Anti slow-life

Una compañera de trabajo se reía de mí porque me referí a mi bebé con el término «feto». Como las infértiles somos expertas en embriología, a mí me pareció de lo más normal llamarle así. Primero blastocisto, después embrión y a partir de la semana 12, feto.

Un documental de La Dos
Tal vez debido a lo artificial del proceso que supone una FIV, y más tratándose de una ovodonación, me siento como expectadora ajena de todo cuanto ha acontecido a mi alrededor, desde la punción de la donante hasta el transfer e incluso la determinación de la beta positiva en sangre, como si se tratara de un documental.

O tal vez por los sangrados vaginales que tuvieron lugar desde la semana sexta hasta la novena en que pensé que todavía no debía hacerme ilusiones, he procurado mantener la idea del bebé alejada de mí, y la forma más adecuada de llamarlo siga siendo esa, «feto».

Hoy me ha salido un hermoso «mamá»
Hoy tenía quirófano de cataratas con mi residente de cuarto año. Yo no me encontraba bien debido al asma que siempre acontece cuando hay lluvias, y me notaba somnolienta y con pocas ganas del subidón de adrenalina que supone enseñar a operar a otro u operar una misma cuando se trata de una cirugía complicada. Pero me he alegrado al comprobar que la residente está más que enseñada, y que apenas me he lavado con ella en la primera cirugía para mantenerme sentada frente al monitor en las sucesivas, supervisándola en la distancia.

Pero en la tercera catarata he debido de sentarme yo debido a la dificultad del proceso. He respirado hondo y he salido de mi ensimismamiento alérgico (el que tenga alergia sabrá a qué tipo de ensimismamiento me refiero) para enfrentarme a ese ojo y al paciente que subyacía bajo el campo quirúrgico estéril.

Pues bien. Durante uno de los pasos especialmente complicado se me ha escapado la siguiente frase: «Tú tranquilo bebé, que aunque mamá empiece a ponerse nerviosa tú no debes estresarte». El cortisol es la hormona que se segrega en situaciones de estrés, y creo que durante media hora inundé al feto con oleadas de la misma.

Me he sorprendido llamándome a mí misma mamá.

En lo sucesivo y tras los ataques fuertes de tos a los que me entregaba, he susurrado: «Tú no salgas de ahí dentro en uno de estos arranques de tos, que me ha costado mucho tenerte».

Ha sido la primera vez que le he hablado a mi bebé procedente de una FIV por ovodonación. Y me he emocionado.

Anti slow-life
Es curioso cómo somos los humanos. No me ha importado someterme a un montón de ecografías vaginales, pinchazos con medicación hormonal en la piel del abdomen y medicación oral en no una si no cuatro FIV. Someterme a cuatro intervenciones quirúrgicas para la punción folicular. A dos transferencias embrionarias con una cánula que alcanza el útero. E incluso a un legrado.

En el proceso de ovodonación todo ha sido mucho más sencillo. Unicamente hube de pincharme dos tipos de hormonas para, a continuación, pasar a introducirme dos óvulos de progesterona cada 12 horas desde el día 1 de noviembre en que tuvo lugar la punción de la donante hasta la semana 12 de embarazo, así como pegarme dos parches de Evopad 75mg cada dos días en la piel de los muslos.

Pero una vez he llegado a la semana 12 y me han retirado la medicación, se ha puesto de manifiesto mi naturaleza perezosa, como ya comentaba en otro post.

Pues bien. Ultimamente sí soy más proclive a ponerme la crema antiestrías de manera sosegada en la piel del abdomen, muslos y tetas. Normalmente me la ponía de uvas a peras y mientras hacía otras muchas cosas a la vez: hacer la cama, doblar ropa o leer unos apuntes. Y lo hacía depositándola a pegotes, sin retregarla apenas. Detesto su contacto frío y su olor, así como que la ropa se quede pegada después.

Para ciertas cosas soy lo que yo llamo anti slow-life. No puedo recrearme en ir a comprar comida al supermercado, y cuando entro en alguno camino de la forma acelerada habitual mirando la lista de la compra sin detenerme en ningún producto nuevo o apetecible.
Si alguna vez he ido al Mercado de Ruzafa lo he lamentado terriblemente por las enormes colas que se deben guardar para obtener cualquier alimento, ya que en el mercado el producto te lo sirven los tenderos y, además, así se refuerzan los lazos vecinales, porque ir a comprar implica dar conversación a alguien. No he vuelto a ir al Mercado de Ruzafa.

Lo mismo me sucede con cualquier tienda de barrio, como la zapatería en que también debemos esperar a ser atendidos y los clientes se explayan enormemente sobre sus zapatos o bolsos de cuero estropeados. Podrían ser buenos literatos, no hay mucho que yo pueda decir acerca de mis zapatos más que «necesito que me cambies las tapas, cuánto es». Cada visita al zapatero supone una media hora de espera si delante de mí hay uno o dos clientes.

Sin embargo, mi peluquero de barrio me encanta porque, pese a las tres horas que estuve para hacerme la taninoplastia, no me dio conversación más que para ofrecerme un té, y mientras yo pude estudiar la oposición.

Ponerme la crema de cara o de cuerpo también son actos en los que jamás me he recreado, así como ducharme, secarme el pelo, lavarme los dientes o cocinar. Suponen tanto tedio para mí que cuanto antes los acabe mejor. Sin embargo, sí soy capaz de estar tres horas de reloj mirando una película sin moverme, o leyendo cosas en la pantalla del teléfono móvil, o un libro o estudiando.

Pero desde que las semanas de embarazo van pasando y voy asimilando la idea de la maternidad, el ponerme la crema antiestrías ha dejado de ser una actividad anti slow-life para pasar a ser algo más slow. Tampoco me recreo en ese gesto como sí se lo vi hacer a una compañera de trabajo, la cual se tumbaba en la cama de la habitación del hospital donde estábamos de guardia y se frotaba la barriga durante diez largos minutos que a mí se me hacían horas mientras “conectaba con su bebé”.

¡Pero si no estás sola!
El fin de semana pasado fui a un curso de Oftalmología Pediátrica a Madrid. Cuando llegué al hotel a las 7 de la tarde del viernes, exhausta después de todo el día de intensas conferencias, me invadió un estado de euforia y la necesidad de compartir mi estancia en aquella habitación de lujo con alguien. Se trataba de un hotel de cuatro estrellas situado en la Gran Vía madrileña.

Me aseé, dejé la maleta y el bolso y me fui a dar una vuelta. Entonces me di cuenta de que me sentía un poco sola. Cuando se lo dije a una amiga más tarde esta me dijo: «No estás sola, estás con tu bebé».

No sé si será debido a la cientificación que se apodera de todas las infértiles, que nos convertimos en expertas en dejar de ver la procreación como un hermoso milagro y verla como el resultado de un montón de esfuerzo, sudor y lágrimas (y dinero), que de momento al bebé lo sigo manteniendo en un segundo plano y alejado de mí.

Pero estoy contenta por ese hermoso y espontáneo «mamá» que he exclamado hoy en quirófano.

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