Inconsciencia de embarazada

Sabía que esto iba a suceder. Algo que por otra parte es tranquilizador. Ya no pienso en el feto. Ya no me obsesiona la idea de quedarme embarazada y ni siquiera la del embarazo. Entra en mi naturaleza perezosa.

He pasado de la fase de la infertilidad a la de la fertilidad y por tanto, a la de la normalidad.

En muchas otras facetas de mi vida he actuado de igual modo, es decir, sin alardear.

A mi alrededor mucha gente ya ha sido madre, por lo que el embarazo no les resulta ninguna novedad digna de ser recordada. Salvo las escritoras de blogs sobre maternidad que persisten en sus descripciones del puerperio, de la lactancia, de su segunda maternidad y demás, el resto no encuentra interesante el embarazo. O quizás sea una proyección de lo que yo opino al respecto.

En mi caso la infertilidad fue un desgaste porque hube de salir de mi pereza habitual para entregarme con todas las ganas al proyecto de ser madre. Pero de no haber tenido una baja reserva ovárica las cosas hubieran sucedido de manera muy diferente: me hubiera quedado embarazada un día cualquiera, casi sin enterarme. Habría bebido alcohol las semanas en que hubiera desconocido mi estado. No hubiera tomado ácido fólico, ni tal vez hubiera pedido visita con la matrona, ese intermediario entre el embarazo y el ginecólogo que solicita la análitica general, el triple screening y la curva de la glucosa.

Actualmente y con 14 semanas de embarazo se me olvida:
– Ponerme la crema antiestrías como toda la vida se me ha olvidado hacerme una limpieza de cutis antes de ponerme la crema hidratante en la cara. En ocasiones también se me olvida ponerme la crema hidratante en la cara, o mejor dicho, mi ritual es ponérmela solamente después de la ducha.
– Tomarme el complemento nutricional que en el informe del IVI mi doctora dejó por escrito: «tomar durante todo el embarazo». ¿Todo el embarazo? Eso es muchísimo para alguien de naturaleza perezosa y olvidadiza. Me ha costado mucho ponerme los dos óvulos vaginales cada 12 horas durante las 12 primeras semanas, y los dos parches de Evopad de 75 mg cada dos días en los muslos, que aún la piel que los recubre atestigua la crueldad de su material adhesivo en forma de tatuajes con hebras de ropa pegada a ellos. (Lo primero que le preguntaré a mi matrona el día 5 de febrero será si puedo dejarme los complementos).
– Se me olvida que estoy embarazada porque aún no he aumentado de talla. Siempre he gastado una talla 42. Siempre desde que cumplí los 30 años. Y mi ropa suele ser holgada. Es decir, quizá sí cabría en una talla 40 pero prefiero la ropa ancha. Quizá por ello me sigue sirviendo mi ropa normal, y algunos pantalones incluso me bailen en las piernas.

Y es que he perdido peso debido a los constantes vómitos que me han acompañado desde la semana 5 y hasta ahora. Actualmente persisten los llamados «vómitos secos» que son unas arcadas muy dolorosas debido a la contracción brutal de la musculatura abdominal, y que alivian bastante la sensación nauseosa aun sin expulsar el contenido gástrico. Sobre todo acontecen por la noche y la cena se me hace realmente difícil. Anteriormente aparecían a las 6 de la mañana coincidiendo con la hora del desayuno y el hambre desaforada que me acompañaba, y también a mediodía. He llegado a vomitar hasta 6 veces y he repudiado la hora de las comidas. El hambre es un engañoso desentonante de los vómitos, y nunca me había visto a mí misma comer con fruición después de una vomitona para llenar el estómago con algo que poder vomitar después.

Esto del embarazo te sume en un estado más parecido a la enfermedad que a otra cosa.

No he sido constante ni con la escritura de este blog, porque ello hubiera requerido recrearme en cada sensación de embarazada. Y como muchas de las cosas que me acontecen, acabo por restarles valor.

Actualmente no utilizo la excusa de estar embarazada para ganar cualquier tipo de discusión con mi pareja como sí pensé que ocurriría, ni tampoco he comprado o leído ningún libro sobre la maternidad porque me parecen poco interesantes. Además estoy leyendo Suite Francesa de Irene Nemirovsky y los Diarios de Virginia Woolf a la par que me preparo una oposición y miro series en la televisión. (No lo hago todo a la vez sino por partes).

Después de la desdicha de la infertilidad, llega la tranquilidad del embarazo para alguen como yo que raramente se regodea en algún estado nuevo o diferente. Incluso a pesar de los sangrados vaginales que duraron tres semanas y me angustiaron tanto porque veía de nuevo mi sueño truncado. Incluso a pesar de que en Nochebuena mi madre tuvo la reacción más bonita del mundo al enterarse de que estoy embarazada y aquello sí fue digno de ser contado. Y también la reacción de mi amiga Gemma, quien estuvo gritando de alegría durante un minuto pese a mi perplejidad.

Pero a parte de eso no noto nada especial.

Eso sí, el único beneficio que he obtenido es el de no ir a trabajar a causa de los sangrados. Y creo que he podido gestar a este futuro bebé gracias a la ausencia de estrés. La interacción con los demás (enfermeras, pacientes y compañeros de trabajo) es mi mayor fuente de estrés en el trabajo, y debo tomar algunas medidas al respecto. Me noto feliz y relajada de no trabajar. Y la gente me dice que estoy más guapa desde que estoy embarazada, pero yo sé que es porque los músculos de mi cara no están contraídos en arrugas de sufrimiento.

También he tomdado la valiente decisión de dejar a mi psicoanalista después de dos años y medio de terapia bi-semanal. Y el recuerdo que tengo de ella, lamentablemente, es de hastío.

He vivido dos meses sin trabajar ni apenas salir de casa ni relacionarme con mis amigos o familiares. He eliminado mi cuenta de WhatsApp. A veces me siento un poco sola. Y al escribir esto me doy cuenta de que, aunque alardee de vivir el estado del embarazo con una cierta inconsciencia, no es así puesto que llevo gestando a este bebé en casi total soledad compartida únicamente con mi pareja.

Debo pensar al respecto pero ahora me da pereza. Ya lo pensaré otro día.

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