El mal humor como síntoma durante la betaespera

Quedaba, pues, inaugurada la betaespera, o el tiempo de espera hasta la determinación de la llamada BHCG u «hormona del embarazo» en sangre.
Esta determinación estaba programada para el día 17 de noviembre, 11 días después del transfer.
Todas las esperas son duras. Recuerdo haberme realizado la determinación de los anticuerpos del VIH en dos ocasiones, una por una relación pre-sexual con un medio indigente del barrio de El Carmen que tuvo lugar en un portal de madrugada, y otra por el contacto con una aguja en el quirófano que ni siquiera me procuró una herida. En ambas esperas, la ansiedad alcanzó su nivel más elevado. Y creo que, aun en ausencia de situaciones de riesgo, habría alcanzado dicho nivel.

Primera semana
En internet hay múltiples entradas sobre la betaespera, la mayoría procedente de blogs de mujeres infértiles, puesto que en los tratamientos de reproducción asistida no hay lugar para la sorpresa o la improvisación de la naturaleza: todo está predeterminado, desde la ovulación hasta la fecundación, siendo el paso más incierto (¡menos mal que en eso nos asemejamos al resto de mujeres!) el de la implantación.
Una mujer no infértil puede mantener relaciones, placenteras o no, con su pareja, y tener ese cosquilleo en el estómago todos los meses ante la espera de la menstruación. Si esta no llega ¡bingo!, se ha producido el llamado milagro reproductivo, que además le ha salido gratis.
En la infertilidad no existe ese cosquilleo en el estómago de un día de duración a final de mes, sino durante los 10 ó 15 días de betaespera.

Una siente rabia ante el hecho de que, ya que hemos asumido que no hay improvisación de la naturaleza ni milagro procreador, ya que todas las fases han sido predeterminadas (y pagadas) y el sexo con nuestra pareja ha dejado de ser divertido o al menos, no posee esa presión de la finalidad o sorpresa reproductiva, una siente rabia de que los impolutos laboratorios del IVI aún no posean la clave para garantizar la implantación el día del transfer. O de que no haya otra determinación más temprana del embarazo que los terribles 10 ó 15 días de betaespera.

En la primera semana no tuve síntomas. Recuerdo haber llorado en la consulta de mi psicoanalista por este motivo al día siguiente del transfer, martes (tengo consulta todos los martes y jueves desde hace 2 años y medio).
Lo mismo me sucedió con mi anterior (y malogrado) embarazo en febrero de este mismo año. La primera semana de betaespera no tuve síntomas y lloré.

No hice reposo. Mantuve el mismo ritmo de trabajo habitual: madrugón a las 6 de la mañana, trayecto de una hora en coche hasta el hospital, visitar pacientes con la premura con que una dependienta pasa el código de barras por la caja registradora de unos grandes almacenes, operar pacientes con la concentración descentrada de una betaesperante. Así durante una semana entera. Solo por las tardes me permitía sumergirme en internet a la búsqueda de las claves sobre un supuesto embarazo.

Segunda semana
¡Bueno! Al fin había llegado la tan ansiada tensión mamaria o dolor de tetas. Mis tetas siempre me han alertado de la menstruación. Su aumento de volumen y sensibilidad los días previos a la menstruación, cuando los niveles de progesterona en el organismo aún son elevados, hacían que supiera cuándo me iba a bajar la regla. Conforme mi reserva ovárica ha ido disminuyendo, también lo ha hecho esa tensión mamaria. De modo que la regla últimamente llegaba «sin avisar». En mi embarazo de febrero de 2017 también hubo tensión mamaria durante la betaespera. En los blogs de infertilidad achacan ese dolor a los efectos secundarios de la progesterona que nos suministramos. Pero yo llevaba con la «proges» desde el día siguiente a la punción de la donante, 2 de noviembre, y las tetas no me habían dolido áun.

De algún modo, sabía que sí había embarazo.

Recuerdo haber cogido el tren para ir a trabajar el miércoles de esa segunda semana, día 15 de noviembre. Delante de mí se sentó un chico que llevaba un tupper con una especie de papilla blanca que comenzó a deglutir con fruición. Recuero la alegría que sentí esa mañana por una sensación hasta entonces no experimentada, ni aun en mi primer emabrazo: las náuseas. Las analicé bien. ¿Sugestión? Yo siempre he detestado que la gente coma en lugares públicos por el ruido que hacen al masticar y al tragar y por el olor que desprende la comida de su boca, y sobre todo odio las texturas líquidas o espesas.

Recuerdo además que ese día tuve un enganchón con un compañero de trabajo. Parece ser este compañero se había quedado obsesionado ante un hecho que tuvo lugar hace dos años, en que le manifesté mi atracción una noche de borrachera. Nunca sucedió nada, pues ambos somos casados y además tampoco era mi intención. Desde entonces he tratado de aumentar la distancia con él, pero su actitud paternalista no ha hecho más que ir in crescendo aun sin yo habérselo pedido. Detesto esa actitud de salvador ante la personita que se manifestó frágil una vez.
En mi betaespera he buscado la soledad, y este compañero no me lo ha permitido. Se acercó a mí de una manera tan abusiva que hube de decirle «detesto el contacto físico». Recuerdo su abrazo nunca solicitado, el olor a perejil de su boca, pues es buen amante de la comida copiosa. Recuerdo su mejilla en mi cara pidiéndome un beso.

¿Cómo osas tocarme?

Quiero reivindicar el mal humor como síntoma de la betaespera.

Sí. En esa segunda semana de betaespera de algún modo sabía que sí estaba embarazada.

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