Miedos de madre

Nunca me he tenido como alguien superseguro de sí mismo, y estas inseguridades están aflorando ahora durante la maternidad. Era de esperar, por lo que trato de torearlas como puedo.

1. Crianza en tribu
Me encanta esa expresión. Me recuerda a algo muy atávico, como de la época de las cavernas. Criar en tribu con la ayuda de otras personas es un placer. Y no hay más. Ahora que Bebé tiene 8 meses y se muestra muy activo como una bomba de relojería, pues es todo movimiento de brazos y piernas, de su tronco hacia adelante con una rodilla flexionada hacia adetrás y las manitas apoyadas en el suelo, a punto de arrancarse a gatear, necesito más a la tribu que nunca. Se diría que toda esa energía que no utiliza en el gateo o andando la condensa en su inmovilidad de bebé, así que este niño nunca ha sido especialmente tranquilo que digamos.


Me han reducido la jornada laboral a media jornada, pues yo estaba haciendo la sustitución de una compañera que se encontraba de excedencia por cuidado de hijos y ya se ha incorporado. Su otra media seré yo. Eso me permite tener dos mañanas y media a la semana libres para estar con Bebé.

Al principio me supuso mucho estrés el pensar en volver a una especie de baja maternal, pues a partir del tercer mes de la mía yo ya estaba deseando trabajar, de hecho me incorporé cuando Bebé tenía cuatro meses. Yo era feliz con mi horario de ocho a tres y tener toda la tarde para estar con mi hijo. Es decir: no necesito las mañanas para estar con él como mucha gente se empeña en creer al hablarles de una jornada reducida, como si la hubiera elegido yo.

Sé que estos meses de Bebé no volverán. Sé que debido a la infertilidad la posibilidad de un nuevo embarazo pasa por nuevas transferencias con toda la incertidumbre que eso supone.

Pero yo era feliz trabajando por las mañanas.

Finalmente, he decido mantener a la cuidadora dos horas al día los días que estoy en casa.

¿Por qué? Por inseguridades de madre. Me gusta oírla abrir la puerta con la llave, saber que ha llegado, que me va a ayudar durante la mañana a ordenar y limpiar la casa, a fregar y cocinar, a cambiar al bebé de ropa y de pañales.

Al principio pensé que no la necesitaría. Es más, que el hacerlo sería un capricho burgués, como una joven adinerada que precisa de una niñera para no alterar el esmalte de sus uñas.

Pero no es eso, no es una necesidad baladí: ahora que Bebé está entrando en una nueva etapa de mayor movilidad me tranquiliza que haya alguien conmigo por las mañanas. Yo aún estoy en pijama mientras ella lo cambia de ropa, le pone colonia, lo peina. A veces hasta salimos a pasearlo juntas.

¿Sería capaz de hacerlo todo yo sola, Bebé más casa más comida, todos los días que no trabajo? Pues sí, porque así lo hice los primeros días en que cambió mi contrato. Pero la ansiedad me corroía y he decidido tomar medidas al respecto.

Hoy mañanas en las que también viene mi madre o mi padre, y es tan gratificante que haya otra persona que coja al niño, que lo ponga bocarriba cuando se queda atascado en sus intentos infructuosos de gateo. Alguien que me releve al bracito, porque si hay algo que le gusta a este niño es el bracito. En definitiva, ayuda para criarlo. He sido sincera conmigo misma y he llegado a la conclusión de que necesito ayuda para cuidarlo.

2. Crianza con otras madres.
¿Y por las tardes? Pues por las tardes Bebé suele hacer la siesta de tres a cuatro y media. Después le cambio los pañales y jugamos en la alfombra (que ya he sustituido por el puzzle gigante de gomaespuma) o bien tiro de otras mamás que conocí en el taller de lactancia. ¡Y cómo me sirve quedar con ellas!

Como madre primeriza me sabe mal a veces hasta meterlo en el carro y pasear. Porque protesta. Entonces decidí cambiar el sentido de la sillita, hacia adelante, de modo que se entretenga. Y ya no protesta tanto. Cuando quedo con otras madres sus hijos permanecen tranquilos y circunspectos sentados en sus sillitas, sin replicar, mirando el paisaje, sin inmutarse.

Bebé mueve sus bracitos arriba y abajo. Me mira queriendo una expresión de mi parte que le haga entender que le he visto. Quiere interacción constante este niño. Se entretiene con el paisaje a veces, pero las más con las personas (afortunadamente ya nos conocen en el barrio y le dicen cosas cariñosas constantemente).

Se entretiene con los perros, con las palomas. Con un mordedor cuando ya no quiere nada más. Y las más de las veces me he tenido que ir a casa mientras las otras madres pueden seguir hablando tranquilamente porque sus bebés, me da la sensación, no las reclaman con la ansiedad con la que lo hace mi hijo.

Con otras madres hablo de hitos del desarrollo: si sus bebés ya se sientan, si les han salido dientes, si han tenido las primeras fiebres, si van a la guardería y les gusta, si duermen o no del tirón, si aún maman. Hablamos de lactancia materna, de Apiretales y ropa de oferta. De quién cuida más al bebé, si mamá o papá. De cómo nos organizamos con el trabajo y la crianza. Nos desahogamos. Y se empieza a forjar algo que me atrevería a llamar amistad concretamente con dos de ellas a las que empiezo a apreciar de verdad. Vivimos al lado y las tardes se hacen muy entretenidas con ellas.

Todo pasa
Me dicen que esta losa que siento en el pecho desde que Bebé nació se atenúa con el paso del tiempo. Que conforme crecen y caminan los vemos menos frágiles y una ya deja de pensar que Bebé se va a morir sin la madre. Pero de momento la siento. La ansiedad me corroe y esto va a más ahora que Bebé está entrando en una fase de gran movilidad.

Admiro a esas madres que pasean chulas ellas, guapérrimas con sus labios carmín y sus peinados a la moda con toda la seguridad pintada en la cara. ¡Tal vez la procesión vaya por dentro y estén tan asustadas como yo!

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