Habitación 711: Mi postparto hospitalario

[A mi mamá]

Mi postparto hospitalario duró desde el domingo 29 de julio hasta el miércoles 1 de agosto. En total fueron tres días.

Mi postparto no hospitalario ya ha terminado si nos ceñimos a la cuarentena propiamente dicha.
Los sangrados han disminuido bastante.
Y todavía no camino completamente erguida debido a la sensibilidad que poseo en la zona de la cicatriz de la cesárea.

Me ha costado mucho escribir esta entrada por lo emocionantes que fueron esos primeros momentos como madre. Si sé de algún parto cercano me sigo emocionando y se me saltan las lagrimitas recordando el mío.

¡Mamaaaa!

Debe de haber algo atávico en lo que representa la figura materna en nuestro imaginario en el momento de parir. Mi idea había sido que Marido se quedara en el hospital atendiendo al bebé conmigo por las noches, mientras yo fuera, a su vez, atendida.

Tras doce horas de dilatación sin comer ni beber apenas y sentada en la misma posición estaba exhausta. Y así llegué a la cesárea. Hubo un gran momento de ansiedad antes de conocer al pequeñín, ansiedad que reflejaba el bajón físico en el que me encontraba. Y al salir del quirófano no me dejaron pautada una bomba epidural, es decir, medicación que yo pudiera ir administrándome a un click del pulgar según el grado de dolor.

Literalmente no llevaba medicación alguna.

Recuerdo un dolor espantoso en la zona de la cicatriz, y mucha sed. Cuando Marido me enseñó al bebé pensé que no podría cuidar de él de lo débil que me sentía.

Sentir que te llevan en una camilla no es agradable. Una está a merced de los fuertes brazos del celador siendo tu voluntad abolida por completo. Nota todos los accidentes del terreno por el que se deslizan las cuatro ruedas y solo puede ver los tubos fluorescentes del techo.

Es mi segunda experiencia en camilla y no es agradable.

Al salir del quirófano estaba toda mi numerosa familia y mi suegra en la sala de espera. Recuerdo la cara de Hermana Mayor al ver a Bebé (en algún momento alguien debió de ponerlo junto a mí, envuelto en unas mantas desgastadas con el logotipo del hospital, y recuerdo su labio superior de dinosaurio en tensión por las ganas que tenía de mamar) y exclamar lo precioso que era.

Y yo recuerdo que la angustia me inundaba y solo había una idea que me traía un poco de paz: mi madre.

Al salir del quirófano, lo primero que exclamé fue: ¡Mamá, por favor, quédate conmigo, no me dejes! Y así fue como se decidió quién sería la persona que me cuidaría.

¡Lo siento, Marido mío!

Habitación 711

La sala de maternidad del Hospital Doctor Peset es de nueva construcción. Las habitaciones son individuales y hay un sofá donde el acompañante puede dormir. También hay baño propio de esos de suelo de linóleo que, siguiéndolo con la mirada, se transforma en el plato de ducha, así, sin solución de continuidad, sin cortinas ni ningún obstáculo para que la madre reciente no deba hacer esfuerzos.

Todas las puertas tienen ilustraciones de El Principito.

La mía era la 711

Al llegar a la habitación Bebé seguía pegado a mí para mantener el piel con piel. Y yo solo pensaba en beber, y gemía: ¡Me duele mucho!
Marido trató de poner orden, pues estaban mis padres, mis tres hermanas con sus parejas y mi suegra, y la excitación era palpable. Marido gritaba que se fueran, sin sutilezas, pero nadie parecía escucharle, salvo mi suegra, que se marchó diciendo que al día siguiente pasaría la tarde entera allí.

Algo hay tras un parto que despierta un fuerte instinto cuidador en la gente cuidadora, como mis padres, ambos, y mi suegra, pues no me dejaron sola ni un minuto durante esos tres días.

Por alguna extraña razón y hasta que no fuera capaz de mover las piernas, no me estaba permitido beber agua. Y realmente aquello comenzaba a parecerse a una tortura. Quería gritarles a esos imbéciles (me parecía un imbécil cualquiera de los que allí estaba que no me proporcionara agua) que me estaba muriendo de sed, que qué manera de torturarme, pedazo de sádicos. Cada vez que veía a alguien enfundado en un pijama verde o blanco, ya fuera celador o auxiliar de enfermería, les pedía agua. Pero me la negaban todas las veces.

