El Bientratador. Parte II

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—La verdad es que estoy un poco enfadada con tu hermana.
—¿Con mi hermana? ¿Por?
—La he llamado esta tarde, llorando, para contarle lo de la antimülleriana y ella se ha mantenido fría y realista. Demasiado realista. Me ha dicho que efectivamente no es un buen dato, pero que seguro que se puede hacer algo. Ella no sabía al principio de qué hormona se trataba. Parece ser es muy novedosa. Es un valor bastante fiable acerca de la reserva ovárica. Yo tengo una baja reserva ovárica. Me siento como el libro ese de Dorian Gray. Cuando me miro en el espejo me veo envejecida y contrahecha. Bueno. Tu hermana me ha dicho que todavía es pronto para saber nada. Que tendrán que hacerme más pruebas. El recuento de óvulos y todo eso. Que a lo mejor me tienen que dar no sé qué pastilla para estimular mis ovarios. Claro que ella es anestesista y tampoco sabe demasiado sobre el tema. Le he dicho que tengo cita el día 16, cuando me baje la regla.
—Desde que te conozco has tenido cien enfermedades mortales y nunca te ha pasado nada.
—Sí, pero esto es diferente. Esta hormona es real. ¡Y pensar que me la detectaron hace seis meses y yo nunca le había hecho ni caso hasta que la ginecóloga me dijo que estaba bajita…! Malditas pruebas. Deberían estar prohibidas. Mi hermana Agustina tardó un año y medio en quedarse preñada. Igual tiene la antimülleriana por los suelos y no lo sabe. Es como cuando te hacen un estudio para saber si vas a padecer Alzheimer. ¿Qué se gana sabiéndolo? Nada. Más que sufrimiento innecesario. Aunque Lola la psiquiatra y tu hermana coinciden en que sí es necesario saberlo para que vayamos tomando cartas en el asunto. Yo creo que no es para tanto, solo llevamos ocho meses intentando lo del bebé.
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El Bientratador. Parte I

—Tengo la antimülleriana por los suelos.
—¿La qué?
—La antimülleriana. ¿No me has oído?
El bientratador continuó, imperturbable, leyendo Valencia Plaza en el iPad.
—La antimülleriana es una hormona que indica la edad de tus ovarios, en este caso de los míos. Parece ser que tengo las entrañas de una vieja de 45 años.
Jana permanecía de pie con las manos contraídas en sendos puños. Había adquirido la costumbre de esconder las uñas de ese modo hasta clavarlas en la carne. Y es que los hilitos de suciedad que quedaban atrapados en el pulpejo de los dedos le resultaban demasiado bochornosos como para que pudieran verlos los demás. Por su condición de oftalmóloga, no le estaba permitido pintarse las uñas ya que operaba una vez a la semana y el esmalte no era considerado apto para la esterilidad que se requería en un quirófano.
—Estéril. Que a lo mejor soy estéril. Si te quieres ir con otra lo entenderé.
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Misterios anatómicos II: las «otras cosas» que pasan

Estoy colapsada. No sé ni por dónde empezar. Ains…
El caso es que Hermana Mayor me ofreció no uno, sino cuatro libros de esos con tapa dura y sonrosados bebés en la portada con títulos tipo: «Qué esperar cuando se está esperando»; «Te vas a enterar de lo que vale un peine»; «No querías estar embarazada, pues ¡toma!». Y yo dije a todos que no. Después, una buena amiga de Novio me dejó, sin yo pedírselo, «La Biblia del Embarazo». Os podéis imaginar mi reacción al ver un libro en el que se juntaran ambas palabras, «Biblia» y «embarazo» yo, atea congénita de nacimiento.

Además, tengo tanto que leer y que estudiar que no me apetece lo más mínimo sumergirme en libros sobre embarazos o bebés.

El caso es que sí, sí pasan cosas. Yo, tan de defender frases como «el embarazo no es una enfermedad»; o defender posturas tipo anti-baja laboral por un embarazo; o creer que yo sería de las que estaría trabajando hasta la semana 38 como muchas mamis me han contado de sí mismas… Pues aquí me hallo, en mi segunda y definitiva baja laboral, constatando que Cuerpo va a su bola total. Y buscando respuestas en «La Biblia del Embarazo».

La pata de elefante ha vuelto
No es un secreto asumir que con la edad me he frivolizado. Y miro páginas web sobre ropa y leo el suplemento «S Moda» de El País.
Recuerdo que me costó adaptarme a los pantalones pitillo que se comenzaron a llevar hace unos años. El pitillo, o skinny jeans, es un tipo de pantalón con la particularidad de tener un corte muy estrecho y ajustado, el cual se caracteriza porque la parte baja de la pierna tiene la misma anchura que la de la rodilla. Sin embargo con el tiempo todo mi armario se llenó de pantalones pitillo que tan bien remarcan la figura a lo años 50.

