Crónica de un parto: Carita de buda

Mi bebé no lleva ni cinco días en su forma de vida extrauterina que ya tiene varios apodos: Carita de buda (y es que tiene unos mofletes tan gordos que sobresalen con respecto al perímetro craneal, como si un hámster guardara la comida en los carrillos):

Gusiluz (me recuerda mucho a ese muñeco de nuestra infancia por la forma en la que pone las cejas al mamar como de sorprendido y la forma de su boca como de raya dibujada):

Carita de Feto, por sus movimientos a cámara lenta que parece que aún ande inmerso en el líquido amniótico, y Minisumo, porque tiene los ojos achinados y parece un luchador de sumo. Ah, y porque pesó la friolera de 4.800 gramos.

Pero vayamos por partes.

Sábado 28 de Julio, 23:00 AM.

Marido y yo habíamos planeado ir a la Filmoteca d’Estiu a ver Casablanca, pero tal vez por las dos horas de playa vespertina o por el parto inminente, me entró un sueño atroz. Sentada frente a la tele le dije que prefería irme a dormir. A mí el embarazo no me ha dado nada de sueño y estaba extrañada. Y más extrañada por notar, en el periné, una fuerte presión, como si OVObebé estuviera dando cabezazos. Tampoco había sentido nada igual en el embarazo. Busqué en Google «movimientos fetales antes del parto» y no encontré nada.
Pues bien, el bebé se movía mucho y mi periné temblaba con cada cabezazo suyo.

Domingo 29 de Julio, 00:00

Me desperté con los bajos empapados. Me toqué el pantalón y estaba todo mojado. Y las sábanas también. Llamé a Marido y al verme desde el dintel de la puerta dijo: «Uy, has roto aguas».
Me levanté para ir al baño y un líquido caliente empezó a caer por mis piernas. Yo iba espatarrada y aterrada gritando: «¿Qué pasa, qué es esto?». Oriné y mis braguitas estaban impregnadas de unas manchas cremosas. Al ponerme en pie el líquido seguía saliendo a borbotones. Cogí una toalla para contener la amniorrexis y me eché a llorar.
Marido se acercó a mí, me cogió la cara con las dos manos, y dándome un beso en los labios dijo: «¡Si no pasa nada, tonta. Eso es que el niño ya viene!»

Fuimos a Urgencias de Maternidad. El diagnóstico se confirmó: «Amniorrexis espontánea», o sea, rotura de bolsa. Cuello borrado pero no estaba dilatada más que 1’5 cm. Nos asignaron habitación y nos dijeron que el trabajo de parto podía tener lugar en las siguientes 24 horas. Instalada en la cama comencé a notar las contracciones como un fuerte dolor de regla. Me gustó sentirlas cada vez más intensas. Y acompañadas de mis habituales ganas de evacuar (fui varias veces al baño). Marido las iba cronometrando. Como sabíamos que la cosa podía ir para largo decidimos no avisar a la familia.

Domingo 29 de julio 6.00 P.M.

A esas horas yo aullaba de dolor y me agarraba con fuerza a las barreras de la cama. Como sabía que el dolor iba en aumento para descender después me tranquilizaba a mí misma pensando en la imagen de una ola del mar, o una curva de Gauss.
Intenté practicar la respiración acelerada de las clases de preparación al parto, pero al ser tan rápida me mareaba más que otra cosa.
Finalmente llamé a las enfermeras quienes me bajaron a paritorios para que las ginecólogas me echaran un vistazo. «¡Nena, ya estás dilatada 3 cm: estás de parto!»

Estar de parto no significa un parto inminente

Las contracciones eran fuertes dolores en las ingles y en el bajo vientre que a veces se irradiaban hacia la espalda. Duraban entre 1 y 2 minutos. Y su frecuencia era cada vez mayor. Le pedí a Marido algo de comer y me trajo una madalena y agua. Es curioso lo bien que me encontraba entre contracciones.

