Betaesperanza

De mi donante anónima, rubia, ojos verdes, de inteligencia desconocida y hábitos desconocidos, obtuvieron 18 ovocitos maduros el día 1 de noviembre en la llamada «punción folicular». Pero a mí no me llamaron, o si me llamaron fue a primera hora de la mañana y no lo cogí porque tenía el teléfono en silencio y porque creía sería un recordatorio de que Novio tenía que ir a dejar su muestra de esperma. Novio fue solo, yo me quedé en la cama. Era miércoles, festivo.

Porno demasiado duro
Novio me envió una foto desde la habitación de la clínica con los pantalones bajados, y luego otra de las revistas porno que había. Me contó más tarde que era un porno tan duro que no le ponía nada, por lo que hubo de mirar un vídeo en el que un viejo se follaba a una gorda. «Así será cómo habremos procreado a nuestro bebé», pensé.
No comencé a ponerme los óvulos de progesterona porque no me llamaron en todo el día, y las palabras exactas de mi ginecóloga fueron: «deberás comenzar con la progesterona si solo si te llaman, dos óvulos por la noche».
Intrigada sobre qué debía hacer, dejé pasar el día tras haber llamado a la clínica y responderme que no me la pusiera, que no sabían cómo iba lo de los ciclos de ovodonación. Esto no es una novedad, nunca me resuelven las dudas al teléfono. Estaba preocupada: ¿no había habido fecundación y por eso no me habían llamado para iniciar el tratamiento con progesterona?

Si las cosas tienen que salir bien, salen bien
Al día siguiente volvieron a llamar: habían fecundado 14 ovocitos, y el lunes nos dirían cuántos habían llegado a fase de blastocisto. Ese mismo día, lunes día 6, tendría lugar la «transferencia embrionaria» o «el transfer», por su traducción del inglés. Y la progesterona debía habérmela comenzado a poner la noche anterior, día 1 de noviembre. La enfermera al teléfono me regañó: la llamada a primera hora del día anterior había sido para recordarme que debía iniciar el tratamiento con la progesterona por la noche. Yo creí que, puesto que aún no sabíamos si había o no fecundación a una hora tan temprana, no tenía sentido augurar una toma de progesterona que podía desajustar un nuevo ciclo en caso de que hubiera que repetir donante.
Recuerdo tener esta conversación por la calle, llegando a casa del trabajo. En ese momento vi a novio a lo lejos y recuerdo que le grité: ¡catorceeeee! Y me eché a sus brazos mientras la enfermera del IVI seguía al teléfono.
Comimos en el Beirut King para celebrarlo Novio y yo, unas fajitas asíaticas de pollo frío. ¡Catorce embrioncitos que eran nuestros! En mis cuatro FIV previas solo conseguimos cuatro ovocitos maduros, pero cuatro fecundados, eso sí. Los bichines de Novio son potentes. Me introduje los dos óvulos de progesterona en el baño del restaurante porque ya me había saltado la toma de la noche anterior y la de esa mañana.

Una noticia agridulce
El lunes 6 llamaron a las 12 del mediodía y la embrióloga me dijo que de los catorce, dos habían llegado a día cinco o fase de blastocisto, y quedaban otros seis en observación.
Las noticias no me parecieron demasiado halagüeñas. ¿Por qué? Porque mi intención siempre había sido transferirme dos blastos, a pesar de las réplicas de Novio. ¿Por qué? Sencillamente, porque así aumentaban las probabilidades de embarazarme al menos de uno de ellos, existiendo, eso sí, el riesgo de embarazo múltiple. Pero solo con dos blastos no me la quería jugar todo a un único transfer, por aquello de que quizá el endometrio no está igual de receptivo en uno u otro mes. Así pues, tras muchas dudas, decidí ir al transfer con un solo blasto. (Más tarde supe que de los seis que había en observación habían vitrificado cuatro, por lo que teníamos en total cinco blastocistos de reserva, ¡qué alegría!).

La tercera transferencia embrionaria de mi vida
Me bebí un litro de agua una hora antes, a las 15 horas, y a las 16 horas llegamos a la clínica. Tras unos minutos de espera nos llevaron a una habitación habilitada para los transfer que no era un quirófano. Entró mi ginecóloga seguida de los embriólogos, los cuales portaban una mini incubadora donde se hallaba uno de los blastos. Novio me dio la mano muy fuerte durante todo el proceso, ¡estábamos procreando! Una procreación exógena, como los peces. El producto de nuestra fecundación ya estaba creado y estaba fuera de mí. Era raro de cojones.
La ginecóloga introdujo el espéculo, limpió los restos de progesterona, introdujo la cánula hasta el útero y lo vi todo en la pantalla del ecógrafo gracias a la vejiga tan llena de líquido. Cuando le dieron el embrión y lo depositó en el endometrio se apreció una mancha blanca minúscula que realmente, nos dijeron, correspondía al caldo de cultivo del embrión. Me eché a llorar. Novio tenía los ojos enrojecidos. Se hizo un silencio en la habitación, y tras comprobar los embriólogos que no había restos del embrión en la cánula, nos dejaron a solas con las instrucciones post transfer.
Me sentí rara. Mis dos transfer previas habían sido totalmente indoloras. Esta sí me había molestado bastante, y temí lo peor, pues los microtraumatismos en el endometrio pueden desencadenar una serie de contracciones que pueden llevar al traste la implantación, la cual, si todo iba bien, tendría lugar en las 24 horas posteriores al transfer. Me levanté, me vestí y no hice reposo, puesto que en mi clínica no lo recomiendan.
Entonces recordé un artículo que había leído, donde decía que las paredes del útero eran como las dos palmas de las manos impregnadas de crema hidratante unidas una a la otra, y el embrioncito sería como un trozo de papel colocado enmedio. Era imposible que se moviera auque me pusiera de pie.
Novio me dejó en casa y me sumí en un profundo sueño.
Quedaba inaugurada la betaespera.

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