El deporte durante el embarazo

Parece ser cierto el mito de que «el segundo trimestre de embarazo es el mejor».

Una vez mi compañera ginecóloga, el día 9 de marzo, revisó mi placenta con una ecografía transvaginal y me dijo que estaba situada perfectamente, muy alejada del orificio cervical interno (OCI), por lo que había dejado de ser «placenta previa marginal», y una vez que en la ecografía morfológica que tuvo lugar el martes 13 de marzo la ginecóloga de la Seguridad Social volvió a confirmarlo, amén de obtener unos resultados excelentes en todos los parámetros estudiados y constatar que mi bebé es un gordito cuyo abdomen y diámetro biparietal corresponden a un feto de 22 semanas (y no de 20, como debería), ya he eliminado la losa de «estar de baja» de mi imaginario: a partir de entonces he empezado a ser una embarazada de baja que pasea y se va por ahí.

Desigualdad de condiciones
No es objeto de este blog ser demasiado serio, porque para eso ya existen otros tantos blogs de infertilidad que te ponen los pelos de punta, y que yo leía a mediados de 2016, cuando supe de mi nueva condición de infértil.

Unicamente siento que el embarazo es una condición anti-feminista en tanto te priva de tantas cosas: en el primer trimestre prácticamtene vivía abocada sobre la taza del váter debido a las náuseas constantes.
Y cuando empecé con las hemorragías vaginales, cogí mi primera baja de embarazo con lo que supone de reducción salarial (posteriormente he sabido que tengo derecho a reclamar ese dinero y lo he hecho) y sentimiento de parásito de la sociedad, todo el día pendiente de mi vagina y sin hacer prácticamente nada más que ver series y mortificarme.

Además, aproveché para cerrar la consulta privada que tenía desde 2014 y que tanto me había costado sacar adelante. Significó un importante reto para mí en su día, y era una manera de ejercer la medicina más pausada que el ritmo agotador de la Seguridad Social. Pero la baja laboral suponía tanta pérdida de dinero que decidí cerrarla y ahora es una preocupación menos.

Ya había renunciado a mis dos trabajos por un embarazo.

A nivel intelectual no supuso ninguna atrofia, puesto que la época de estudio ya la pasé y mi trabajo a menudo lo defino como el de una cajera que pasa los productos por la caja registradora a una velocidad de vértigo, debido a la demanda asistencial tan brutal que hay en oftalmología. Además, las últimas semanas en que ya había dejado de sangrar estudié la oposición con gran tesón, y eso hizo refrescar en mi memoria muchos datos ya obsoletos.

Pero esta segunda baja la viví mucho peor: la idea de no volver a incorporarme desde 4 meses antes del parto hasta unos 6 meses después la veía inaceptable. Nunca he estado tanto tiempo sin trabajar.
Es cierto que mi trabajo demanda mucha movilidad. Para empezar el desplazamiento de una hora desde mi vivienda hasta el hospital, y de otra hora en sentido contrario. Y después en la consulta, donde no paro quieta ni un segundo desde la mesa donde escribo en el ordenador hasta la lámpara de hendidura y las no menos de 10 máquinas que utilizamos para explorar los ojos. Además del quirófano y la postura anti-ergonómica que utilizo para operar. Y un largo bla-bla-blá que solo comprenderá el que se dedique al mundillo sanitario. Y mi barriga se resentía al final del día. Y luego empecé a manchar de nuevo y la placenta previa marginal y el reposo.

¡Maldita sea!

Por alguna razón no priorizaba al bebé que tanto me ha costado gestar: cinco FIV, la última de ellas mediante ovodonación, y bye-bye genes, y trauma psicológico bestial, y psicoanalista durante casi dos años.

Una pre-mamá feliz
Pero una vez han contratado un sustituto en mi hospital y han liberado a la residente de cuarto año de la ardua tarea de «hacer de mí», me he relajado.
Todas las mamás convienen en decirme lo mismo: «Nadie es imprescindible, y nadie te agradecerá nunca que vayas a trabajar hasta la semana 37 con un bombo descomunal y haciendo un gran esfuerzo por tu parte, así que disfruta de tu baja y de tu embarazo».

Y una vez las dos ginecólogas me han levantado el reposos, he decidido ser una pre-mamá feliz.

El deporte durante el embarazo
Por alguna razón, yo, que siempre he sido de naturaleza tímida e introvertida, el embarazo me ha otorgado superpoderes.
Deberían hacer un cómic donde las heroínas fueran embarazadas, por lo que tiene de vivificadora esta condición que yo denominaba antes anti-feminista.

Y es que siempre he tenido una mala relación con mi cuerpo. Como decía Sheldon Cooper, mi mente y mi cuerpo somos dos entes bien diferenciados.
Tengo un bonito cuerpo que nunca ha precisado de grandes cuidados hasta que cumplí los treinta y el metabolismo comenzó a ralentizarse. Los kilos que ganaba en verano ya no se esfumaban con la actividad física diaria. E iniciado mil y una actividad física pero jamás he sido constante con ellas.

Mi pelo siempre ha tendido al encrespamiento y más en esta cuidad pegada al mar y por tanto, húmeda hasta la saciedad.

Y mi educación feminista me hace rechazar todo cuidado excesivo que haga resaltar la belleza femenina.

Pero cuando me enteré de que estaba embaraza, y por miedo a descuidar mi aspecto físico en exceso, me apliqué unas mechas doradas en el pelo que hicieran resaltar mi rubio natural; me volví a hacer la taninoplastia para tener un pelo cuyas hebras quedaran volcadas hacia abajo por efecto de la gravedad, resaltando su brillo y su textura.

Y recientemente he iniciado una actividad física deportiva que me encanta: ir de tiendas.

Reducción salarial
No solo la baja por enfermedad durante el embarazo, sino mi nueva actividad física deportiva están mermando mi bolsillo.
Vivo a cinco minutos del centro y además, tengo insomnio. ¿Cómo se pueden relacionar ambas actividades? Me despierto sobre las seis de la mañana debido al hambre de la embarazada y a mi horario laboral habitual. Me siento en el sofá con mi desayuno y el ordenador portátil sobre las rodillas. Leo las noticias y después, miro ropa y complementos en internet. A continuación me visto y voy al centro a mirar escaparates.

Esta segunda baja de embarazo ha supuesto:
– Un jersey rosa de Massimo Dutti estilo capa, perfecto para embarazadas (49,99 euros)
– Unos zapatos de Bimba y Lola color burdeos con tachuelas de metal (52 euros)
– Un abrigo de Bimba y Lola oversize, perfecto para embarazadas (90 euros)
– Unos zapatos de Massimo Dutti color rojo (59,99 euros)
– Una camisa de Springfield a rayas azul y blanco, amplia para embarazadas (29,99 euros)
– Una camisa de Mango a flores de algodón, amplia para embarazadas (25,99 euros)
– Un jersey de Coss a rayas marineras con faldón en la parte inferior (69 euros)
– Unas bailarinas de El Ganso ideales (47 euros)

Hay días en los que constato hasta 10.000 pasos en el podómetro o medidor de pasos del Iphone, cifra a partir de la cual se reportan beneficios cardiovasculares. Hay días en los que camino tanto que mi vientre se pone tenso y duro durante el paseo, y me da miedo parir precozmente en medio de una tienda tan pija como eseOese, por lo que en ese momento decido que debo irme a casa, pues mi bebé reclama calma y tranquilidad.

Y sé que pronto volveré a realizar el camino inverso, yo, aficionada como soy a devolver la mayoría de cosas que compro. Pero con las articulaciones más en forma que nunca, eso sí.

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