Pero ahora que estamos en la era de la moda ecléctica donde se juntan prendas oversize con camisetas estilo crop top, zapatillas deportivas que no por llamarse snakers pasan a ser estilosas, y camisetas con divertidos prints con mensaje bajo trajes de chaqueta y pantalón, constato que a los pitillo se han incorporado un sinfín de estilos de pantalón diferente: rectos, palazzo, baggy , cargo, boyfriend, capri, cropped, campana o flare pants y sí, los sesenteros pantalones de pata de elefante.

Os preguntaréis (sobre todo en un blog sobre infertilidad) qué diferencia hay entre los dos últimos. Pues bien, los de campana se pegan hasta la rodilla y desde allí sale la campana:

Y los de pata de elefante no se pegan, son anchos en todo su recorrido y al final se acampanan un poco:

Una de las cosas malas de la ovodonación es que mi bebé no heredará ningún rasgo de mí, ni físico ni intelectual. Y si algo tengo bonito son las piernas. Todas mis hermanas tenemos las piernas bonitas, como mi madre. Nos viene, pues, de nacimiento. Tenemos unas piernas de muslos torneados que no acumulan grasa en las pistoleras (eso se lo dejamos a la barrigota) y que se van afinando de manera progresiva en la parte final, entre la pantorrilla y el tobillo. Lo que en Cuba llaman «canillas». La canilla se define como «hueso largo de la pierna o el brazo, en especial la tibia», y como «parte más baja y delgada de la pata de ciertos animales o de la pierna de una persona». Y digo en Cuba porque cuando estuve allí en el año 1999, una cubana exclamó: «¡Oh, pero si tienes canillas!», en referencia a mis finísimos tobillos.

Pues bien, el embarazo ha transformado esos tobillos en gruesos troncos a lo pata de elefante. No aprecio un adelgazamiento progresivo desde la pantorrilla hasta el pie. Y esto sucede tanto al principio como al final del día.
Como el el pantalón pata de elefante ha vuelto me tranquiliza pensar que, al menos, estoy de moda.

Braguitas LGBT
Dicen que el ojo humano es capaz de distinguir hasta un millón de variaciones cromáticas. Solo en mis bragas yo he distinguido la mitad.

Jamás pensé, antes de la infertilidad, que algún día acabaría escudriñando compresas y salvaslips a la luz de la ventana del cuarto de baño, analizando mi flujo vaginal. Cuando una toma la decisión de «intentar tener un bebé», como Novio y yo hicimos en el verano de 2015 cuando creíamos que todo sería tan fácil, acorde a mi espíritu del «ya, ya, ya», una se empieza a fijar. Y lo que quiere es que no baje la regla cuando tiene que bajar, y que sus bragas permanezcan en un eterno color blanco nuclear a lo anuncio de lejía. Cualquier otra tonalidad molesta.

En mi primera (y única) inseminación artificial, la naturaleza no fue cruel conmigo porque la regla bajó el día de la beta en todo su esplendor y no dejó lugar a dudas.

En mi primera FIV con óvulos propios en que me transfirieron un blasto de buena calidad, mis bragas permanecieron intactas hasta el día de antes de la beta. Ese día apareció una tonalidad beige pero con matices según el ojo que la mirara, y estuve escudriñando ese spotting durante horas frente a la ventana, dudando si era mancha o no. Finalmente la beta fue negativa y la regla apareció.

Era mancha, sí.

En mi segunda FIV con óvulos propios en que me transfirieron dos blastos de buena calidad, no hubo tonalidades marronáceas que analizar, ni siquiera ocres o amarillas. Todo transcurrió como cualquier chica hubiera deseado durante la betaespera. Y el test de embarazo fue positivo. Solo que el embrión que se agarró tan fuerte no era sano (trisomía 22). Y entonces sí deseé que la regla impregnara mis bragas de un intenso color púrpura para liberarme de una molesta sensación de pseudo-embarazo que no me dejaba vivir. Pero no fue así y me tuvieron que practicar un legrado.

