¡Niño, más que niño!

Creo que en mi imaginario de embarazada solo existía la posibilidad de que el feto fuera una niña.

Cuando mi doctora del IVI me propuso realizar DGP a los embriones que habíamos obtenido en el ciclo de ovodonación estuve dudando seriamente: por un lado me tranquilizaba pensar que el embrión que me transfirieran fuera genéticamente sano. Por otro lado me daba miedo que lo manipularan al extirparle células y analizarlas, y al vitrificarlo y desvitrificarlo antes del transfer. Por este último motivo decidimos que no haríamos DGP.

Sin embargo después pensé que con el DGP habríamos sabido el sexo de los embriones y qué fácil hubiera sido elegir uno femenino.

(Luego he sabido por el foro de Ovonenas 2014 que no es posible seleccionar el sexo del embrión que uno quiera).


Una mutación genética inesperada: el cromosoma Y
Cuando me dieron de alta en el IVI decidí llevar mi embarazo únicamente por la Seguridad Social.

La primera ecografía tuvo lugar en la semana 12, junto con el triple screening que determina el riesgo de que el bebé sea portador de la trisomía 21 (síndrome de Down), la trisomía 13 (síndrome de Patau) o la trisomía 18 (síndrome de Edwards).

Como mi donante tiene 20 años, el riesgo combinado para las tres trisomías, esto es, el riesgo calculado a partir de las determinaciones analíticas en sangre (la fracción beta de la hormona del embarazo, hCG, y los valores de la proteína placentaria asociada al embarazo, PAPP-A), la medida de la translucencia nucal en la ecografía y la edad de la donante, fue extremadamente bajo.

Por lo tanto recuerdo haber ido a esa ecografía tranquila.

No obstante, se me ocurrió preguntar a la ginecóloga si acaso podría intuir el sexo del bebé tan temprano. Me dijo que era pronto, en efecto, pero en una de las posiciones del feto en que le hizo una ecografía en modo 3D sí profirió en voz alta que tal vez el tubérculo genital que se vislumbraba pudiera ser uno de los dos testículos.
En ese momento pensé que era demasiado pronto para determinar el sexo del bebé. Que me esperaría a la semana 20.

Definitivamente, no quería que el bebé fuera un niño.

Cuando internet dice que el feto es niña
Navegando por internet busqué cualquier indicio de que mi feto fuera una niña.

Leí un artículo muy polémico, el método Ramzi, según el cual y solo a partir de la primera ecografía realizada antes de la semana 12, si la placenta estaba situada a la izquierda, la probabilidad de que se tratara de un feto femenino era muy elevada, y si estaba situada a la derecha, era probable que se tratara de uno masculino. Si la ecografía había sido realizada por vía vaginal, en la imagen se vería exactamente así, pero si se había realizado vía abdominal, se trataría de la imagen especular.

Esta es una de las primeras ecografías que me realizaron por vía vaginal, concretamente en la semana 7+2. Como se puede apreciar, el embrión y por ende, la placenta, se encuentran situados a la izquierda de la imagen.

Este dato me tranquilizó, aunque sabía que no tenía nada de científico.

Después determiné el sexo del bebé según la tabla maya y la tabla china. El problema era que al tratarse de un proceso de ovodonación no sabía qué rellenar en la casilla que preguntaba “¿cuándo concebiste al bebé?”. Decidí poner el día 6 de noviembre que fue el día de mi transfer.

En ambas tablas el resultado fue un feto de sexo masculino.

El desempate
Según el método Ramzi tendría un bebé chica, y según las tablas maya y china, un bebé chico. ¿Cómo tranquilizar a mi espíritu con un desempate? Con los síntomas.

En internet había leído que existían determinados síntomas que orientaban hacia un feto femenino y que yo, sin duda, presentaba, a saber:
– Náuseas y vómitos.
– Espinillas.
– Pelo y piel radiantes.
– Deseo de comer cosas dulces.
– Ausencia de vello facial.
– Crecimiento lento del vello corporal.
– Cara redondeada y facciones engrosadas (en mi caso, nariz y labios).

Pero había otros que hacían presagiar un feto masculino:
– Predominio de las náuseas por la tarde-noche (en mi caso fueron durante todo el día desde la semana 5, pero a partir de la semana 7 eran de un acusado predominio vespertino).
– Tener los pies fríos.
– Estar guapa durante el embarazo.

