Cagar

Quería titular esta entrada con una variación de otra que escribí hace unas semanas, «La mujer que confundió una ventosidad con dolores de parto», de forma que quedara de este modo, «La mujer que confundió los dolores de parto con una ventosidad».

Y es que poco se ha hablado de lo que fluye por el interior de las embarazadas que no sea embrión o feto, es decir, de la mierda.

De ahí el título, así, sin eufemismos. Veréis por qué.

Mi parto-zurullo nº 1.

Ayer cumplí 40 semanas de embarazo. Desde la semana 37 en que el bebé ya se considera «a término» una tiene el pensamiento recurrente de cuándo nacerá. Y está atenta a los síntomas de parto más manidos: expulsión del tapón mucoso, rotura de la bolsa y contracciones.

¡Ah, pero no todo es tan sencillo! ¿Contracciones? Una cree que cuando lleguen lo harán con un cartel luminoso que le digan que eso son contracciones. Pero nada más lejos de la realidad.

¿Cólico o contracción?

El sábado pasado me encontraba yo en el chalet de mis padres pasando la tarde en la piscina y disponiendo la mesa para la merienda, pues venían algunas amigas de visita.

Poco a poco fueron llegando. Comentaron lo abultada que estaba ya la tripota y lo hinchados que tenía los tobillos y pies. La gente suele aconsejar ponerlos en alto, meterlos en agua fría o masajearlos. Nada de eso es efectivo en mi caso. Además, ponerlos en alto supone que los muslos se den de bruces con la tripota, lo que es bastante incómodo. Y yo en la posición boca arriba no aguanto debido al peso del bebé sobre mi tronco.

Una buena amiga que ya es madre de dos criaturas me aconsejó quitarme las sandalias y poner los pies sobre una silla, pues estos aparecían amoratados. Las cintas de los zapatos habían dejado unas líneas hundidas sobre la piel del empeine que les impresionó bastante. Yo ya estoy acostumbrada y pienso que cuando me desembarace, el edema se irá. Pero me dejé llevar y le hice caso.

¡Error!

Por alguna extraña razón, esa posición de estar sentada y subir las piernas para apoyar los pies en una silla que esté a la misma altura me provoca muchos dolores.

¿Parto o cólico? He ahí la cuestión.

Conforme iban pasando las horas, yo notaba un dolor en el bajo vientre parecido a gases que se iba intensificando. Cuando acompañé a dos de mis amigas a la puerta para despedirme de ellas, lo hice doblada de dolor. Incliné mi cuerpo hacia adelante para poner el culo en pompa (con ellas hay confianza de sobra) e intenté tirarme un pedo, el pedo que me liberaría de todo mal. Pero no lo conseguí.

Al regresar con el resto, me seguía doblando sobre mí misma de dolor.

Gases, estaba segura de que eran gases. Y lo achacaba a la posición anterior. La barriga habría comprimido los intestinos y ahí se habría producido un embotellamiento o algo similar.

Traté de caminar para eliminarlos. Traté de coger a algunas de las hijas de mis amigas pero fue en vano, pues el dolor era muy intenso. Y traté de cagar, así, sin más. Me encerré en el baño pequeño, cuyo nombre se debe, no solo a lo reducido de la estancia, sino del váter en sí.

Y es que, una mujer en avanzado estado de gestación, con la progesterona ralentizando todo lo que haya en su tubo digestivo, no está hecha para cagar en un váter de los de asiento. No, no y no. No es una posición fisiológica. Ahí estaba yo, sintiéndome una gigante, con el tronco echado hacia detrás por efecto de la tripota, las piernas separadas, y sin nada a lo que agarrarme para hacer fuerza con el abdomen.

Me sentía como la madre del protagonista de la película Léolo cuando le dice a su hijo pequeño: «¡Empuja Léolo, empuja!», toda ella una masa de carne sudada y prieta que trata enseñar a cagar a su hijo pequeño en el orinal.

Finalmente, todos se fueron marchando y solo quedó una de mis amigas, la que me había aconsejado subir las piernas.

