«Yo nunca…»

Os propongo un juego. Se llama «Yo nunca…». Imagino que muchos de vosotros lo conoceréis, pues se suele jugar en un ambiente distendido, entre amigos y con bebida (alcohólica, se entiende).
Empieza diciendo alguien: «Yo nunca he hecho tal o cual cosa», y si alguien del grupo sí la ha realizado, tiene que beber.
Es un juego propicio para conocerse mejor, contar intimidades y en definitiva, reírse un rato.

En este post, las reglas son algo diferentes. Voy a contar las cosas que realmente nunca he hecho en este embarazo que, para bien o para mal, está llegando a su fin (si alguien quiere tomarse un chupito con cada ítem mientras lee esta entrada ya es cosa suya).

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La mujer que confundió una ventosidad con dolores de parto

Me hallo en la semana 34+1.

La semana 33 la pasé de puntillas. Del dia 1 al 5 de junio fui a la playa con mis padres, que adelantaron sus vacaciones de verano pensando en que OVObebé tal vez llegase antes. No hacía excesivamente buen tiempo, pero aun así me bañé en el mar. Al principio me daba vergüenza exponerme a la vista de todos los bañistas con semejante tripota, pero luego vi que muchos abuelitos superaban con creces la mía.
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De la soledad y otros síndromes

El tiempo pasa y ayer, miércoles 2 de mayo, empezó la semana 28 de mi embarazo.

¡Y yo con estos pelos!

Estoy de baja desde el 23 de febrero, por lo que ya han pasado 2 meses y 9 días en los que Cuerpo y yo nos hemos ido adaptando el uno al otro.

La soledad de una baja laboral es la antesala de lo que será la soledad de la maternidad de la que tanto me habló Hermana Mayor cuando tuvo a Sobrina-Amada.
Soledad por no encajar del todo en el grupo de amigas no-madres que todavía viven ancladas en un eterno Síndrome de Peter Pan en el que estábamos todas hasta hace bien poco.
Soledad por el vínculo indestructible entre el bebé y la madre de los primeros meses e incluso años, pues a Sobrina-Amada aún la duerme-baña-alimenta Hermana Mayor, recelosa de relegar esas tareas en Marido.
Soledad por tantos cambios, imagino, y poca gente con quien compartirlos.

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El Bientratrador. Parte III

(Ir a Parte I)

-Ayer por la tarde fui a que me hicieran acupuntura.
—¿Acupuntura?
—Sí. Le escribí a mi prima Marisol para contarle que a pesar de llevar meses intentándolo no logro quedarme embarazada. Pero no le dije nada de la antimülleriana porque no quiero que todo el mundo lo sepa. Total. Me dijo que a ella le pasaba lo mismo y que fue a que le hicieran acupuntura y se quedó embarazada de Erika. Y que luego cuando lo intentó por segunda vez, fue a que le hicieran acupuntura y se quedó embarazada de Joan. Total. Que el chino me ha hecho una anamnesis así por encima, preguntándome si mis reglas eran dolorosas, abundantes y si tenía coágulos.
—¿Coágulos?
—Sí. De sangre.
—¿Tú tienes coágulos?
—Sí.
—Qué asco.
El bientratador dejó los cubiertos sobre la mesa.
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El Bientratador. Parte I

—Tengo la antimülleriana por los suelos.
—¿La qué?
—La antimülleriana. ¿No me has oído?
El bientratador continuó, imperturbable, leyendo Valencia Plaza en el iPad.
—La antimülleriana es una hormona que indica la edad de tus ovarios, en este caso de los míos. Parece ser que tengo las entrañas de una vieja de 45 años.
Jana permanecía de pie con las manos contraídas en sendos puños. Había adquirido la costumbre de esconder las uñas de ese modo hasta clavarlas en la carne. Y es que los hilitos de suciedad que quedaban atrapados en el pulpejo de los dedos le resultaban demasiado bochornosos como para que pudieran verlos los demás. Por su condición de oftalmóloga, no le estaba permitido pintarse las uñas ya que operaba una vez a la semana y el esmalte no era considerado apto para la esterilidad que se requería en un quirófano.
—Estéril. Que a lo mejor soy estéril. Si te quieres ir con otra lo entenderé.
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