Inconsciencia de embarazada

Sabía que esto iba a suceder. Algo que por otra parte es tranquilizador. Ya no pienso en el feto. Ya no me obsesiona la idea de quedarme embarazada y ni siquiera la del embarazo. Entra en mi naturaleza perezosa.

He pasado de la fase de la infertilidad a la de la fertilidad y por tanto, a la de la normalidad.

En muchas otras facetas de mi vida he actuado de igual modo, es decir, sin alardear.

A mi alrededor mucha gente ya ha sido madre, por lo que el embarazo no les resulta ninguna novedad digna de ser recordada. Salvo las escritoras de blogs sobre maternidad que persisten en sus descripciones del puerperio, de la lactancia, de su segunda maternidad y demás, el resto no encuentra interesante el embarazo. O quizás sea una proyección de lo que yo opino al respecto.

En mi caso la infertilidad fue un desgaste porque hube de salir de mi pereza habitual para entregarme con todas las ganas al proyecto de ser madre. Pero de no haber tenido una baja reserva ovárica las cosas hubieran sucedido de manera muy diferente: me hubiera quedado embarazada un día cualquiera, casi sin enterarme. Habría bebido alcohol las semanas en que hubiera desconocido mi estado. No hubiera tomado ácido fólico, ni tal vez hubiera pedido visita con la matrona, ese intermediario entre el embarazo y el ginecólogo que solicita la análitica general, el triple screening y la curva de la glucosa.
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No me visualizo haciéndome un pipitest

Ese miércoles día 15 de noviembre, en mi segunda semana de betaespera y a dos días de realizarme la beta en sangre, lloré mucho. Por la tarde me invadió una suerte de parálisis cerebral de betaesperante. Sentada en el sofá y leyendo síntomas en internet de manera ininterrumpida, llegué a la conclusión de que no tenía un plan.

A la búsqueda de algún tipo de plan
La determinación de la BHCG tendría lugar el viernes 17 de noviembre. Lo más sencillo era sacarme sangre en el hospital a primera hora y, entre paciente y paciente, ir mirando el ordenador hasta obtener el resultado. Pero mi consulta de los viernes requiere de una concentración que una betaesperante el día de la beta no podía ofrecer. Y los pacientes no tenían la culpa de mis problemas reproductivos. Además ese día tenía consulta de niños. La oftalmología pediátrica es una subespecialidad en sí misma que requiere tanta inteligencia (de la emocional y de la otra, la del CI) que una betaesperante el día de la beta no puede ofrecer. Las betaesperantes aparcan toda otra capacidad que no sea el miedo o el instinto. Llevan a cabo una aparente vida normal guiadas por una especie de automatismo. Pero sus capacidades están centradas en su ombligo, que en ese caso es su útero.
Se da la paradoja de que una betaesperante está y no está embarazada al mismo tiempo. Ambas situaciones tienen lugar a la vez.
Contrariamente a lo que suelen decir mis compis del foro de ovodonación del IVI, Ovonenas 2014, que después del transfer estás embarazada hasta que no se demuestre lo contrario, yo soy de la opinión de que, en una situación de incertidumbre, se cumplen ambas premisas al mismo tiempo.
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El mal humor como síntoma durante la betaespera

Quedaba, pues, inaugurada la betaespera, o el tiempo de espera hasta la determinación de la llamada BHCG u «hormona del embarazo» en sangre.
Esta determinación estaba programada para el día 17 de noviembre, 11 días después del transfer.
Todas las esperas son duras. Recuerdo haberme realizado la determinación de los anticuerpos del VIH en dos ocasiones, una por una relación pre-sexual con un medio indigente del barrio de El Carmen que tuvo lugar en un portal de madrugada, y otra por el contacto con una aguja en el quirófano que ni siquiera me procuró una herida. En ambas esperas, la ansiedad alcanzó su nivel más elevado. Y creo que, aun en ausencia de situaciones de riesgo, habría alcanzado dicho nivel.

Primera semana
En internet hay múltiples entradas sobre la betaespera, la mayoría procedente de blogs de mujeres infértiles, puesto que en los tratamientos de reproducción asistida no hay lugar para la sorpresa o la improvisación de la naturaleza: todo está predeterminado, desde la ovulación hasta la fecundación, siendo el paso más incierto (¡menos mal que en eso nos asemejamos al resto de mujeres!) el de la implantación.
Una mujer no infértil puede mantener relaciones, placenteras o no, con su pareja, y tener ese cosquilleo en el estómago todos los meses ante la espera de la menstruación. Si esta no llega ¡bingo!, se ha producido el llamado milagro reproductivo, que además le ha salido gratis.
En la infertilidad no existe ese cosquilleo en el estómago de un día de duración a final de mes, sino durante los 10 ó 15 días de betaespera.
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No retrobaré el tall

No retrobaré el tall,
la prístina corol.la
afullejada, exclosa.
Puc veure encara els pètals
d’aquesta flor, brillants,
en una errada forma.
Flor daurada, l’exili
ons romans despullada
de bellesa no el vols!
I seras retornada
als colors que en son ram
de talls amb llum de sol.

Oh instint que apressa lànima

Oh instint que apressa l’ànima
-l’apressa i la revolta-
Vola l’ànima apressonada
entre llavis greus, fulgorosos
de l’instint que mai besara.
I jo tremole, aniquilada
per de sobte tres pulsions
que assolen mà, cap i prestància.
Que alleugeren la flonja vida
que, lleugera, ningún no en vol.