Terrores nocturnos

Llovió en Valencia. Y desde que llovió mis bronquios se han quedado «atascados» en un estado de constricción brutal que me impide llevar una vida normal.

Exactamente empecé a sentirme mal el martes día 6 de febrero. Primero comenzó como un cansancio extenuante para después convertirse en una losa que se depositó sobre el tórax y me impedía respirar. Me automediqué con Symbicort pero ya conozco mis ataques de asma, y no siento absosultamente ningún alivio con los inhaladores.

También sé que cuando voy al médico y me ausculta éste constata la ausencia de sibilancias o pitidos, lo que implica que subjetivamente estoy bien. Y yo les pregunto: «¿Y por qué me asfixio?».
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Anti slow-life

Una compañera de trabajo se reía de mí porque me referí a mi bebé con el término «feto». Como las infértiles somos expertas en embriología, a mí me pareció de lo más normal llamarle así. Primero blastocisto, después embrión y a partir de la semana 12, feto.

Un documental de La Dos
Tal vez debido a lo artificial del proceso que supone una FIV, y más tratándose de una ovodonación, me siento como expectadora ajena de todo cuanto ha acontecido a mi alrededor, desde la punción de la donante hasta el transfer e incluso la determinación de la beta positiva en sangre, como si se tratara de un documental.

O tal vez por los sangrados vaginales que tuvieron lugar desde la semana sexta hasta la novena en que pensé que todavía no debía hacerme ilusiones, he procurado mantener la idea del bebé alejada de mí, y la forma más adecuada de llamarlo siga siendo esa, «feto».
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Preciosas asesinas

Siempre he tenido una relación amor-odio con mis tetas.
[Para empezar, quiero reivindicar el término «teta» y no el de seno, mama o pecho].
Mis tetas tienen una morfología cónica de adolescente, con la base mucho más ancha que el vértice. Conforme he ido cumpliendo años y ganando kilos, las tetas se han rellenado pero su forma ha seguido siendo la misma. Son turgentes y se mantienen rectas aun sin sujetador.
Tengo unas tetas bonitas.
Están coronadas por un pezón de gran tamaño y una areola nada desdeñable. El bebé no pasará hambre, de eso puedo estar segura.
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Soñando con bebés

El sueño que he tenido es digno de una película de Guillermo del Toro por su estética gótica y preciosista.

Ultimamente sueño mucho con amigas. Algunas veces son amigas que lo fueron una vez pero la relación se truncó, o por la distancia o por la toxicidad de la misma. Sin embargo el sueño no solo atenúa lo que fue una relación difícil sino que la exalta y la edulcora y acabamos siendo las mejores amigas, y siento una plenitud parecida a la que se experimenta al llegar a casa, o parecida a ese apego con los padres de la primera infancia.

En este sueño que he tenido hoy pasaban muchas cosas. Se iban sucediendo una detrás de otra sin solución de continuidad pero todas eran placenteras. En una de las imágenes veía a mi amiga Raquel de Suiza, a la que conozco desde los 12 años y que está embarazada y a punto de dar a luz. Desde que eliminé mi cuenta de WhatssApp he tenido menos relación con ella. En Nochevieja le escribí desde el móvil de Novio y me hizo mucha ilusión. Pero al final nunca hablamos por Skype como yo pretendía.

He soñado muchas de veces con ella, en Suiza o en Oropesa, donde nos conocimos. Ir a su casa siempre ha sido reconfortante por lo cálida que es toda su familia. Los sueños en Oropesa también son igualmente mágicos. Cualquier sueño en el que haya una playa interminable de aguas heladas y cristalinas me apacigua y me exalta a un tiempo. He soñado muchas veces con la playa y siempre me despierta un deseo inmenso de volver a una. O sueño que hay una playa en mi chalet, que está en el monte, y es tan fácil llegar a ella.
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Inconsciencia de embarazada

Sabía que esto iba a suceder. Algo que por otra parte es tranquilizador. Ya no pienso en el feto. Ya no me obsesiona la idea de quedarme embarazada y ni siquiera la del embarazo. Entra en mi naturaleza perezosa.

He pasado de la fase de la infertilidad a la de la fertilidad y por tanto, a la de la normalidad.

En muchas otras facetas de mi vida he actuado de igual modo, es decir, sin alardear.

A mi alrededor mucha gente ya ha sido madre, por lo que el embarazo no les resulta ninguna novedad digna de ser recordada. Salvo las escritoras de blogs sobre maternidad que persisten en sus descripciones del puerperio, de la lactancia, de su segunda maternidad y demás, el resto no encuentra interesante el embarazo. O quizás sea una proyección de lo que yo opino al respecto.

En mi caso la infertilidad fue un desgaste porque hube de salir de mi pereza habitual para entregarme con todas las ganas al proyecto de ser madre. Pero de no haber tenido una baja reserva ovárica las cosas hubieran sucedido de manera muy diferente: me hubiera quedado embarazada un día cualquiera, casi sin enterarme. Habría bebido alcohol las semanas en que hubiera desconocido mi estado. No hubiera tomado ácido fólico, ni tal vez hubiera pedido visita con la matrona, ese intermediario entre el embarazo y el ginecólogo que solicita la análitica general, el triple screening y la curva de la glucosa.
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