Nieves era mi matrona, una joven veinteañera que era todo dulzura y palabras suaves, justo lo que yo necesitaba. Se acercaba cada poco a ver cómo estaba. Me hizo algún tacto que otro. La cosa iba despacito. Así que pedí que me pusieran la epidural.

He sabido después que Cuñada, que es anestesista, habló de mí a los anestesistas de guardia de aquel día, y también tenía un enchufe con el jefe de servicio de Ginecología. Pero no creo que solo eso explicara el trato tan atento y dulce que recibí durante todo mi parto.

Sentada en el borde de la cama tenía que reclinar la columna hacia adelante venciendo la lordosis lumbar propia del embarazo. Me decía que no podía hacerlo. Pues vino Nieves, hizo que me apoyara en ella, y acercando mucho su cara a la mía me dijo: «Claro que puedes hacerlo, estate bien quietecita».

La epidural es mano de santo. Tras un episodio inicial de bajada de tensión que me hizo vomitar, el resto fue anestesia total. He de decir que sí da un poco de pena no sentir las contracciones una vez te la ponen. Y que se hace muy largo y pesado estar tumbada en la misma posición esperando dilatar hasta 10 cm, puesto que no aconsejan caminar.

Me dolía el cuello y tenía sed, ambas cosas eran las que me más me torturaban. Y en la sala de médicos se la pasaron comiendo pipas ruidosamente durante horas, que yo pensaba solo en la sed que dan las pipas, y que ya podían parar de comerlas.

El tiempo pasa…

Todo mi proceso de dilatación se dilató entre las 6:00 y las 20:00 horas, horas eternas en las que no pude comer ni beber por si finalmente la cosa terminaba en cesárea. Horas eternas en las que hubo cambio de guardia y a las 9:00 aparecieron Ana y Helena, las otras dos haditas madrinas que me tocaron como matronas, dulces como la miel.

A las 11:00 P.M. avisamos a la familia que esperaba, ansiosa, en la salita de espera.

Marido salía y entraba, y vino mi madre a saludarme y a preguntarme, preocupada y feliz, cómo estaba. Para entonces yo me encontraba tumbada de lado para mitigar el dolor de cuello, con una pierna levantada como si un perro se dispusiera a orinar para ver si así facilitaba al bebé bajar por el canal de parto.

A mediodía ya estaba dilatada unos 6-7 centímetros.

Entró Hermana Mayor quien me hizo una foto en esa posición y la mandó a las amigas, que esperaban ansiosas.

He de decir que bebí sorbitos de agua porque no podía más. Y que dos personas, una amiga anestesista y Cuñada, sabían de sobra que aquello terminaría en cesárea.

¡Cesárea, al fin!

Sed y dolor de cuello eran mis quejas recurrentes. Y como una niña pequeña preguntaba a Ana la matrona: «¿Cuál es el paso a seguir?» Y ella evadía la respuesta.

Tras otros dos tactos, a las 18:00 y a las 20:00 horas, en los que seguía sin pasar de 7 cm, la ginecóloga me dijo que, aunque el bebé estaba perfectamente, lo mío se consideraba «parto estacionado», es decir, el bebé por ahí no pasaba. Pese a mi antiestética postura de pierna levantada para expandir la pelvis.

El siguiente paso era una cesárea.

Hermana Mayor dijo que puse cara de pucheritos. Le dije que se cambiara por Marido, y al verlo rompí a llorar. El se mostró supertierno y cariñoso.
Y una de las matronas me dijo que comprendía que tantas horas habían sido muy cansadas, pero que no habían sido en balde, que el proceso de contracciones y de encajamiento del bebé había sido beneficioso para él, y a nivel hormonal todo era más fisiológico que haber planeado una cesárea directamente. Pero que entendía a la perfección que llorara. Me pareció muy empática y lo agradecí infinitamente.

Y bueno, la cesárea la programaron en un santiamén. Marido avisó a la familia. Pregunté si hacían piel con piel y me dijeron que sí, que primero los pediatras mirarían al bebé pero luego me lo pondrían encima. Marido sí podía entrar.

