Independizarme del bebé

No tengo perdón: desde mayo sin escribir un post. Me prometí a mí misma que no dejaría el blog, que sería una manera de ejercitar la mente y los dedos, y sobre todo de recordar los primeros meses de maternidad porque hay ciertas cosas que se me están empezando a olvidar. Por ejemplo, la salida de su primer diente, o cuándo empezó a andar (menos mal que lo escribí en un calendario de esos de pared con espacio para escribir en cada uno de los días).

Pero no podía dejar pasar este nuevo hito en mi vida como madre. ¡He sacado al bebé de nuestra habitación! Y estoy tan contenta que lo repito. ¡He sacado al bebé de nuestra habitación!

Llevaba fantaseando con esta idea desde hacía meses. De hecho en algunos de los post de mayo lo comentaba. No dormir con él, tener mi propio espacio en la cama, poder leer por las noches, o utilizar el baño de nuestra habitación sin temor a despertarle.

Pero el camino no ha sido fácil.

Este bebé tiene frecuentes despertares desde que nació. Yo no he dormido del tirón desde hace trece meses. Solo una noche lo hizo, este verano, hace ya tanto tiempo. Lo bueno es que a pesar de despertarse vuelve a dormirse enseguida una vez le doy pecho. A veces ni siquiera le doy pecho y basta con acariciarle la espalda para que se quede de nuevo dormido.

Estábamos desesperados. Leí algo del método Estivill y en mi angustia dejé al bebé llorar (bueno, protestar, llorar nunca hubiera sido capaz de dejarlo) durante diez largos minutos (es decir, no apliqué el método de manera escalonada como dicta el médico). Obviamente, no sirvió de nada. Este bebé no conoce el método psicológico de «la extinción», a saber, la finalización de una conducta cuando no se le hace caso. El es capaz de seguir llorando durante horas. Pero yo no era partidaria de un método Estivill como toca. Además, este bebé no tiene problema a la hora de conciliar el sueño, y no entendía cómo aplicar el polémico método una vez se hubiera despertado de madrugada.

Después me estuve informando sobre el destete nocturno. Pensé que si dejaba de mamar por la noche dormiría del tirón. Lo estuvimos intentando este verano en que estábamos los dos de vacaciones. Marido se encargaba de él cuando lloraba y yo me fui a otra habitación a dormir. La realidad era que cuando Marido no era capaz de consolarlo me llamaba a mí para darle pecho.

Es decir, no somos lo que se dice perseverantes con ninguna de nuestras estrategias.

Este verano hemos dormido en una cama de matrimonio con una cama de 90 pegada a la nuestra en la que dormía el bebé a modo de colecho, y al menos sí teníamos más espacio. Pese a todo los despertares seguían siendo los mismos. Afortunadamente pocas veces se desvela.

Pero una vez instalados en la ciudad de Valencia, en nuestra casa, en nuestra habitación con la cama de matrimonio y la endemoniada cuna de barrotes al lado, yo tenía claro que no quería volver a lo de siempre, es decir, dormirle mientras le daba el pecho en la cama de matrimonio, pasarle a la cuna una vez estuviera dormido, y tras tres horas (el bebé lo máximo que aguanta es de 9 a 12, es decir, esas horas sí las duerme del tirón) volver a pasarlo a nuestra cama y ya dormir con él de nuevo.

Así que fui radical y con ayuda de Marido, sacamos la cuna de la habitación y la pusimos en la suya. Al menos ya nos estábamos preparando todos psicológicamente. Pero nada cambió: seguía durmiendo al bebé en nuestra cama, una vez dormido lo pasaba a la cuna y en cuanto se despertaba era imposible volver a ponerlo en ella. Mi hermana era una de las fervientes defensoras de independizar al bebé en su propio cuarto y, sobre todo, no ceder a sus llantos y volver a dejarlo en la cuna, no en nuestra cama.

Pero es IMPOSIBLE. No sé cuánta paciencia se necesita para convencer a un bebé de que no llore y se quede tranquilo en su cuna. Yo lo intentaba, lo mecía en los brazos, sentada en una silla de lo que pesa y esperaba a que se durmiera. Pero nunca parecía dormirse, si en cuanto hacía el ademán de ponerlo en su cuna volvía a despertarse.

Así que, una noche en que intentaba dormirlo en brazos se me ocurrió sacar el colchón de la cuna, ponerlo en el suelo, tumbar al bebé en él y a mí al lado, y darle el pecho ahí. Entonces se durmió.

¡Por fin pude volver a mi habitación sin él! Pude encender la lámpara de la mesita de noche y leer, pude hablar con Marido y pude conciliar el sueño teniendo espacio para mí. Cuando se despertaba volvía a su cuarto, me volvía a tumbar junto a él y así se tranquilizaba y se dormía.

El problema era que el colchón de la cuna era muy pequeño y yo me pasaba parte de la noche en el suelo, por lo que lo más tentador era volver a pasar al bebé a nuestra cama.

Así que lo que hemos hecho ha sido quitar la cuna de su cuarto, quitar el colchón, y colocar un colchón de 90 en el suelo. De ese modo el bebé duerme en él y yo me puedo tumbar a su lado para amamantarle o simplemente tranquilizarle.

El resultado es agridulce: la pasada noche nos hemos levantado cuatro veces. No siempre le amamanto, simplemente con el contacto físico se tranquiliza. Marido también ha ido una vez a calmarle.

El resultado es que estoy muy cansada de hacer viajecitos a su habitación. Pero ya puedo gritar que Bebé duerme en su propio cuarto, algo que veía tan lejano en el mes de mayo.

El colchón en el suelo queda un poco desangelado, pero no queremos comprar una cama bajita para luego, cuando crezca, tener que adquirir otra normal. Tampoco queremos poner una alfombra debajo porque yo soy alérgica y sé que acumulan mucho polvo.

No me agrada la idea de las sábanas tocando el suelo.

Pero de momento es la única manera que he encontrado para recuperar mi habitación y mi intimidad con Marido.

Bebé duerme desde las ocho y veinte y sé que pronto empezarán los despertares (por ejemplo en estos instantes). Pero me armaré de paciencia, me tumbaré a su lado, le amamantaré (o no) y se volverá a dormir.

Y ahora el próximo capítulo en mi vida es… ¡el destete!

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