Abuela mágica

Estos días he asistido con estupor a la magia que posee la abuela materna (mi madre) para con el crío y me gustaría compartirlo con todos vosotros, pues vengo de pasar cinco días con mis padres en su casa de campo.

Dormirlo en la cuna
Si me llegan a decir que Bebé dormiría un par de siestas en la cuna no me lo creería. Hemos cogido la costumbre del colecho y no me visualizo pasándolo a su propia cuna aunque lo estoy deseando. Pero es la coletilla del «ya lo haré», como cuando una se propone hacer dieta pero come a dos carrillos pan con chocolate. «Ya lo haré». A ver, si yo duermo a Bebé a la teta la opción sería pasarlo a la cuna después de haberlo dormido. Pero si se vuelve a despertar, ¿entonces la idea es sacarlo de la cuna cada vez para darle de mamar? Bfff.

Pues sí. Abuela Mágica dijo que sí. «Déjalo en la cuna y cuando llore, lo sacas, le das de mamar y lo vuelves a dejar en la cuna». Así de simple.

Además se trataba de la cuna de casa de mis padres, pero de la casa de campo de mis padres, el chalet. Una cuna que nunca he usado, que no sé ni montar, plegable, de viaje, con los barrotes de malla y el reborde superior blandito, casi como un parque infantil. Mi madre dijo: «voy a dormirle».

Punto número 1: no sabía que alguien pudiera dormir a Bebé sin mi teta. Pues Abuela Mágica lo hizo.
Punto número 2: no sabía que Bebé pudiera pasar más de diez minutos en cualquier tipo de cuna. Pues durmió una siesta matutina de hora y media.

[Esa misma noche, tras dormirle con la teta lo pasé a la cuna, salí de la habitación triunfante y en cuanto me fui Bebé volvió a llorar; acabó en mi cama].

Entretener a Bebé me genera ansiedad
Pues sí. Sobre todo estos día que he pasado en el chalet de mis padres, de lunes a viernes con el mal tiempo incluido: la casa es grande, el jardín tupido y el entorno bucólico. Pero no había tantos juguetes ni tantos cuentos como en mi casa. No había el entretenimiento de la ciudad a la que estoy acostumbrada: gente, tiendas, supermercados. Y una cree que Bebé se aburre si no le está estimulando constantemente, sin saber que Bebé es feliz simplemente con tenerme cerca y ya está siendo estimulado, pues para él todo es nuevo: la grama del jardín, los gatos de campo, los pinos y los cipreses, las petunias.

Cuando llovía me estresaba no poder sacar de casa a Bebé, y me abrumaba la sensación de que se podría aburrir.
¡Abuela Mágica al rescate! Lo cogía, lo sentaba en la hamaca [jamás lo siento en la hamaca porque pienso que está incómodo y quiere bracitos] y le cantaba, o le daba un plástico retorcido para hacer ruidito, o le daba un cacho de pan duro para roer [jamás le doy pan duro por mi paranoia de que puede morir atragantado].

Cuando Bebé parecía estar aburrido, lo cogía, lo sentaba sobre su regazo y le cantaba mil canciones infantiles, gesticulando mucho. Después lo ponía en la cuna-parque donde Bebé se mantenía de pie agarrado al reborde superior y dando pasitos así en lateral.

Cuando de nuevo se aburría se lo llevaba en la hamaquita a la cocina y cocinaba junto a él, y Bebé de lo más entretenido con cacho de pan en mano.

¡Y yo alucinaba! Ni rastro en el rictus de Abuela Mágica de la ansiedad que a mí me produce el hecho de entretener a un bebé tan pequeño y más aún no estando en nuestra propia casa con mis rutinas ya establecidas. Abuela Mágica se lo veía todo hecho: ¿que se aburre? Pues a cambiar de actividad. ¿Que no se puede salir porque llueve? Pues a entretenerlo en casa con cualquier cosa. Bebé no se aburre. ¡No se aburre!

Nunca he podido hacer otra actividad con Bebé
Cuando Bebé duerme sus dos siestas, una de once a una y la otra de tres a cinco suelo perder el tiempo tontamente: veo alguna serie de Netflix, wasapeo, duermo o miro al techo [también estudio]. Pero lejos ha quedado mi rutina de tener siempre varios libros al acecho. Antes leía mucho.
En una de sus siestas matutinas Abuela Mágica y yo estuvimos descubriendo libros en la biblioteca que habían pertenecido a la mía de cuando vivía en un piso de soltera. Había auténticas joyas literarias y me apenó mucho el haber abandonado un poco ese placer. Y es que muchas veces lo que hago cuando Bebé duerme es esperar a que se despierte.

Abuela Mágica no podía dar crédito. «¡Ponte ahora mismo a leer!». Y eso hice. Empecé un libro maravilloso y casi voy por la mitad. Ya no tengo la ansiedad de «Bebé se va a despertar en cualquier momento». Soy capaz de concentrarme. Abuela Mágica se pone la radio con Bebé, le pone música clásica, y hasta es capaz de ver una película entera con él al lado.

«Tienes que atesorar muy bien tu tiempo con un hijo; cuando erais pequeños yo leía poesía mientras os daba de mamar, y también escribía mucho». Yo he leído cuando Bebé era más pequeño y le amamantaba y lo dormía. Pero ahora que requiere tanta energía porque pasa mucho más tiempo despierto leo menos. Antes leía monografías enteras sobre algún tema que me interesara: ¿la poesía de Rilke? Pues en mi antigua biblioteca tenía decenas de libros del autor, y otros tantos ensayos sobre el mismo.

Aquel día en que supe que podía volver a leer dudé entre un libro de poemas de Rilke, otro de poemas de Machado, una novela de Belén Gopegui y otra de Milan Kundera. Me generaba ansiedad la arbitrariedad de mi elección: no tenía ni idea de cuál escoger, además hace mucho que no tengo mi plan de lectura como sí tenía antes y sabía qué libro iba después. Además hay tantos libros en casa de mis padres, y tanto que leer.

Finalmente opté por el de Milan Kundera y me está gustando muchísimo. Ahora no espero yerta a que Bebé despierte cuando duerme su siesta, sino que me enfrasco en la lectura y soy capaz de concentrarme. También le pongo música.

En definitiva, Abuela Mágica me ha dado una lección valiosa de crianza: todo es más simple de lo que parece. ¡Ojalá pueda llevarlo a cabo por mucho tiempo!

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