgentes y se mantienen rectas aun sin sujetador.
Tengo unas tetas bonitas.
Están coronadas por un pezón de gran tamaño y una areola nada desdeñable. El bebé no pasará hambre, de eso puedo estar segura.

Además sucede que siempre he tenido miedo a la muerte. O para ser más exactos, una fina clarividencia sobre mi propio final. Por temporadas he pensado mucho en mi propia muerte como sinónimo de final absoluto, y esa idea restaba valor a todo lo que sucedía a mi alrededor, dejándome perpleja: «tanto estudiar, tanto trabajar, tantos lloros ante las adversidades de la vida… ¡si luego me voy a morir!».
He tratado de hallar algún significado oculto en el hecho de estar vivos por contraposición al abrupto fin que supone la muerte y no lo he encontrado.
Como escribí de adolescente: «la vida es un alto en el camino de la inexistencia». No existimos antes de nacer, y tras unos cuantos años tampoco lo haremos.
¿Para qué, pues, la vida? Ni idea. Vivámosla a ver.

Maestros de pitonisa
Recuerdo una clase de ginecología en la carrera en que el profesor habló de la incidencia del cáncer de mama. Una mujer de cada ocho, dijo. Nunca se me olvidará esa cifra porque para ser más didáctico, comenzó a contarnos a las muchas mujeres que allí habíamos y al llegar a la octava exclamaba: «¡Tú!». Y a continuación comenzaba a contar desde el principio: «Una, dos, tres, cuatro… ¡Tú!». En la tercera fila de pupitres detuvo su tétrica providencia y yo respiré hondo: no me tocó con su dedo acusador puesto que me sentaba más atrás.

Mi naturaleza nerviosa e hipocondríaca me hizo temer a mis tetas desde entonces. ¿Cómo era posible que esa fuente de placer erógeno, ese símbolo de feminidad y ese elemento nutricio que alimentaría a mi bebé me diera miedo? Empecé a mirar a mis tetas con absoluta aprensión.

Cuando me acostaba con hombres y estrujaban mis tetas les decía que por favor si encontraban algún bulto no me lo dijeran. En muchos otros casos directamente les apartaba las manos.

Jamás me he atrevido a hacerme una autoexploración mamaria el último día de cada regla como aconsejan las guías, tumbadita en la cama, con suaves movimientos circulares con las yemas de los dedos por los cuatro cuadrantes siguiendo el sentido de las agujas del reloj.

El ser adulto no implica ser valiente
Lo más extraño que he hecho fue una noche que salí con amigas y bebí un poco en que reuní el valor suficiente para decirle a una compañera oncóloga que me explorara las tetas. Y ahí que nos encerramos en el baño del bar, y estuvo palpando y estrujando un buen rato ambas tetas, e incluso hundió el dedo en mis axilas a la búsqueda de alguna adenopatía. «Tienes unas buenas tetas y además están sanísimas», me dijo.

Lo segundo más extraño y hasta bochornoso que he hecho fue en 2014. A mí me dolía la teta izquierda desde hacía un tiempo y quería consultarlo con alguien. Así pues en mi hospital me aconsejaron que hablara con el jefe de radiología, experto en patología mamaria. Pero yo no me atrevía a ir sola. Pues bien, me acompañó la residente de primer año que se acababa de incorporar. Tener un residente al lado implica mucha responsabilidad, pues los cuatro años de formación como oftalmólogo son importantes y muchas de las pautas que se aplican cuando se es médico adjunto se aprenden durante ese período. Yo estaba muy implicada con la formación de la primera residente que tenía el servicio de oftalmología de mi hospital. Quería enseñarle todo lo que sabía y hacerlo de la mejor manera posible.

Al llegar al servicio de radiología y hablar con el jefe éste me dijo que me desvistiera de cintura para arriba. Mi corazón empezó a agitarse. «Puedo venir otro día». Ni hablar. Una enfermera del tamaño de un gigante se interpuso en mi camino. La residente me lanzaba palabras de consuelo. «Te exploraremos ahora». El radiólogo me palpó y después indicó realizar una mamografía. La placa mostraba un enorme manchurrón de color blanco debido a la gran densidad de una teta joven. «Aquí no se ve nada, ni bueno ni malo. Podrías tener un tumor del tamaño de un elefante que en la radiografía no se detectaría». A continuación decidió hacerme una ecografía. Entonces yo empecé a forcejear y a llorar. Sabía que la ecografía se realiza para confirmar o desmentir una sospecha de algo.
«Ya vendré otro día, de verdad que no quiero seguir».
La residente calló por el estupor.
La enfermera me placó y me dijo: «tranquila que si encontramos algo malo tenemos tranquilizantes en este cajón y no dudes que te meteré uno en la boca ».
Me puse a llorar y a gemir mientras el radiólogo exploraba con la sonda ecográfica el cuadrante superior interno de mi teta izquierda. Yo miraba su cara por si adivinaba algún gesto de preocupación en ella a la par que lloraba y me lamentaba.
«¿De verdad todo este numerito es necesario?» Me dijo. Ni siquiera sentí vergüenza. Solo quería que me dejara marchar.
«Tienes un fibroadenoma, un tumor benigno de la mama bastante frecuente. Si te duele mucho se puede operar, pero no hace falta que te lo revises. Eso sí, deberías autoexplorarte cada mes al final de la menstruación».
Me fui de allí con gran alivio seguida por la residente. No dijimos nada.

