Preciosas asesinas

Siempre he tenido una relación amor-odio con mis tetas.
[Para empezar, quiero reivindicar el término «teta» y no el de seno, mama o pecho].
Mis tetas tienen una morfología cónica de adolescente, con la base mucho más ancha que el vértice. Conforme he ido cumpliendo años y ganando kilos, las tetas se han rellenado pero su forma ha seguido siendo la misma. Son turgentes y se mantienen rectas aun sin sujetador.
Tengo unas tetas bonitas.
Están coronadas por un pezón de gran tamaño y una areola nada desdeñable. El bebé no pasará hambre, de eso puedo estar segura.
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Inconsciencia de embarazada

Sabía que esto iba a suceder. Algo que por otra parte es tranquilizador. Ya no pienso en el feto. Ya no me obsesiona la idea de quedarme embarazada y ni siquiera la del embarazo. Entra en mi naturaleza perezosa.

He pasado de la fase de la infertilidad a la de la fertilidad y por tanto, a la de la normalidad.

En muchas otras facetas de mi vida he actuado de igual modo, es decir, sin alardear.

A mi alrededor mucha gente ya ha sido madre, por lo que el embarazo no les resulta ninguna novedad digna de ser recordada. Salvo las escritoras de blogs sobre maternidad que persisten en sus descripciones del puerperio, de la lactancia, de su segunda maternidad y demás, el resto no encuentra interesante el embarazo. O quizás sea una proyección de lo que yo opino al respecto.

En mi caso la infertilidad fue un desgaste porque hube de salir de mi pereza habitual para entregarme con todas las ganas al proyecto de ser madre. Pero de no haber tenido una baja reserva ovárica las cosas hubieran sucedido de manera muy diferente: me hubiera quedado embarazada un día cualquiera, casi sin enterarme. Habría bebido alcohol las semanas en que hubiera desconocido mi estado. No hubiera tomado ácido fólico, ni tal vez hubiera pedido visita con la matrona, ese intermediario entre el embarazo y el ginecólogo que solicita la análitica general, el triple screening y la curva de la glucosa.
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Un otoño estéril

Parece ser que el otoño ha llegado a la ciudad de Valencia. Yo, que me vanagloriaba de vivir los veranos más calurosos y prolongados de la península, estoy asistiendo al septiembre más otoñal que recuerde.

Tras llegar de Cádiz el 22 de agosto me puse enferma. Tengo alergia a los ácaros y éstos se multiplican con la humedad otoñal. Y este año la humedad otoñal se ha adelantado. Así pues, podría decirse que tengo alergia al otoño. Y con la alergia llegan el broncoespasmo y la fatiga, y además las fosas nasales totalmente taponadas así como los oídos debido a una otitis serosa.

Me estoy medicando con un antihistamínico diario, un broncodilatador cada 12 horas, otro broncodilatador a demanda, corticoides orales durante una semana que ya he dejado, y dos pulverizadores nasales. Nada de eso ha acortado la duración de la alergia, y a día de hoy aún tengo síntomas.
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