Para entonces yo estaba cerca de la piscina, en el césped, escondida detrás de unos matorrales y a cuatro patas, tratando de entender qué me sucedía. Marido andaba rondando por la zona con las dos hijas de mi amiga cogidas de ambas manos. Entonces le dije que se marchara, que necesitaba ponerme en cuclillas y cagar, al fin, para liberarme del dolor infernal.

Y eso hice. Y funcionó.

Yo estaba aturdida por el dolor y lo escatológico de la situación, tratando de disimular delante de mi padre, quien seguro se preocuparía, y diciéndole a Marido que trajera una bolsa de plástico. Mi amiga aparecía a cada rato preguntándome cómo estaba y asegurando que aquello eran contracciones, no cólicos.

Recogí la mierda con la mano, la metí en una bolsa de plástico y salí de mi escondite.
Mi padre, al verme salir con una bolsa en la mano y la cara contraída me preguntó qué sucedía.
Ya estaba oscureciendo. Y entonces el dolor volvió con redoblada intensidad y pensé que tal vez sí fueran contracciones.

Marido me llevó a urgencias y allí confirmaron que sí eran contracciones, pero de pre-parto. Lo que significaba que podían o culminar en el parto o frenarse sin más. La médica no me creyó cuando le expliqué que todo se había iniciado por una postura desafortunada que me había hecho tener más gases. Me miró con escepticismo y me explicó que si no había rotura de la bolsa, expulsión del tapón mucoso o contracciones más intensas, regulares y frecuentes, no volviera.

Mi parto-zurullo nº 2

Las contracciones no culminaron en ningún parto, y yo seguí haciendo vida normal.
Pues bien, el lunes fui con mi hermana a la playa y se volvió a repetir la misma situación. Me aconsejó que pusiera los pies en alto. Yo estaba sentada en una silla de asiento no demasiado profundo, por lo que ya la barrigota topaba de por sí contra los muslos. Pero al elevar las piernas y ponerlas sobre la neverita esa presión fue a más.

Cuando me levanté para caminar por la orilla y reducir la llamativa hinchazón de pies y piernas, noté el dolor insoportable de nuevo en el bajo-vientre.

¿Cólico o parto? Ni idea. Yo estaba segura de que eran gases de nuevo.

No podía moverme. Mi hermana me preguntaba qué tipo de dolor era y yo aseguraba que gases, que tenía muchas ganas de cagar. Entonces ella, que conocía la historia del sábado anterior dijo: «Vale, entonces son contracciones, te llevo a urgencias».

En urgencias se repitió la misma historia: sí eran contracciones pero de pre-parto. Y bla bla blá. Me hicieron un tacto que me dolió muchísimo y el resultado fue: cuello del útero muy posterior, que aunque borrado, no estaba dilatado nada de nada. A casa y no volver más hasta que la cabeza del niño estuviera asomando.

Una vez en casa, me encerré en el baño e hice lo propio: cagar.
¡Ay, váteres estándar, que no estáis diseñados para embarazadas! Me agarré con fuerza a la taza para poder empujar, y entre jadeos y gritos, lo conseguí. De nuevo mi parto había sido un zurullo.

Al salir del baño, Hermana Mayor y Marido me preguntaron si es que aún tenía contracciones, que qué habían sido esos ruidos.

¡Qué vergüenza! Ni cagar puedo en mi propia casa sin que se me interrogue.

Las contracciones desaparecieron y yo sigo haciendo vida normal. OVObebé se sigue desarrollando dentro de mí y cuando nazca lo hará con traje de chaqueta y un título universitario en la mano.

Y yo sigo intrigada por mis primeras contracciones de pre-parto desencadenadas por unas ganas de cagar infructuosas.

8 opiniones en “Cagar”

  1. Buenisimo,explicas todo lo que nadie te cuenta cuando te quedas embarazada,me he reido mucho con el vater estandar,ya tengo ganas de que nazca Antonio para ver tus andanzas con la maternidad.
    Un beso.

    1. Es verdad que nadie te lo cuenta, a mí me hubiera ayudado mucho saberlo. Ahora sé que fueron problemas de tránsito intestinal (gases, vaya) que ocasionaron contracciones debido a la cercanía con el útero, y no al revés. Y no sabía que eso pudiera pasar.

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