El drama de la esterilidad made in Hollywood

Muchas veces, cuando veo una película norteamericana del tipo drama o melodrama, y ésta llega a su fin acompañada de una poderosa banda sonora que, a bombo y platillo, anuncia que el protagonista ha aprendido algo de su tragedia, una desearía experimentar una tragedia similar, o al menos contada al modo estadounidense donde todo parece menos grave, para salir airosa de la misma con una lección bien aprendida.

Sin embargo, cuando una vive el drama de la esterilidad nada parece edulcorado ni oye una banda sonora de fondo que le haga alzarse victoriosa con el puño en alto. No.

Una tiene miedo al oír la palabra hormona antimülleriana (HA) por primera vez, testar su cifra en la tabla de valores y darse cuenta de que está muy por debajo de la media para una chica de su misma edad.

Tiene miedo cuando escucha tratamientos de reproducción asistida, y cuando sabe que la inseminación artificial (IA) probablemente no será efectiva aunque se haga una por probar.

Le fastidia no poder ni hacerse la prueba de embarazo debido a que ese mismo día le ha bajado la regla y se confirma que efectivamente, la IA no ha sido efectiva.

Y más le fastidia el que la pasen a un hospital más grande para empezar la fecundación in vitro (FIV).

Llora amargamente cuando en ese hospital le repiten el valor de la HA y en el laboratorio del nuevo hospital el valor es aún más bajo. Y desestiman realizar ninguna FIV debido a que no tiene el número de folículos antrales mínimo para ello, que son tres.

Entonces piensa que no van a poder con ella, y pide cita en una clínica de fertilidad privada (IVI), y se practica su primera FIV donde consigue dos ovocitos y dos embriones a día cinco o fase de blastocisto.

Pero el test de embarazo tras implantarle uno de los dos embriones es negativo. Y al descongelar el segundo embrión este no sobrevive.

Se realiza una segunda FIV donde consigue dos ovocitos y también dos embriones a día cinco, y esta vez decide que le transfieran los dos. El test de embarazo es positivo, 630 mUI/ml, y ella cree que está embarazada, pero la ecoespera, esa espera hasta la primera ecografía es aún más amarga que la betaespera, y la cara de la ginecóloga es un poema al mirar la pantalla del ecógrafo y advertir que la vesícula vitelina tiene un tamaño de 7 mm, esto es, más grande de lo normal, lo que es signo de mal pronóstico. Y se realiza la determinación de la fracción beta de la gonadotropina coriónica humana (BHCG) y comprueba que aunque sí aumenta, no ha duplicado su valor cada 48 horas como debería si el embarazo fuera evolutivo. Tras 10 días angustiosos de pruebas y analíticas concluyen que el embarazo no es viable y se debe practicar un legrado.

Se establece que el embrión tenía una trisomía del cromosoma 22, y resulta que a partir de los 35 años la posibilidad de que el embrión tenga alguna alteración cromosómica es elevada, por lo que la ginecóloga le propone realizar el diagnóstico genético preimplantacional (DGP) en los embriones resultantes de los siguientes tratamientos para estar seguros de que el embrión a implantar es sano.

Se coge una baja de dos meses y medio para centrarse en sus tratamientos de reproducción asistida, pero en el primero de ellos (el tercero de su vida) no se obtiene más que un ovocito que no es maduro. Y en el segundo (el cuarto de su vida) se obtiene un ovocito maduro que no fecunda.

No oye ninguna música victoriosa cuando la pasan a ovodonación, algo que le aterrorizaba allá por los albores de 2016 cuando supo de su baja reserva ovárica, y a lo que ahora se aferra por ser su última esperanza de ser madre.

Y se pregunta: ¿qué haría la protagonista de una película similar en su lugar? ¿Sonreiría después de haber llorado amargamente? En la película el director enfocaría a la chica de mirada perdida, y se oiría la consabida musiquita cuando la prota recordase a su sobrina, o al hijo de alguna de sus amigas-madre, para acto seguido, mostrar cómo se levanta y decide dar el paso definitivo.

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