Recuerdo pedir a Hermana Menor que hiciera relajación conmigo para ver si lograba atenuar la sed y el dolor infernales. Yo trataba de pensar que con el poder de la mente lo conseguiría.

Nadie se ocupaba de mí porque tenían al niño que cabalgaba de brazo en brazo y todos lo adoraban. Entonces Hermana Mayor exclamó que la proximidad de la madre al recién nacido hacía atenuar sensaciones desagradables como dolor o sed, y así fue: lo colocó de nuevo junto a mí y el dolor fue algo menos intenso.

Finalmente Hermana Mayor me dio agua de una botella de plástico y la bebí de perfil, tumbada totalmente boca arriba, y bebí más y más, y nada horrible sucedió pese a tener aún el efecto de la anestesia epidural: no se abrieron los suelos ni descendí a los infiernos.

Aquello me dio la vida.

Después una enfermera me proporcionó un analgésico (Enantyum) y el dolor se mitigó bastante.

Bien, ya estaba lista para enfrentarme a la cosa esa de la maternidad.

Día 30 de julio

La noche del día 29, tras el parto y cuando todo el mundo se hubo marchado, cené sobre la una de la madrugada con apetito voraz todo lo que me trajeron. Bebé permanecía junto a mí envuelto en unas mantas y él mamaba y yo casi no era consciente de ello. Había una minicuna a mi lado de esas con ruedas y muy altas para no desriñonarse al dejar al crío. Pero aquella noche no la usamos. Yo estaba sondada de modo que no tenía que ir al lavabo. Y bebé mamaba de vez en cuando.

Dicen que hay un primer período de gran energía en el bebé nada más nacer para mamar todo lo que pueda y más, antes de sumergirse en un gran letargo. Pues ese gran letargo llegó aquella madrugada. Bebé dormía mucho. Yo sangraba que daba gusto, hasta coágulos. Llevaba bragas desechables y unas compresas horribles que parecían un puñado de algodón puesto en las bragas de manera desordenada. Creo que aquella noche no me levanté.

Mi madre y yo intentábamos despertar al pequeñín para que se agarrase al pecho, y nos costaba bastante. Estaba profundamente dormido.

Yo me pasé la noche en un duermevela extraño, pero muy tranquila. Hasta la cama tenía un respaldo que subía y bajaba según el capricho mi dedo índice. Eso sí, hacía un ruido como de hierros oxidados que yo pensaba que despertaría al pequeñín.

Aquella noche mi madre se encargó del bebé y yo traté de descansar. En realidad él solo dormía y de vez en cuando me lo ponía al pecho para mamar.

¡Gracias mamá!

A la mañana siguiente ya estaba Marido ahí, conmigo. Y mucha gente. A mí las visitas en el hospital me encantaron.

Entraron la auxiliares de enfermería para cambiarme las sábanas. Aquello parecía un asesinato de la sangre que había. Me quitaron la sonda de la uretra. Más tarde alguien trajo el desayuno, que constaba de leche con sucedáneo de café que estaba muy bueno, y tostadas en un paquetito de plástico que podías untar con una mermelada semilíquida.

Mandé a mi madre a por un desayuno de verdad.

Entró la ginecóloga y me preguntó si sangraba. Me palpó el abdomen para ver a qué altura estaba el útero. Por dios qué dolor. Miró la cicatriz de la cesárea, palpó uno de los puntos que parecía infectado. No, no había infección. Que ya podía (y debía) levantarme a mear, a cagar, a ducharme -sí claro, y qué más—.

Yo seguía con la medicación oral pautada cada 4 horas: Enantyum y Nolotil alternos, además de la analgesia intravenosa que llevaba.

