El Bientratador. Parte I

—Tengo la antimülleriana por los suelos.
—¿La qué?
—La antimülleriana. ¿No me has oído?
El bientratador continuó, imperturbable, leyendo Valencia Plaza en el iPad.
—La antimülleriana es una hormona que indica la edad de tus ovarios, en este caso de los míos. Parece ser que tengo las entrañas de una vieja de 45 años.
Jana permanecía de pie con las manos contraídas en sendos puños. Había adquirido la costumbre de esconder las uñas de ese modo hasta clavarlas en la carne. Y es que los hilitos de suciedad que quedaban atrapados en el pulpejo de los dedos le resultaban demasiado bochornosos como para que pudieran verlos los demás. Por su condición de oftalmóloga, no le estaba permitido pintarse las uñas ya que operaba una vez a la semana y el esmalte no era considerado apto para la esterilidad que se requería en un quirófano.
—Estéril. Que a lo mejor soy estéril. Si te quieres ir con otra lo entenderé.

El bientratador no apartó la vista de la pantalla. Al cabo, dejó la tableta sobre la mesa y respiró hondo.
—¿Qué teníamos hoy para comer? Creo que eran filetes de ternera con habas. ¿Te has acordado de comprar café?
—Consumimos un paquete de café a la semana. Yo creo que soy estéril por culpa del café. El otro día leí en internet que el café podía impedir la implantación del embrión en el endometrio. Claro que, según la antimülleriana, mis óvulos son unos inútiles…

El bientratador se levantó del sofá. Se acercó a Jana para besarla en los labios pero ésta apartó su boca y le ofreció la mejilla.
—Voy a preparar la comida. ¿Quieres zumo de naranja?

El bientratador entró en la cocina. Cogió una sartén del armario. La puso sobre los fogones y la cubrió con una fina capa de aceite. Después sacó un paquete de habas del congelador. Lo abrió y vertió su contenido en la olla a presión que previamente había llenado de agua. La cerró y encendió el fuego. Cogió un puñado de naranjas y comenzó a cortarlas por la mitad. Jana le siguió y se quedó en el dintel de la puerta.
—He leído en internet que con mis valores de antimülleriana es probable que solo me quede la ovodonación como única opción. ¿Sabes lo que es eso?

El bientratador dejó el cuchillo que estaba utilizando y comenzó a buscar otro.
—Consiste en que me metan dentro un óvulo de donante. El óvulo de otra mujer. Que a saber qué vida ha llevado esa otra mujer. Y cómo será esa otra mujer. Yo no quiero un bebé que no lleve mis genes. Yo no quiero construir un Frankenstein. ¿Me entiendes? Es todo demasiado artificial. A lo mejor el destino ha preparado otros planes para mí. A lo mejor el destino no quiere que yo sea madre. Igual quiere que sea una intelectual. Mira Virginia Woolf. Nunca tuvo hijos. Tuvo libros.
—Tenemos que llevar los cuchillos a afilar. A ver si esta tarde te acuerdas. No hay ninguno que funcione.
—Sí. El negro pequeñito de Arcos es el que mejor corta. Que le digan a una mujer que no puede tener hijos es probablemente la mayor paradoja de todas. ¿No querías ser una mujer emancipada? Pues toma. Ahora además serás una mujer que deberá crear algo por sí misma, porque genes, lo que son genes, no vas a legar ninguno a la Humanidad. Deberás demostrar que tu vida sola tiene sentido y que ese sentido no se va a expresar a partir de crear a otro ser humano. Lo que siempre se ha llamado el «milagro procreador». ¿No decías que no creías en los milagros? Pues efectivamente, el «milagro procreador» no se va a hacer efectivo en ti. Siempre tan escéptica, tan crítica. ¡Este es tu castigo!

Jana se fue despacio al comedor y se sentó en el sofá. Tenía la mirada fija en la televisión. Al cabo oyó el motor de la exprimidora eléctrica.
—Y por otra parte hay mujeres que tienen hijos a mansalva. Una vez leí en internet que una mujer en Alemania había matado a ocho bebés recién nacidos y los había enterrado en el jardín de su casa porque no quería tener más hijos. Ella ya tenía dos hijos y la tía va y seguía pariendo y los mataba. En Alemania parece que hay varios casos así.

El motor de la exprimidora eléctrica se detuvo para reiniciarse poco después.
—Tendrás que regalarme uno de esos muñecos que parecen bebés de verdad, esos que se compran las mujeres que han perdido a sus hijos para superar el duelo.

La olla a presión comenzó a pitar y el bientratador bajó el fuego.
—Calcula ocho minutos.

Jana programó ocho minutos en el temporizador de su iPhone.
—¿Sabes lo que me ha contestado Lola la psiquiatra cuando le he escrito esta mañana por WhatsApp que tenía la antimülleriana por los suelos? Que si me sentía «yerma». ¿Sabes? No me ha hecho ninguna gracia. Sin embargo mi hermana Agustina sí se ha mostrado más compasiva. ¡Hombre! Hay que tener un poco de empatía.

El bientratador colocó dos filetes de ternera en la sartén cuando el aceite estuvo humeante. El agua de la carne comenzó a chisporrotear al contacto con el calor.
—También he escrito a mi amiga la ginecóloga para preguntarle pero aún no me ha respondido. Claro. Imagino que no sabrá qué decirme. Es como si a mí me consultaran por una enfermedad chunga de los ojos. Me tomaría mi tiempo en buscar las palabras adecuadas.

El bientratador salió de la cocina y se sentó en el sofá junto a Jana.
—¿Qué haces? ¿Por qué vienes aquí a molestarme? ¡Vete!

El bientratador la miró con fingida sorpresa y lanzó una carcajada. Regresó a la cocina y salió con un mantel y dos servilletas que puso en la mesa. Después colocó los vasos con el zumo de naranja, los cubiertos y un bol de ensalada en el centro. El iPhone emitió una alarma nerviosa.
—Ya han pasado ocho minutos.

El bientratador apagó la olla a presión y abrió la válvula.
—Siempre he creído que las comidas hechas con olla a presión eran comidas que se aprendían a cocinar para los hijos. Solo las madres las preparan. Ese sonido del vapor saliendo por la válvula es el sonido de la hora de comer de mi infancia. Me apena pensar que nunca podré preparar una comida así a mis hijos.

El bientratador sacó las habas de la olla, las enjuagó y las puso en sendos platos, junto a los filetes de ternera. Después las roció con un chorro de aceite de oliva y salió de la cocina.
—¡A comer!

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