Y en esta primera y única FIV por ovodonación la obsesión por mi flujo vaginal ha ido en aumento. Tras el feliz resultado de test de embarazo positivo y estando de 6 semanas, apareció un spotting color castaño en el centrito justo de las bragas. Estuve analizándolo durante largos minutos frente a la venta para saber si era o no mancha. Los sangrados vaginales que tuvieron lugar desde entonces y hasta la semana 9 me confirmaron que sí, lo era. Jamás me he bajado las bragas tantas veces y en lugares tan diversos como durante esas 3 semanas cada vez que notaba fluir el flujo modo aspersor de mis entrañas, cuyas variaciones cromáticas fueron innumerables: bermejo, encarnado, bermellón, rojo, rojizo, rufo, granate, carmesí, cinabrio, arrebol y colorado.

A partir del segundo trimestre me relajé un poco. Al incorporarme al trabajo tras la primera baja laboral debido a la amenaza de aborto, realicé vida completamente normal. Y de pronto un día ¡hala! Un nuevo color para la colección: flujo rosado. Y de nuevo la lupa, y quitarme las bragas en el baño del trabajo y mirarlas muy de cerca y pensar si tal vez no estaría teniendo una hemorragia vítrea que me hiciera ver las cosas color de rosa, y comprobar si llevaba ese día alguna prenda que hubiera teñido mínimamente las bragas de ese color, y hasta rascar con la uña una fina hebra rosa del centro justo de la mancha y volver a mirar la mancha y remirarla, y hasta con los ojos entornados, y hacerle foto y enviársela a Novio. Pero tras la ecografía de rigor me confirmaron que sí, era un sopotting debido a una placenta previa marginal, y de nuevo el reposo y la prohibición de tener relaciones sexuales.

Y cuando todo ha pasado y la placenta ha vuelto al sitio ¡hala! Flujo amarillento. ¿Spotting o infección? Infección. Y la prohibición de usar salvaslip a menos que sean de algodón. Pero los de algodón tampoco sirven, o sino que se lo pregunten a Novio cuando quiso hurgar entre mis piernas y constató que «algo raro» sucedía.

Ahora marcho sin protección y la cantidad de flujo es tal que consigue traspasar bragas, leggins y pantalones. Un nuevo misterio anatómico del embarazo.

Durante todos estos días y semanas en que sigo de baja he visto desfilar ante mis ojos alguna tonalidad en mis bragas distinta a la transparente que me ha desasosegado. Sobre todo si he tenido un día de no parar y he cogido a mi sobrina en brazos o hecho cualquier otro esfuerzo innecesario.

Mis bragas son las abanderadas del colectivo LGBT.

Misterios anatómicos I: mi barriga y yo

Yo siempre he sido tripuda. Desde bien pequeñita, aun teniendo los brazos y piernas como alambres, el abdomen aparecía abombado en las fotos por una postura incorrecta de «espalda hacia detrás» muy típica de las embarazadas.

Todas mis hermanas tenemos tripa. Nos viene de familia.

Como siempre he dicho, a partir de los 30 años mi metabolismo se ralentizó y los kilos que ganaba en verano no desaparecían con la actividad diaria del otoño. Y así, se iban acumulando año tras año. En 2013 alcancé mi grado de gordura máximo, y tengo fotos que lo atestiguan. Recuerdo haber ido a Suiza a visitar a mi amiga Raquel y su padre, un malagueño muy simpático, haber exclamado: «¡Pero si te has puesto gorda!».
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Pre-juicios de pre-madre

El embarazo me llena la cabeza de prejuicios, aunque probablemente ya estuvieran ahí y las hormonas no hagan más que sacarlos a relucir.

En las lecturas de mis habituales madrugones de embarazada, me encuentro con varias noticias que me hacen reflexionar.

Noticia 1: Adiós papá, adiós mamá

Esta noticia me ha puesto los pelos de punta. A cuatro meses de convertirme en madre y por tanto, en «persona imprescindible para alguien», me he vuelto muy consciente de los comentarios condescendientes que se hacen a los padres cuando éstos comienzan a ser mayores. Y esa condescendencia me entristece.

A mí la vejez siempre me ha irritado. Debido a mi naturaleza nerviosa e impaciente, la ralentización que se da en la vejez en todas las esferas (deambulación, articulación de la palabra, audición) me exaspera. Debo controlarme cuando visito pacientes en la consulta y los ancianos, que suponen más del 60% de mi asistencia diaria habitual, me hacen repetirles las cosas veinte veces, y yo debo reducir la velocidad de mi verbo y vocalizar y alzar la voz. Tres cosas que se me dan realmente mal. A veces, cuando la falta de tiempo me impide bajar mi ritmo, me dirijo directamente a los familiares, quienes muchas veces parecen indiferentes a lo que les pueda suceder a su padre o a su madre. Sé que es una falta de respeto hacerlo si el paciente es el anciano, y me marcho a casa agotada por la culpabilidad.
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