El Bientratrador. Parte III

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-Ayer por la tarde fui a que me hicieran acupuntura.
—¿Acupuntura?
—Sí. Le escribí a mi prima Marisol para contarle que a pesar de llevar meses intentándolo no logro quedarme embarazada. Pero no le dije nada de la antimülleriana porque no quiero que todo el mundo lo sepa. Total. Me dijo que a ella le pasaba lo mismo y que fue a que le hicieran acupuntura y se quedó embarazada de Erika. Y que luego cuando lo intentó por segunda vez, fue a que le hicieran acupuntura y se quedó embarazada de Joan. Total. Que el chino me ha hecho una anamnesis así por encima, preguntándome si mis reglas eran dolorosas, abundantes y si tenía coágulos.
—¿Coágulos?
—Sí. De sangre.
—¿Tú tienes coágulos?
—Sí.
—Qué asco.
El bientratador dejó los cubiertos sobre la mesa.

—Total, que luego me ha dicho que me tome la temperatura todos los días y haga un registro para ver si mi ovario funciona bien, según si me sube o no la temperatura durante la ovulación. Pero yo no voy a hacer ningún registro. Luego me ha tumbado en una camilla y me ha puesto agujas en las manos, en las piernas y en los pies. Me he relajado muchísimo nada más ponerme las agujas. Al cabo de media hora ha venido a quitarme las agujas y me ha dicho que me quería hacer crujir los huesos para rectificar la postura de la espalda, que digo yo qué tendrán que ver los huesos con el embarazo. Pero le he dicho que no, que como probablemente tenga un fallo ovárico precoz no vaya a ser que mis dolores de espalda se deban una osteoporosis galopante. Luego me ha querido dar unas hierbas para que las beba en casa y me ha dicho que en la cultura oriental la parte de las hierbas que se bebe son las raíces, y que por ese motivo están muy malas. Que les ponga un poquito de miel. Entonces yo le he dicho que no me iba a beber esas hierbas si están tan malas y él me ha dicho que si no me las bebo tardaré más tiempo en quedarme embarazada. Luego me ha dicho que me haga un masaje de útero así, pasando la mano por el vientre de manera circular hasta veinticuatro veces al día. Pero yo le he dicho que lo veía una tontería y que si no podría solo hacerme la acupuntura.

El bientratador miraba la televisión mientras recogía los platos de la mesa.

—Luego he ido a ver a Mamen y le he contado, llorando, lo de la antimülleriana. Y que yo no quería ser madre por ovodonación. Y ella me ha dicho que la ovodonación era una buena opción, que a fin de cuentas es tu hijo porque lo pares tú, y que qué más da de quién sean los genes. Que la maternidad es otra cosa. ¡Ella, que no quiere ser madre! Yo le he dicho que para mí no era una opción, y que me daba repelús el pensarlo solo. Que a ver si se equivocaban y me salía un niño de una raza distinta, o algo así. Ella ha dicho que hombre, que eso lo tendrían supercontrolado, lo de la raza. Y que luego lo educaría yo. Que seguro que pesaba más la educación que los genes. Que si había querido tanto a mi gata cómo no iba a querer a un bebé que naciera de dentro de mí.
—¿Y el psicoanalista qué te ha dicho?
—Pues le he contado todo desde el principio y me ha dicho que debo de tener algún tipo de problema con el placer, y que lo que tengo que hacer es follar más, beber buen vino y comer buenos alimentos.
—¿Te ha dicho «follar más»?
—Bueno, imagino que él habrá dicho hacer el amor. En fin, que como no me ha hecho ni caso pues me ha sentado bastante mal y no creo que vuelva. Después de tres años asistiendo a terapia una vez por semana me conoce lo suficientemente bien como para decirme semejantes tonterías. Le dije que iba a pedir cita con un terapeuta cognitivo conductual porque quería un tratamiento que durara tres meses, no tres años.
—¿Y qué te ha contestado?
—Nada, se ha echado a reír y me ha dicho que hacía tiempo que nadie le hacía reír como yo.

El bientratador recogió el plato de Jana un instante después que de ésta hubiera terminado el último bocado.
—Siempre haces lo mismo, no me dejas hacer una sobremesa prologada. En mi casa solemos hablar largamente después de comer. Lo primero que me llamó la atención de ti fue eso, que nada más terminar de comer recogiste la mesa. Yo creo que deberías pedir cita con mi psicoanalista y que te diga por qué tienes ese miedo patológico a hablar. Parece mentira que seas periodista…
—Sí. Iré y le preguntaré por qué estoy contigo. Aunque ya lo sé: estoy contigo por tu dinero.

Jana le lanzó una servilleta a la cabeza.

Jana abrió la puerta despacio y entró en casa. Dejó el bolso en el suelo y miró una fotografía situada en la cómoda del recibidor en la que sostenía en brazos a su sobrina. Luego miró otra en la que aparecía junto al bientratador en un bar de Ruzafa. Olía a lentejas estofadas. Entró en el comedor. Echó un vistazo a las noticias de la televisión. Dio un sorbo al zumo de naranja que había sobre la mesa. Y cogió una aceituna de la ensalada que engulló con rapidez.
—¿Ya estás aquí? ¡No toques la ensalada! En tu familia tenéis la costumbre de empezar a comer aunque no estén todos sentados a la mesa.

Jana le dio un beso en la mejilla. Entró en el cuarto de baño y se lavó las manos. Ese día había visitado una treintena de pacientes en el hospital y se sentía cansada. Tosió un par de veces. Se miró al espejo y sacudió la cabeza a un lado y a otro para hacer oscilar los pendientes que el bientratador le había regalado por Navidad.
Cuando se sentó a la mesa las lentejas ya estaban esperándola.
—La dietista dijo que no pusiéramos chorizo, ¿eh?
—Me ofendes con tus dudas, ¿ves chorizo en alguna parte? Por cierto, esta noche tengo que entrevistar a un tipo que vive en el Carmen, no llegaré muy tarde.
—¿Entonces no te hago la cena? ¿Cenarás con él?
—No me hagas la cena. Cenaré con Alberto.
—Vale.

Terminaron de comer y el bientratador se preparó un café y se sentó en el sofá a leer Valencia Plaza en el iPad. Le quedaban treinta minutos antes de regresar al periódico. Jana comenzó a recoger la mesa. Desde la cocina oyó que el bientratador preguntaba:
—Por cierto, ¿no era hoy la cita con la ginecóloga? ¿Qué te ha dicho?

Jana dejó el plato que estaba enjuagando en el fregadero. Se detuvo un instante. Luego se secó las manos con un trapo ennegrecido y salió al comedor. Comenzó a doblar el mantel.
—Nada. Que todo bien.
—¿Todo bien? ¿Y la antimülleriana?
—Pues el último análisis ha salido algo mejor.
—¿Y el recuento de óvulos? ¿Y tus ovarios perezosos?
—¡Ya te lo he dicho! Todo bien. A ver si esta tarde pongo una lavadora. El trapo amarillo está que da asquito.

El bientratador dejó la tableta sobre la mesa. Entró al cuarto de baño y se lavó los dientes.
Salió y se puso la chaqueta de cuero marrón. Se acercó a Jana.
—Y yo a ver si me suben el sueldo y te dejo por otra más joven.

Le dio un beso en los labios y se marchó.
Olía a mentol.
Una vez a solas, Jana rompió a llorar.

Fin

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