¿Y Bebé? Por extraño que parezca, apenas lo recuerdo, pegado a mi piel en mi pecho, mamando y durmiendo. Y yo recuperándome y pensando: ¿Debería quererlo más? ¿Esto es lo que se siente siendo madre? No, guapa, eso es lo que se siente habiendo sido operada y recuperándote con las hormonas flotando por todas partes y las visitas llegando: dos amigas a las que me hizo muchísima ilusión ver porque no me lo esperaba, mi sobrina de 3 años con ataque de celos incluido, mi hermano y su novia, mi padre (mi madre se fue a casa) y una de mis tías.

Y por la tarde: mi suegra que me trajo mi pastel de chocolate preferido y limonada fría, una amiga de marido con su hijo con nuevo ataque de celos, otros tantos tíos y a última hora de la tarde tres de mis mejores amigas.

Recuerdo ese primer día como en una nube, entre los dolores de la cesárea y estar flipando por el bebé que tenía en la cunita de al lado. Pero al mismo tiempo recuerdo sentirme muy reconfortada por estar tan bien cuidada y por la alegría de toda la gente que vino a verme.

Aquella noche sí la pasé levantándome para coger al bebé para que mamara, subiendo el respaldo de la camilla para ello, y bajándolo cuando ya había terminado, que yo creía que iba a despertarlo el ruido cada vez que volvía a dejarlo en su cuna ya dormido. Mi madre me ayudaba si me notaba torpe, o dolorida. Yo ya podía levantarme para ir al baño con toda la sangre saliendo a borbotones de mis entrañas. Lo recuerdo todo como anestesiada. Y recuerdo los llantos de los otros bebés de la planta séptima, algunos de los cuales parecían inconsolables.

Mi gordito dormía mucho y lloraba poco. Me sentía orgullosa de él, por gordito y por bien-durmiente.

He de decir que todavía no lo sentía del todo mío como sí lo siento ahora. Era un bebé como compartido. Compartido con mi madre, con las pediatras, las enfermeras, las matronas, las auxiliares de enfermería y hasta las chicas de la limpieza.

Era un bebé de todos. Y eso me tranquilizaba.

No recuerdo un cansancio extremo, o una responsabilidad extrema. No, eso aún tardaría en llegar.

[Marido reconoció que, pese a sentirse algo despechado por haber preferido a mi madre junto a mí, pudo dormir bien. Eso sí, cuando se fue aquella noche se dio cuenta de que no llevaba las llaves de casa, por lo que tuvo que llamar a un amigo a la 1 de la madrugada quien le acogió en su sofá y no durmió tan bien como se imaginó en un principio].

Día 31 de julio

Amanecimos sin haber dormido apenas. Mi madre aún permanecía tumbada de espaldas a mí en el sofá cama. Yo daba de mamar al bebé.

En un hospital y probablemente en un monasterio las cosas siguen los tiempos pautados de una manera exquisita, y esa rutina genera tranquilidad: por la mañana venían las auxiliares a cambiarme las sábanas y el camisón; poco después la enfermera a darme la medicación; sobre las 9 me traían el desayuno; después pasaba la matrona a asesorarme sobre la lactancia.

Yo no pensaba demasiado en el bebé puesto que todos me ayudaban a cuidarle. Además, parecía fácil: no lloraba apenas y se quedaba dormido en mi pecho. La verdad es que no estaba demasiado atenta a si mamaba o no.

Aquella mañana me dio la sensación de que no se agarraba demasiado al pecho. Una de las matronas me hizo desvestirlo y ponerlo piel con piel sobre mi pecho. Y el bebé se agarró al pezón enseguida. Esta matrona me transmitió mucha tranquilidad diciéndome que la lactancia era algo superfácil, que no había que preocuparse y que todo lo haría el bebé.

Y desde ese momento, así fue. Y así sigue siendo para mí. Siempre le estaré eternamente agradecida a esta matrona por la manera que tuvo de tranquilizarme y asesorarme con la lactancia materna exclusiva.

Por la mañana hubo más visitas: una amiga que me trajo jamón serrano del bueno, tostadas, tomate triturado y papas para darme un buen festín, tres amigos de marido con sus hijos, y por la tarde como dos guardianes, mi padre y mi suegra, impertérritos en sendos sofás.

He de decir que sí me agobié de tenerlos toda la tarde junto a mí. Parecía que estuvieran vigilándome. Pero se lo agradezco infinitamente: jamás me he sentido tan cuidada ni tan atendida.

