Misterios anatómicos I: mi barriga y yo

Yo siempre he sido tripuda. Desde bien pequeñita, aun teniendo los brazos y piernas como alambres, el abdomen aparecía abombado en las fotos por una postura incorrecta de «espalda hacia detrás» muy típica de las embarazadas.

Todas mis hermanas tenemos tripa. Nos viene de familia.

Como siempre he dicho, a partir de los 30 años mi metabolismo se ralentizó y los kilos que ganaba en verano no desaparecían con la actividad diaria del otoño. Y así, se iban acumulando año tras año. En 2013 alcancé mi grado de gordura máximo, y tengo fotos que lo atestiguan. Recuerdo haber ido a Suiza a visitar a mi amiga Raquel y su padre, un malagueño muy simpático, haber exclamado: «¡Pero si te has puesto gorda!».
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Pre-juicios de pre-madre

El embarazo me llena la cabeza de prejuicios, aunque probablemente ya estuvieran ahí y las hormonas no hagan más que sacarlos a relucir.

En las lecturas de mis habituales madrugones de embarazada, me encuentro con varias noticias que me hacen reflexionar.

Noticia 1: Adiós papá, adiós mamá

Esta noticia me ha puesto los pelos de punta. A cuatro meses de convertirme en madre y por tanto, en «persona imprescindible para alguien», me he vuelto muy consciente de los comentarios condescendientes que se hacen a los padres cuando éstos comienzan a ser mayores. Y esa condescendencia me entristece.

A mí la vejez siempre me ha irritado. Debido a mi naturaleza nerviosa e impaciente, la ralentización que se da en la vejez en todas las esferas (deambulación, articulación de la palabra, audición) me exaspera. Debo controlarme cuando visito pacientes en la consulta y los ancianos, que suponen más del 60% de mi asistencia diaria habitual, me hacen repetirles las cosas veinte veces, y yo debo reducir la velocidad de mi verbo y vocalizar y alzar la voz. Tres cosas que se me dan realmente mal. A veces, cuando la falta de tiempo me impide bajar mi ritmo, me dirijo directamente a los familiares, quienes muchas veces parecen indiferentes a lo que les pueda suceder a su padre o a su madre. Sé que es una falta de respeto hacerlo si el paciente es el anciano, y me marcho a casa agotada por la culpabilidad.
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El deporte durante el embarazo

Parece ser cierto el mito de que «el segundo trimestre de embarazo es el mejor».

Una vez mi compañera ginecóloga, el día 9 de marzo, revisó mi placenta con una ecografía transvaginal y me dijo que estaba situada perfectamente, muy alejada del orificio cervical interno (OCI), por lo que había dejado de ser «placenta previa marginal», y una vez que en la ecografía morfológica que tuvo lugar el martes 13 de marzo la ginecóloga de la Seguridad Social volvió a confirmarlo, amén de obtener unos resultados excelentes en todos los parámetros estudiados y constatar que mi bebé es un gordito cuyo abdomen y diámetro biparietal corresponden a un feto de 22 semanas (y no de 20, como debería), ya he eliminado la losa de «estar de baja» de mi imaginario: a partir de entonces he empezado a ser una embarazada de baja que pasea y se va por ahí.
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El Diario de Mi Embarazo

El sábado por la mañana, antes de disponerme a devolver la ropa que había comprado por internet en Mango y Bimba & Lola (no tengo remedio, vivo a cinco minutos de las calles de comercios y sigo comprando por internet cosas que finalmente devuelvo), Novio me regaló esto:

No puedo dormir. Desde que el viernes día 23 de febrero me dieron la baja por «placenta previa marginal» (la segunda baja de mi embarazo) me sigo despertando como un resorte a las 6.30, hora a la que me suelo despertar cuando voy a trabajar. Entonces dispongo de mucho tiempo libre.

El Diario de Mi Embarazo está genial. La primera página ya me recordó lo mucho que me había costado llegar hasta aquí, pero siempre en un tono refrescante propio de la tienda donde Novio lo compró, «Gnomo»:


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¡Niño, más que niño!

Creo que en mi imaginario de embarazada solo existía la posibilidad de que el feto fuera una niña.

Cuando mi doctora del IVI me propuso realizar DGP a los embriones que habíamos obtenido en el ciclo de ovodonación estuve dudando seriamente: por un lado me tranquilizaba pensar que el embrión que me transfirieran fuera genéticamente sano. Por otro lado me daba miedo que lo manipularan al extirparle células y analizarlas, y al vitrificarlo y desvitrificarlo antes del transfer. Por este último motivo decidimos que no haríamos DGP.

Sin embargo después pensé que con el DGP habríamos sabido el sexo de los embriones y qué fácil hubiera sido elegir uno femenino.

(Luego he sabido por el foro de Ovonenas 2014 que no es posible seleccionar el sexo del embrión que uno quiera).


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