Cádiz. Un destino no apto para infértiles

Este verano mi chico y yo hemos optado por alquilarnos un chalet en Caños de Meca, en el municipio de Barbate, provincia de Cádiz.

Caños de Meca está a 800 kilómetros de distancia, unas 8 horas y media en coche desde Valencia. El turismo es principalmente local. Por eso nos gusta. Por eso y por sus playas de agua fría, jalonadas por pinares y dunas salpicadas de barrones.

Nos ha encandilado la Playa del Faro, junto al Faro de Trafalgar y cerca de la Playa de Zahora. Debido a su acceso a pie solía estar poco transitada. Ahí que nos dirigíamos todas las mañanas, cargados con sendas mochilas y tumbonas, la sombrilla y la neverita bien surtida. La playa posee una arena tostada no demasiado fina, por lo que no penetra hasta el último rincón del equipaje. Las dunas la bordean por el norte, y más a lo lejos los pinares. El faro es la única construcción a la vista.

El castigo de la no maternidad

Una vez acomodados pasábamos el día bañándonos en las frías aguas del Atlántico, leyendo y bebiendo cerveza.
Pues bien. El infierno empieza una vez el cuerpo se relaja y la mirada aturdida por el alcohol y el sol comienza a divagar. ¿Y qué aprecia? Madres. Madres con cuerpos adolescentes de pieles tersas y tostadas. Cuerpos que ostentan tatuajes de la más diversa índole y en los recodos más dispares, como los muslos, los gemelos y el hueco poplíteo, amén de los ya recurrentes tobillos, antebrazos, muñecas y nucas. Las mujeres caminan frente a mí por la orilla perseguidas por sus vástagos que las miran con devoción. En ocasiones es tanta la juventud que aparentan que tengo que parpadear varias veces para tratar de hallar un atisbo de algún otro vínculo entre la nínfula y el pequeño, como el de tía o hermana.

Terror en el chiringuito de Cala Isabel

Muchos días caminábamos hasta el chiringuito más cercano en Cala Isabel. Construido con un armazón de palos blancos y techumbre de paja, nos gustaba por su austeridad.

El sol se abre paso de manera fragmentada sobre las mesas. Pedimos un gin tonic de fresa yo, y cerveza él. Estamos muy relajados mirando el mar y oyendo a Juan Perro.
De pronto se sienta un hombre frente a mí de antebrazos tatuados con motivos tribales. Lleva sombrero de paja y barba rala. Posee las extremidades depiladas. Al sentarse acude a su regazo una niña de unos 7 años que desea alzarse sobre los muslos de papá haciendo mil cabriolas para no caerse. El padre la sujeta y se sabe depositario de las miradas de las que allí estamos, pues su cara es simétrica y atractiva.

Me digo: otro padre joven. Cualquiera imaginaría que tiene una hija con ese aspecto tan impoluto. Las amigas madres que conozco no pasan del coletero como máximo adorno.

Al cabo aparece otra niña de unos 5 años y corte de pelo estilo bob, que también desea subirse a los muslos de papá. Mi asombro es ahora mayúsculo.

La madre

Y llega la madre, ¡esa diosa de la fertilidad!, enfundada en un vestido de punto rosa chicle y hombros descubiertos.

Lo primero que miro es su barriga, que apenas se dibuja bajo la prenda. Estoy obsesionada con las barrigas, pues a pesar de mi infertilidad supina, tengo una barriga que bien podría confundirse con un embarazo de 4 meses.

Lleva el pelo brillante y lacio recogido en un moño del que escapan algunos mechones. Tiene una dicción cuidada en la que las eses finales resaltan frente al resto de letras. Su marido la mira y le pide que le haga una foto con sus dos hijas sobre él. Yo no puedo dejar de observarla e intentar calcular, con recelo, la fecha de su primer parto. 25 años, si la pequeña parece tener 7 y ella aparenta 32. Su aspecto es relajado. Toma varias fotos y camina con tranquilidad hacia la barra.

¿Beberá alcohol? Su delgadez me hace pensar que no.

En busca de consuelo

Trato de consolarme pensando que acaso él sea su primer amor, y que ella no ha vivido otras tantas relaciones que yo sí. [Luego me deprimo al recordar la mayoría de esas relaciones, decepcionantes, algunas de las cuales más me hubiera valido no experimentar, con la salvedad, eso sí, de mi top ten comprendido por Toni, Pierre y Patrick, o como yo prefiero llamar, T-P-P].

Trato de consolarme pensando que ella no es médico, como yo, pues debido a su temprana maternidad no habrá podido dedicarse a una carrera tan complicada. [Acto seguido me deprimo al recordar que yo tenía 25 años cuando acabé la carrera, y que algunas compañeras comenzaron a quedarse embarazadas durante el periodo de residencia o MIR, por lo que sí podría ser médico, o arquitecto].

Miro a mi chico, 12 años mayor que yo, y pienso en los dos años que llevamos intentando ser padres. Hace dos años yo hubiera sido una madre joven, pero pasados los 35 ya no.

Miro a mi chico y pienso en nuestra breve relación de 4 años, que debería estar salpicada de conversaciones chispeantes y sexo a porrillo. Y veo cómo esos padres hablan, y parecen disfrutar con su conversación. ¡Además de!

La gota que colmó el vaso

Por si no hubiera sido poca la tortura, aparece un tercer vástago, un niño de unos diez años de edad. ¡No puedo cerrar mis ojos! También trata de subirse sobre los muslos del padre, y éste sujeta a los tres y sus antebrazos de motivos tribales se ponen tensos, y la madre toma fotografías con sus hombros perfectamente torneados mientras da indicaciones a los niños en un tono coqueto que seguro yo no sabría emplear y ni siquiera empleo ya con mi pareja de 4 años de evolución.

¿Y el cansancio del que me hablaron mis amigas las madres y mi Hermana [por tratarse de mi hermana mayor me referiré a ella con mayúscula]? ¿Y la irritabilidad, los gritos, la desobediencia infantil?

Observo cómo la madre se contonea y se dirige a la arena a recoger las cosas. Y me lleno más de asombro si cabe al ver cómo agarra del suelo un capazo de mimbre con espacio para un pareo y un frasco de crema solar, y una sombrilla tamaño individual. ¿Dónde se hallan las mallas llenas de pelotas, cubos y palas pringados de arena que les ensuciarán el coche? ¿Dónde las mochilas con la ropa de abrigo de los niños, y los bañadores de recambio? ¿Dónde la sombrilla extra-grande y las tumbonas y sillas de playa? Recuerdo a mi Hermana bajando a la playa y sus no menos de cinco bolsas en total.

Parecen hijos de postín alquilados por una pareja de novios imperturbable en su amor y juventud.

Mi chico exclama que seguro son hijos de otras parejas agregados por ambos. “El niño es de ella; la mayor de él; y la pequeña la hija en común”.

Le doy las gracias por tratar de animarme, me pongo mis gafas y leo el libro que me regaló por mi 36 cumpleaños, un poco achispada ya.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.