Marido también se pasaba el día en la habitación, y creo que estaba flipando tanto como yo, por el bebé, las atenciones recibidas, los consejos de nuestros amigos y demás. Su madre preguntaba a cada rato si habían bañado ya al bebé y se sorprendía cada vez que decíamos que no (no lo bañaron nunca, lo bañamos nosotros en casa). Recuerdo ese maravilloso olor a bebé-recién-parido, olor que no se parece a nada. Olor que a Suegra no debía de parecerle tan maravilloso.

Fue otro día que pasó volando. Ese fue el primer día que me duché como pude, dolorida hasta límites insospechados. También anduve por el pasillo por recomendación médica.

Los pediatras hicieron su visita de rigor y las glucemias al niño por haber nacido demasiado grande, pero por lo visto mamaba bien y lo suficiente como para que no le dieran hipoglucemias.

Cuando veo las fotos de esos días aparezco con cara de cansada y una sonrisa de imbécil pintada en los labios: era feliz por las visitas y por mi bebé. Pero mi bebé y yo siempre acompañadas, eso sí.

Por la noche vino mi madre y pasamos otra bonita velada de atender al niño, respaldo de la camilla arriba y abajo, yo dejando al bebé en su cunita cada vez (no me atrevía a dejarlo junto a mí), yo viendo las estrellas para ir a orinar, yo sangrando infinitamente.

Día 1 de agosto

Aquel día, nuestro último día, se presentó como los precedentes: rutina de cambiar las sábanas y el camisón ensangrentados, medicina y desayuno. Me duché y caminé por el pasillo. Ese día nos daban el alta.

Mi madre recogió la habitación con ayuda de Marido, que siempre era el primero en llegar. Y los pediatras revisaron al bebé en su despacho. Una vez los ginecólogos me revisaron a mí, estábamos listas para irnos.

¡Y qué llanto! Llorábamos las dos por aquellos días tan especiales que nos habían unido más. Por el nacimiento de un querubín que había iluminado nuestras vidas. Por la dulzura de todos y cada uno de los profesionales que nos atendieron. Tanto es así que escribimos una pedazo nota de agradecimiento cada una, en la que yo incluí también a las matronas que me atendieron en el parto y hasta a la anestesista.

Cuando salí a la calle me di cuenta del calor que hacía, pues el aire acondicionado del hospital había atenuado todo indicio de verano. Mi madre llevaba al bebé en brazos porque yo estaba demasiado débil. Marido trajo el coche y ya cuando tratamos de atar al bebé en su sillita empezaron los primeros nervios, las primeras contestaciones por mi parte, las primeras crispaciones. Me sentía juzgada, pero probablemente por mí misma. Estaba acojonada: si no era capaz de atar al bebé en su sillita ¿sería capaz de cuidarle?

Lo conseguí al final entre arneses y arneses. Llegamos a casa y Marido fue a por comida para llevar. Mi madre dijo que se quedaría el tiempo que hiciese falta.

Pero mi verdadera naturaleza independiente/pasota afloró en su máxima expresión y discutí con ella.

Acabó yéndose y yo ni siquiera me despedí.

Yo solo quería decirle: Gracias por todo mamá. Te quiero.

Y sin embargo no le dije nada.

A partir de entonces seríamos Marido, Bebé y yo.

Escribir este post se me ha hecho muy difícil. Pero ya lo he conseguido.

2 opiniones en “Habitación 711: Mi postparto hospitalario”

  1. Hola! Me encanta leer experiencias diferentes a la mía. Yo di a luz en marzo,parto inducido rápido pero instrumentalizado. Dos noches en hospital y no podía imaginar tener a alguien q no fuera mi marido allí. Imposible madre,mi suegra ni nadie. Y menos pensar q el estaría separado del bebé toda la noche.
    Esta claro q cada experiencia es un mundo.
    Y precioso,tu nene

    1. Gracias Victoria, qué curioso. Yo también pensaba que se iba a quedar mi marido, pero no sé por qué al final preferí que se quedara mi madre. Me sentía más segura. Un abrazo y gracias por leerme. Me alegro de que tu parto, aunque inducido, haya sido rápido.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.