Novio nunca se escandalizó
Cuando conocí a Novio enseguida congeniamos. Mi locura hipocondríaca lo divertía, y pese a no estar muy segura de que él sepa el alcance de mi sufrimiento, él le resta valor y eso me alivia. Tanto es así que en la Navidad de 2016 me regaló La historia de mis tetas, un cómic espléndido sobre la relación de una mujer con sus tetas a lo largo de su infancia, adolescencia y madurez en que le diagnostican un cáncer de mama bilateral. El tono del libro es refrescante pese a lo que pueda parecer. Me gustó mucho. Novio sabe que la mejor medicina es un buen ataque.

Una noticia desgarradora
Alba es una amiga de la carrera con la que mantengo una relación muy ocasional pero nos queremos mucho. Ella siempre ha sido alguien muy racional y poco dado al sentimentalismo. Ha tardado cinco años en quedarse embarazada. Finalmente se dejó la actividad privada en la que trabajaba y entonces fue cuando tuvo a su niña, morena y de grandes ojos castaños.

Ha estado muy pendiente de mí con mi proceso de infertilidad y posterior embarazo. Pues bien. El otro día me soprendió con un mensaje muy emotivo sobre la felicidad que suponía haberme quedado embarazada después de tantas dificultades. El mensaje me conmovió. Me dijo si podíamos hablar en ese momento por teléfono y le dije que necesitaba dormir la «siesta de la embarazada». Que luego la llamaría. Me dijo que más adelante no sabía si podría hablar. A las seis de la tarde, estando en el H&M le dije que ya estaba disponible.

Contestó lo siguiente: «Escucha, estoy ingresada por un cáncer de mama. Hoy me han hecho una mastectomía completa. No te lo he querido decir antes porque estabas estudiando la oposición y no quería preocuparte. Aunque aún no sabemos con exactitud el resultado de la biopsia, sí sabemos que se trata de un cáncer hormonosensible por lo que me tendrán que dar Tamoxifeno durante cinco años. Quería preguntarte por los métodos de preservación de la fertilidad y que me hablaras de tu experiencia como infértil».

Me quedé paralizada del terror en medio de la tienda. Perpleja. Alba siempre ha sido una caña. Fuerte, luchadora, positiva. ¿Por qué ella? Recordé aquella clase de ginecología de la facultad que ambas compartimos y el dedo acusador del profesor contando hasta ocho.

Una mujer de cada ocho tendrá cáncer de mama a lo largo de su vida.

Sí. Lo que no sabíamos es que sería tan pronto. Alba tiene 37 años. Tampoco sabíamos que le tendrían que quitar la mama entera.

Ella se notaba la teta derecha diferente a la izquierda y lo achacaba a la lactancia. Se había palpado un bulto y además percibía una cierta asimetría. Lo dejó pasar hasta que consultó con una amiga ginecóloga.

«Dos meses, las mamas tienen que volver a su estado normal tras dos meses de haber dejado la lactancia».

Después todo fue muy rápido: le hicieron una mamografía y ella, especialista en patología mamaria, supo que algo no estaba bien. Después le hicieron una resonancia y allí se vio el tumor de 6 centímetros ocupando los dos cuadrantes internos de su teta derecha. Era mejor eliminar la teta entera.

«¿Y la otra? Quitádmela también, no la quiero para nada».

No debían precipitarse, según el resultado de la biopsia decidirían. En dos semanas mi amiga ya estaba operada. Y ahora estaba pensando en someterse a una cirugía en la que le extirparían el córtex folicular ovárico para poder volver a ser madre pasados cinco años del tramiento con Tamoxifeno, puesto que ella no podría someterse a una FIV debido a que su tumor era sensible a los estrógenos.

Yo vi su preciosa teta derecha cuando tuvo a su niña hace un año y la amamantó delante de mí. Tenía un gran pezón y una areola muy pigmentados que llamaron mi atención. Ahora la prótesis mamaria que le habían implantado estaba cubierta por un trozo de piel lisa sin el pezón ornamental, ya que también estaba afectado por el tumor.

Ella me dijo con un tono desprovisto de resignación: «no voy a ir por ahí con bikini, ni me voy a poner escote; la prótesis que me han puesto ha quedado muy diferente a mi teta izquierda, así que ¿para qué quiero la otra teta? Solo quiero que me la quiten también».

Ojalá la anatomia patológica nos de buenas noticias y sea un «carcinoma in situ», el cual con la mastectomía ya estaría curado.

Ojalá cuando nazca mi hijo pueda ser alimentado con mis tetas y yo me atreva a tocarlas, palparlas y estrujarlas. Y a enfrentarme a ellas como mi amiga Alba lo está haciendo, con valentía y mucha fuerza.

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