Mi postparto: Esta no es otra historia de terror sobre el postparto

Durante mi embarazo he leído muchos blogs de maternidad. Salvo la amenaza de aborto que tuve en el primer trimestre y la placenta previa marginal del segundo, el mío ha sido un buen embarazo: el bebé crecía correctamente, a la par que la barriga; no ha habido síntomas de parto prematuro y yo he tenido mucha energía durante los nueve meses. El último mes, eso sí, me veía muy limitada por el edema de pies y piernas y por el tamaño de la panza y he de decir que estaba deseando parir.

El parto lo narré aquí. Y aunque aún me falta un post sobre los días en el hospital, pues los recuerdo tan especiales que no quiero que se me olvide nada, he preferido escribir primero sobre esa palabra tan temida y odiada: el postparto.
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Crónica de un parto: Carita de buda

Mi bebé no lleva ni cinco días en su forma de vida extrauterina que ya tiene varios apodos: Carita de buda (y es que tiene unos mofletes tan gordos que sobresalen con respecto al perímetro craneal, como si un hámster guardara la comida en los carrillos):

Gusiluz (me recuerda mucho a ese muñeco de nuestra infancia por la forma en la que pone las cejas al mamar como de sorprendido y la forma de su boca como de raya dibujada):

Carita de Feto, por sus movimientos a cámara lenta que parece que aún ande inmerso en el líquido amniótico, y Minisumo, porque tiene los ojos achinados y parece un luchador de sumo. Ah, y porque pesó la friolera de 4.800 gramos.

Pero vayamos por partes.
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Cagar

Quería titular esta entrada con una variación de otra que escribí hace unas semanas, «La mujer que confundió una ventosidad con dolores de parto», de forma que quedara de este modo, «La mujer que confundió los dolores de parto con una ventosidad».

Y es que poco se ha hablado de lo que fluye por el interior de las embarazadas que no sea embrión o feto, es decir, de la mierda.

De ahí el título, así, sin eufemismos. Veréis por qué.
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