Me resisto a creer que el feto sea niño
Novio estaba la mar de ilusionado con el embarazo, aunque con el embarazo de un feto femenino. Le hablaba a mi barriga más que yo, dirigiéndose a ella con el nombre de Sofía, y la acariciaba y la besaba todas las noches.

Yo de momento me mantenía (y me mantengo) algo distante: mi embarazo y yo permanecemos todavía un poco disociados.

Intrigada por cómo debía dirigirme al feto, si en términos masculinos o femeninos (aunque la idea de un bebé siempre me remite a algo esencialmente femenino por la ternura que despierta en mí lo femenino, como cuando mi gata tuvo dos cachorros y estuve creyendo que eran hembras hasta el día que se lamieron su pequeño pene y quedé horrorizada), decidí pasar por el servicio de obstetricia de mi hospital. Lo hice manifestando una falsa preocupación por que el feto estuviera bien, ya que la última ecografía había tenido lugar hacía ya 4 semanas.

Las jóvenes doctoras me atendieron con premura. Miraron cada una de las partes del feto explicándome que todo lo que veían era correcto. Disimuladamente pregunté si podía saberse el sexo del bebé.

Ellas lo tenían claro. Era un niño.

Negación
Dicen que cuando la muerte de uno mismo es anunciada se atraviesan diferentes fases, empezando por la negación hasta alcanzar la aceptación.

Cuando me dijeron que el feto era un niño se lo comuniqué a mis hermanas y a mis padres. Una de ellas deseaba que el feto fuera femenino, por lo que me consoló con las clásicas palabras que emplea mucha gente al saber que una va a tener un niño: «Lo importante es que el bebé venga sano».
Mi padre no obstante me escribió un escueto y elocuente mensaje: «¡Aleluya!»

Pero cuando le dije a Novio que ya sabía el sexo del bebé, él no quiso saberlo. Le sentó mal que lo hubiera averiguado en su ausencia. Aunque lo que realmente le dolía era la sospecha de que fuese un niño. Así, siguió dirigiéndose a mi barriga con el nombre de Sofía.

En un acto desesperado de negación envié la ecografía de los genitales del bebé a un ginecólogo amigo de mi hermana. En la ecografía no se podía determinar si el grano de café que se veía se trataba de los testículos o de los labios mayores. El auguró que era un feto femenino.
Todavía había esperanza.

La ecografía definitiva
Finalmente, el sábado 17 de febrero y estando de 17+3, Novio y yo acudimos juntos al hospital en el que trabaja una amiga ginecóloga con el pretexto de que la última ecografía había tenido lugar hacía ya dos semanas. Mi amiga realizó la ecografía con diligencia y nos tranquilizó al decir que estaba todo bien.

El residente de cuarto año de aires intrínsecamente femeninos se estaba especializando en la técnica ecográfica. Así que participó también de la misma.
Cuando le pregunté dismuladamente por el sexo del bebé él exclamó: «¿Qué os hace más ilusión?»
Novio y yo respondimos casi al unísono: «¡Niña!»
El residente de aspecto desgarbado bajó la cabeza y dijo: «¡Vaya! Pues me temo que no os vais a alegrar».

¿Aceptación?
Ya han pasado casi dos semanas desde aquella tarde en que nos confirmaron que portamos un feto de sexo masculino.
Y a mí aún me cuesta aceptarlo.

Es duro pero Novio ya no se dirige a mi barriga de ninguna manera, y tampoco la besa ya.

Y yo creo que tengo lo que se denomina androfobia. En mis relaciones con hombres la mayoría han acabado dejándome, siendo especialmente dolorosas las rupturas con la tríada T-P-P
Además estoy muy sensibilizada con la violencia de género.
Y habitualmente pienso que todos los males del mundo se deben a un exceso de testosterona.
No obstante el ejemplo paterno que he tenido ha sido el de una figura cuidadora y en muchos aspectos, muy feminizada, por lo que no debería asustarme la masculinidad de mi futuro hijo.

Pero es así: me asusta. Y mucho.

Tal vez con un feto femenino me hubiera fusionado demasiado y habría sufrido, queriendo ver en él cosas mías que no tendrían por qué tener lugar y que no hubieran acarreado más que frustración, idea a la que ha contribuido el libro que regalé a mi amiga Berta la psiquiatra y que leo yo ahora, ¿Eres mi madre?.

Tal vez una relación madre-hijo saludable solo pueda tener lugar, en mi caso, con un feto masculino.

¡Tal vez!

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