Y recuerdo que me dejé de llevar, de tan aturdida que estaba por la sed y el cansancio.

Me llevaron en la camilla al quirófano y ahí había unas mil personas. Recuerdo todos hablando al mismo tiempo, y a mí cogiéndome de aquí para allá, preguntándome si podía mover las piernas para pasar de una camilla a la otra (sí podía). Recuerdo que me extendieron los brazos y los colocaron en cruz, y al tumbarme recuerdo mi horrible dolor de cuello. Pedí una almohada, me la dieron. Pusieron una tela delante de mi cabeza. Y yo solo pensaba: «Por favor, que con la epidural sea suficiente para no sentir dolor y no tengan que dormirme».

Había dos anestesistas a mi lado. Les pedí que me hablaran de cualquier cosa.

Yo tenía miedo. Tenía miedo de conocer a OVObebé. Esa es la verdad.

Marido entró, se sentó a mi lado y me cogió la mano. Yo solo tenía ganas de llorar. Pero al oírme hablar a mí misma con una calma inventada me tranquilicé.

Notaba trastear a los ginecólogos pero no sentía nada de dolor. Bien, así no tendrían que dormirme.

Maniobra de Kristeller

Nadie me había explicado en qué consistía esta maniobra. Pero de repente vi a la anestesista tirarse en plancha sobre mi tórax, masajeándolo de arriba abajo, mientras otros dos ginecólogos hacían lo propio más abajo.

Echaron a Marido. Pregunté por qué se iba y me dijeron que se había mareado.

No era cierto, era que el bebé no salía.

Pidieron la ventosa. Yo solo trataba de pensar: bueno, estás en un hospital, pase lo que pase irá bien.

Y me entró el pánico. El pánico por conocerlo. Mi corazón latía acelerado como en una cita a ciegas. De miedo y de ansiedad.

Y lloré y le dije a la anestesista: «Es que me da miedo no sentir apego».

La anestesista se sorprendió mucho al oír aquello, y me dio un tranquilizante.

Y de pronto lo oí. Su llanto. Y oí exclamar: «4.800 gramos». Y me sentí orgullosa de OVObebé, por gordo.

Los pediatras se lo llevaron pero, al cabo de un segundo, tenía a Carita de Buda pegada a la mía, con sus mofletes gigantes de dibujo animado. Una cara preciosa y regordeta e indefensa. Y se puso a mamar y recuerdo sus cejas arqueadas de sorprendido mientras mamaba delante de mí.

Me tranquilizó verlo. Pero estaba tan cansada y tenía tanta sed que pedí que se lo dieran a Marido. Y recuerdo que terminaron de coserme y que al finalizar la cirugía, yo sentía un dolor infernal en la herida quirúrgica, y tanta sed y tanto dolor de cuello que, cuando vi a Marido, le decía entre gemidos: «No voy a poder cuidar de él».
Marido me sonreía y decía: «Claro que sí, ahora estás agotada. Vas a flipar de lo que pesa. Mira, aquí lo tengo».

Y me lo enseñó envuelto en una manta, con sus mofletes gigantes de dibujo animado, sin llorar, con su piel pálida y sus pliegues de niño gordo.

Lo vi a él, a mi Carita de Buda, Gusiluz y Minisumo.

Por fin vi a OVObebé.

9 respuesta a “Crónica de un parto: Carita de buda”

  1. Durante toda la lectura de esta entrada he estado derramando lágrimas, cargadas de emoción y de una tremenda alegría. Tal vez influya que como HERMANA PEQUEÑA he estado siguiendo todo el proceso de la llegada al mundo de OVOBEBÉ. Y doy fé, es como un budita! Feliz de que por fin lo hayáis conocido MARIDO y TÚ y de que se hayan desvanecido los miedos…

    1. Ay qué pena. Pues mira, yo quería relatarlo precisamente por eso, porque muchas mamás a mi alrededor no se acuerdan de muchas cosas y a mí me gustaría acordarme siempre.

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